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La elección de la soledad

No solo existen los ermitaños, sino también las ermitañas, aunque muchos tienden a olvidarlo porque se trata de una vida peligrosa y a menudo mal vista por las autoridades eclesiásticas y laicas. Pero desde los orígenes ha habido mujeres que han decidido vivir fuera del rumor del mundo, en soledad, en silencio, con recogimiento. Y no encerradas en un monasterio. 

Pintura en el cielo raso de la iglesia de Debre Berhan Selassie en Gondar, Etiopía (foto de Gerster)

Su elección no es solo un fenómeno lejano en el tiempo, sino más bien un estilo de vida practicado también hoy, un camino importante de búsqueda de la relación con Dios por parte de quien quiere “escuchar directamente –como dice Antonella Lumini, entrevistada por Lucetta Scaraffia– la voz del Espíritu Santo”, una escucha mucho más importante porque “las mujeres son más receptivas, saben reconocer la ternura de Dios, transmitirla y contarla”. Aislarse del mundo, dedicándose solo a la meditación y a la relación con Dios es una elección valiente. Lo es para los hombres, lo es mucho más para las mujeres, a las que en el pasado muchas veces se les prohibió hacerlo, hasta tal punto que llegaron a travestirse para vivir como ermitañas. Se consideraba muy arriesgado el aislamiento, muy radical la elección de una mujer de vivir protegida solo por la fe en bosques y cuevas. Mejor era el convento, más seguro, más protegido y disciplinado por reglas ciertas. Sin embargo, desde los primeros siglos del cristianismo muchas mujeres lograron vencer este desafío, incluso eligiendo como eremitorio las murallas de la ciudad. Mario Sensi se refiere a este tema en su artículo sobre los orígenes de la vocación eremítica, que refloreció después del concilio Vaticano II y en la década del noventa impulsó a Adriana Zarri, recordada por Giulia Galeotti, a retirarse a las montañas del Piamonte, donde “reza, cultiva, se dedica a los animales, acoge a cuantos pasan”, donde no acontece nada, sino que “sucede la vida”. Hoy la elección de vivir en soledad –lo explican muchas ermitañas modernas– también se puede realizar en la ciudad, viviendo la vida de todos los días con sus problemas y sus preocupaciones. También una casa cualquiera, un normal apartamento de un condominio, puede convertirse en una pustinia, un lugar del desierto donde recogerse en meditación y en silencio. Catherine de Hueck ha recreado una pustinia en los bosques canadienses y ha contado esta experiencia en un libro. La Madonna House, en América septentrional, se ha multiplicado durante estos años. Reflexionar, meditar, separarse del mundo, buscar una relación con Dios y con la parte más profunda de sí mismos es una indicación valiosa incluso para las mujeres de hoy. (r.a.)

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23 de Octubre de 2019

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