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La ecuación del perdón

La misericordia es el «eje» de la liturgia del martes 1 de marzo. Es la «palabra más repetida» y en ella se centró la reflexión del Papa Francisco durante la misa celebrada en Santa Marta.

En toda la liturgia de la Palabra resuena este concepto, y en el salmo responsorial se repite: «Acuérdate, Señor, de tu misericordia». Al respecto, el Pontífice explicó que es como si se dijese: «Acuérdate de tu nombre, Señor: ¡tu nombre es misericordia!».

También en la primera lectura, tomada del libro del profeta Daniel (3, 25.34-43), la petición de misericordia está en el centro del relato. Se lee, en efecto, de la «oración de Azarías, uno de los jóvenes que estaban en el horno porque no querían adorar al ídolo de oro»: él «pide misericordia, para él y para el pueblo; pide a Dios el perdón». No «un perdón superficial», no un quitar simplemente una mancha «como hacen en la tintorería cuando llevamos una prenda de vestir». La petición, puso de relieve el Papa Francisco, es de un «perdón del corazón» que, cuando viene de Dios, «siempre es misericordia».

Azarías «pide humildemente: “Por amor de tu nombre, acuérdate de Abraham, de Isaac, de Jacob”». El joven «recuerda a Dios todas sus promesas», pero reconoce la necesidad de perdón: «somos más pequeños que todas las naciones, que hoy estamos humillados en toda la tierra, por causa de nuestros pecados; ya no hay en esta hora príncipe, profeta ni caudillo, ni holocausto».

Entra aquí, dijo Francisco, la segunda palabra clave de la meditación del día: «perdón». La dinámica es la siguiente: «me dirijo a Dios recordándole su misericordia y le pido perdón», pero «el perdón como lo da Dios».

Aquí el Pontífice profundizó una característica de este perdón de Dios, cuya perfección es tan incomprensible para nosotros hombres que llega al punto de que Él se «olvida» de nuestros pecados. «Cuando Dios perdona —dijo el Papa— su perdón es tan grande que es como si “olvidase”». Así, «una vez que estamos en paz con Dios por su misericordia», si le preguntáramos al Señor: «Pero, ¿te acuerdas de esa cosa fea que he hecho?», la respuesta podría ser: «¿Cuál? No me acuerdo...».

Es, explicó Francisco, «todo lo contrario de lo que hacemos nosotros» y que surge con frecuencia de nuestras «conversaciones: “Este hizo eso, hizo aquello, hizo también esto otro...”». Nosotros «no olvidamos» y de muchas personas conservamos «la historia antigua, media, medieval y moderna». Y la razón está en el hecho de «que no tenemos un corazón misericordioso».

Dirigiéndose al Señor, en cambio, Azarías puede hacer «un llamado» a su misericordia «para que nos dé el perdón y la salvación y olvide nuestros pecados». Por ello pide: «Trátanos conforme a tu bondad», y dice también: «Trátanos según la abundancia de tu misericordia». Es la misma oración que se repite en el salmo responsorial: «Acuérdate, Señor, de tu misericordia».

También en el pasaje del Evangelio de Mateo (18, 21-25) se afronta el mismo tema. Aquí el protagonista es Pedro, quien «había escuchado muchas veces al Señor hablar del perdón, de la misericordia». El apóstol, evidentemente, en su sencillez —«no había cursado muchos estudios, no tenía títulos: era un pescador»— no había comprendido plenamente el significado de esas palabras. Por ello «se acercó a Jesús y le dijo: “Pero, dime, Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Te parece que hasta siete veces?”». Siete veces: tal vez le pareció haber sido incluso «generoso». Pero «Jesús lo detiene y dice: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”».

Para explicarse mejor, Jesús relata la parábola del rey «que quiso ajustar cuentas con sus siervos». A este, se lee en la Escritura, le fue presentado «uno que le debía diez mil talentos», una cantidad enorme para la cual, «según la ley de esos tiempos», se hubiese visto obligado a vender «todo, también la esposa, los hijos y los campos». Ante esta situación, dijo el Papa retomando el relato evangélico, el deudor «comenzó a llorar, a pedir misericordia, perdón», hasta que «su señor tuvo “compasión”».

«Compasión», explicó el Pontífice, es otra palabra que se aproxima fácilmente al concepto de misericordia. Cuando en los Evangelios se habla de Jesús y cuando se describe su encuentro con un enfermo, se lee, en efecto, que Él «tuvo “compasión” de él».

La parábola continúa con el propietario que «dejó marchar» al siervo «le perdonó la deuda». Se trataba de «una deuda grande». El siervo, en cambio, al encontrarse «con uno de sus compañeros, que tenía una pequeña deuda con él, quería mandarlo a la cárcel». Ese hombre, explicó el Papa, «no había comprendido lo que su rey había hecho con él» y así se «comportó de forma egoísta». Como conclusión del relato, el rey llama al siervo al cual había perdonado la deuda y lo mandó a la cárcel porque no había sido «generoso». Es decir, no había hecho «con su compañero lo que Dios había hecho con él».

Para sacar una enseñanza válida para todos, Francisco recordó la frase del Padrenuestro que dice: «Perdona nuestras ofensas así como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden». Y afirmó que se trata de «una ecuación», o sea: «Si tú no eres capaz de perdonar, ¿cómo podrá perdonarte Dios?». El Señor, añadió el Papa, «quiere perdonarte, pero no podrá hacerlo si tú tienes el corazón cerrado, y la misericordia no puede entrar». Alguien podría objetar: «Padre, yo perdono, pero no puedo olvidar el mal que me ha hecho...». La respuesta es: «Pide al Señor que te ayude a olvidar». En todo caso, añadió el Pontífice, si es verdad que «se puede perdonar, pero olvidar no siempre se logra», seguramente no se puede aceptar la actitud del «“perdonar” y “me la pagarás”». Es necesario, en cambio, «perdonar como perdona Dios», quien «perdona al máximo».

Concluyendo su meditación el Papa se centró en nuestras dificultades de cada día: «No es fácil perdonar; no es fácil» reconoció, y recordó cómo en muchas familias hay «hermanos que pelean por la herencia de los padres y no se saludan nunca más en la vida; muchas parejas pelean y crece, crece el odio, y esa familia acaba destruida». Estas personas «no son capaces de perdonar. Y este es el mal».

Que la Cuaresma, fue el deseo de Francisco, «nos prepare el corazón para recibir el perdón de Dios. Pero recibirlo y luego hacer lo mismo con los demás: perdonar de corazón». Es decir, tener una actitud que nos lleve a decir: «Tal vez no me saludas nunca, pero en mi corazón yo te he perdonado».

Es esta la mejor forma, concluyó, para acercarnos «a esta cosa tan grande, de Dios, que es la misericordia». En efecto, «perdonando abrimos nuestro corazón para que la misericordia de Dios entre y nos perdone a nosotros». Y todos tenemos motivos para pedir el perdón de Dios: «Perdonemos y seremos perdonados».

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