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La cercanía de Jesús

· Misa en Santa Marta ·

«La doble vida de los pastores es una herida en la Iglesia»: pero si incluso han perdido la autoridad, que viene solo de la «cercanía a Dios y a la gente», no deben nunca perder la esperanza de encontrar «coherencia» y capacidad de «conmoverse». Celebrando la misa en Santa Marta, el martes 9 de enero, el Papa Francisco puso en guardia a los pastores sobre «celebrar los sacramentos mecánicamente, como un papagayo», y sobre abrir la puerta a la gente solo en horarios fijos. Porque perderían la autoridad, de hecho, incluso si predicaran la verdad no podrían entender los problemas de la gente ni llegarles al corazón.

«En el pasaje del Evangelio que hemos escuchado dos veces se dice la palabra “autoridad”» hizo presente inmediatamente el Pontífice, refiriéndose al pasaje del evangelista Marcos (1, 21-28) propuesto por la liturgia. En la sinagoga de Cafarnaúm, de hecho, explicó repitiendo las palabras del Evangelio «la gente estaba conmocionada “por su enseñanza: él, de hecho, les enseñaba como uno que tiene autoridad y no como los escribas”».

Es evidente, continuó Francisco, que estamos frente a «una enseñanza nueva, impartida con autoridad: “Manda incluso a los espíritus impuros ¡y le obedecen!”». Y «la novedad de Jesús es esta autoridad» afirmó el Papa. Porque «la gente estaba acostumbrada a los escribas, a los doctores de la ley: ellos hablaban y la gente pensaba en otra cosa, porque lo que decían no llegaba al corazón». Y así «hablaban de ideas, de doctrinas, también de la ley y decían la verdad: esto es cierto, hasta el punto de que Jesús dice a la gente: “escuchadles, haced lo que os dicen”».

Por lo tanto, los doctores de la ley «decían la verdad, pero no llegaba al corazón, estaba todo calmado, tranquilo» remarcó el Papa, haciendo presente que «en cambio, la enseñanza de Jesús provoca estupor», el «movimiento en el corazón: “¿Pero qué sucede?”». Así, «la gente lo sigue, va detrás de Él porque entiende lo que dice aquel hombre y lo dice con autoridad».

A este respecto, Francisco invitó a reflexionar bien sobre el concepto de autoridad. De hecho, precisó, «la autoridad no es: “yo mando, tú haces”. No, es otra cosa, es un don, es una coherencia». Y «Jesús recibió este don de la autoridad: dicen don, no sé si es justa la palabra, pero Él lo recibió». Así, «cuando, al final del Evangelio de Mateo, se lee el envío de los apóstoles en misión por el mundo, Él dice: se me ha dado cada autoridad, sobre el cielo y la tierra. Yo soy un hombre de autoridad. Id, pero con esta autoridad». Como diciendo: id «con esta coherencia».

«Es una autoridad divina, que viene de Dios» afirmó de nuevo el Papa. Por eso, «cuando los discípulos lo interrogan sobre la fecha del fin del mundo Él dice: “Ninguno lo sabe, ni siquiera el Hijo”. Es un tiempo que tiene el Padre en su autoridad». Y «esto es lo que Jesús tenía, como pastor y el pueblo hablaba de una “enseñanza nueva”, un modo de enseñar nuevo que asombraba, llegaba al corazón. No como los escribas». Jesús, repitió el Papa, «enseñaba con autoridad: era un pastor que enseñaba con autoridad».

«¿Pero qué hacían los escribas?» se preguntó el Pontífice. «Ellos —respondió— enseñaban las cosas que habían aprendido: en la escuela rabínica, que era la Universidad de aquel tiempo, leyendo la Torá. Enseñaban la verdad. No enseñaban cosas malas: ¡absolutamente no! Enseñaban las cosas verdaderas de la ley»: pero no llegaban a la gente «porque ellos enseñaban precisamente desde la cátedra y no se interesaban por la gente». «Porque lo que da autoridad —una de las cosas que da la autoridad— es la cercanía y Jesús tenía autoridad porque se acercaba a la gente» subrayó Francisco. De este modo, «él “entendía” los problemas de la gente, entendía los dolores de la gente, entendía los pecados de la gente». Por ejemplo, explicó el Papa, Jesús «entendió bien que aquel paralítico en la piscina de Betsaida era un pecador» y «después de haberlo sanado, ¿qué le dijo? “No peques más”. Lo mismo dijo a la adúltera».

El Señor podía decir estas palabras, continuó el Pontífice «porque era cercano, entendía, acogía, curaba y enseñaba con cercanía». Por lo tanto, «lo que a un pastor le da autoridad o despierta la autoridad que ha sido dada por el Padre es la cercanía: cercanía a Dios en la oración —un pastor que no reza, un pastor que no busca a Dios ha perdido parte— y la cercanía a la gente» Es un hecho, añadió, que «el pastor separado de la gente no llega a la gente con el mensaje».

Por eso, insistió Francisco, es necesaria «cercanía, esta doble cercanía». Y «esta es la “unción” del pastor que se conmueve frente al don de Dios en la oración y se puede conmover frente a los pecados, el problema, las enfermedades de la gente: deja conmover al pastor».

En cambio. «estos escribas, esta gente no se dejaba conmover: habían perdido esa capacidad, porque no eran cercanos y no eran cercanos ni a la gente ni a Dios» reafirmó el Papa. Y «cuando se pierde esta cercanía, ¿dónde termina el pastor? En la incoherencia de la vida». Jesús, señaló Francisco, «es claro en esto: “Haced lo que dicen” —dicen la verdad— “pero no lo que hacen”». Es la cuestión de la «doble vida».

«Es feo ver pastores de doble vida: es una herida en la Iglesia», dijo el Papa. Es feo ver «a pastores enfermos, que han perdido la autoridad y avanzan en esta doble vida». Pero, añadió, «hay tantos modos de llevar adelante la doble vida y Jesús es muy fuerte con ellos: no solo dice a la gente que les escuchen, sino que no hagan lo que hacen. Pero a ellos, ¿qué les dice? “Vosotros sois sepulcros blanqueados”: hermosísimos en la doctrina, por fuera; pero dentro, putrefacción». Y precisamente «este es el final del pastor que no tiene cercanía con Dios en la oración y con la gente en la compasión».

Tal vez, afirmó el Papa, algún pastor podría reconocer haber «perdido la cercanía» diciéndose a sí mismo: «no rezo; cuando celebro los sacramentos lo hago mecánicamente, como un papagayo; la gente me cansa; estoy disponible para la gente de tal hora a tal hora, pongo el cartel en la puerta; no soy cercano: ¿He perdido todo, padre?”».

A este respecto, confió Francisco, «me viene al corazón una figura bíblica de un sacerdote que me produce ternura: pecador, pero da ternura». Es la historia «del viejo Elí, presentada en la lectura bíblica del primer libro de Samuel (1, 9-20). Elí «era un débil, había perdido la cercanía a Dios y a la gente y dejaba hacer», explicó Francisco, evidenciando que «los hijos maltrataban a la gente, eran sacerdotes, llevaban adelante las cosas y él les dejaba, pero estaba allí, siempre, no había dejado el templo». Un día, Elí vio a Ana rezar «y algo llamó la atención sobre aquella mujer y la miró», pensando que estuviera «ebria». De ahí, su invitación a ir a casa para pasar la embriaguez.

Pero Ana, se lee en el pasaje del Antiguo testamento, reveló a Elí que no estaba bebida, sino sobre todo «amargada por esto, por esto, por esto». Responde, de hecho, Ana: «no consideres a tu esclava una mujer perversa, porque hasta ahora me ha hecho hablar del exceso de mi dolor y de mi angustia». Y precisamente «mientras ellas hablaba —señaló el Pontífice— él fue capaz de acercarse a aquel corazón: el fuego sacardotal salió de debajo de las cenizas de una vida mediocre, no buena, de pastor». Y entonces él respondió a la mujer: «Ve en paz y que el Dios de Israel te conceda lo que le has pedido».

Por lo tanto, Elí, «que había perdido la cercanía con Dios y con la gente —continuó el Papa— por curiosidad se acercó a una mujer, pero después de escucharla se dio cuenta de que se había equivocado y salió de su corazón la bendición y la profecía». Y Francisco quiso reproponer la actualidad de la historia de Elí: «Yo diré a los pastores que han vivido la vida separados de Dios y del pueblo, de la gente: no perdáis la esperanza, siempre está la posibilidad». Tanto que a Elí «le fue suficiente mirar, acercarse a una mujer, escucharla y despertar la autoridad para bendecir y profetizar: esa profecía se hizo y el hijo vino a la mujer».

«La autoridad —concluyó el Papa— es regalo de Dios, viene solo de Él y Jesús se la da a los suyos: autoridad al hablar que viene de la cercanía con Dios y con la gente, siempre ambas juntas; autoridad que es coherencia, no doble vida». Y «si un pastor pierde la autoridad, que al menos no pierda la esperanza, como Elí: hay siempre tiempo de acercarse y redespertar la autoridad y la profecía».

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