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La castidad del monje

· No para limitar el amor, sino más bien para amar más ·

El voto de castidad ha sido la nota distintiva que, desde los orígenes cristianos, ha caracterizado la vida consagrada. Sin duda alguna la vida monástica también estaba animada por otros dos votos, pobreza y obediencia, pero la castidad suscitaba estima, respeto y atención. De todas maneras, ¿existe un orden, una táxis de los votos? Si miramos bien, en los textos espirituales de los Padres y en la enseñanza del Magisterio, sí existe: la castidad aparece como el sol alrededor del cual giran la pobreza y la obediencia. Pero este orden no corresponde al itinerario bíblico.

Ya sea en los textos bíblicos, ya sea en muchas reglas antiguas, se afirma que la vida de fe y la elección de una consagración personal a Dios comienzan con la escucha de la revelación divina y la obediencia que deriva de ella. Asimismo, en el Evangelio Jesús indica la pobreza como libertad y desapego de toda posesión, como liberación de toda avidez y concupiscencia, porque para seguirlo hay que distribuir los bienes propios entre los pobres. Por lo demás, Jesús vive personalmente la castidad, y nos la propone también a nosotros, con vistas al reino de Dios. En otras palabras, abre un camino pascual de conversión y renacimiento que connota de manera diferente la vida cristiana respecto a las lógicas y costumbres mundanas: estas pliegan la obediencia al propio yo y pervierten la sexualidad, transformándola en concupiscencia y lujuria y reduciendo el cuerpo del hombre y el de la mujer a objetos de placer.

Ahora bien, si la consagración religiosa se considera un plus respecto a la vida bautismal, la castidad voluntaria se comprenderá como un unicum, que transforma la vida religiosa en algo especial respecto a la existencia de los demás miembros de la Iglesia. Al contrario, si la vida consagrada se entiende como un camino de la misma existencia bautismal, se podría indicar el orden de los votos de modo más evangélico: obediencia, pobreza y castidad. Por último, se podría señalar una asimilación progresiva en el camino de iniciación a la vida consagrada: profesar el voto de obediencia cuando se comienza el noviciado; el de pobreza, con la profesión simple; y llegar, en el momento de la profesión solemne, a la maduración físico-psicológico-espiritual que requiere el voto de castidad como auténtica apertura al amor.

Por desgracia, en el pasado la castidad concentró en sí toda la atención como acto de renuncia, y con mucha frecuencia se la vivió como esterilidad o como impotencia físico-sexual, dando lugar a obsesivos escrúpulos morales, neurosis, irritación, rigidez y contradictorios repliegues individuales. A la inversa, la castidad cristiana remite precisamente al amor, a un amor que es cada vez más grande. Se elige la castidad no para limitar el amor, sino más bien para amar más.

Se podría decir: amar más, porque uno se siente impulsado por el amor de agapé (1 Corintios 13). Y aquí querría plantear la segunda cuestión, o sea, el hecho de que durante siglos hayamos pensado que la castidad solo había que vivirla con amor de agapé, reprimiendo el eros y también la philia. Se había creado una oposición conflictiva entre el eros, el amor como deseo, y el agapé, el amor oblativo. Hay que dar las gracias a Benedicto XVI que, en la Deus caritas est, afrontó este tema del amor contrapuesto entre eros y agapé, llegando a la conclusión de que es necesario superarlo, porque el hombre tiene necesidad de vivir los dos. “En realidad, eros y agapé —amor ascendente y amor descendente— nunca llegan a separarse completamente. Cuanto más encuentran ambos, aunque en diversa medida, la justa unidad en la única realidad del amor, tanto mejor se realiza la verdadera esencia del amor en general. Si bien el eros inicialmente es sobre todo vehemente, ascendente —fascinación por la gran promesa de felicidad—, al aproximarse la persona al otro se planteará cada vez menos cuestiones sobre sí misma, para buscar cada vez más la felicidad del otro. (…) Por otro lado, el hombre tampoco puede vivir exclusivamente del amor oblativo, descendente. No puede dar únicamente y siempre, también debe recibir. Quien quiere dar amor, debe a su vez recibirlo como don” (n. 7).

La visión que nos presenta Ratzinger es sumamente interesante porque supera la oposición entre el eros, que ascendiendo se purifica y se libera de su forma dionisíaca, y el agapé, que descendiendo renuncia a su forma apolínea. Estas dos realidades pueden encontrarse en la vida de cada hombre, no solo en quien se casa, sino también en quien responde al don de la castidad. Creo que el encuentro entre el eros y el agapé tiene lugar precisamente en la philia, en el reconocimiento de que la forma de amor más hermosa y más correspondiente a nuestra esencia humana es la de la amistad vivida a través del mandamiento nuevo, en que se funda toda relación cristiana.

La castidad, pues, no puede reducirse a una lucha contra el eros, porque en el eros hay una energía vital que hay que acoger y orientar hacia el bien. Y no puede ser concebida como un camino ascendente hacia una perfección apolínea y desencarnada del amor, que impulsaría la vida a una alienación estética que nos alejaría de todos. Al contrario, se debe proponer un proceso simbólico y unitivo gracias al cual, en la philia relacional de nuestra humanidad, tienen que confluir la fuerza vital del eros y el don oblativo y gratuito propio del agapé. Me temo que sin la philia no hay amor completo en sí mismo, ni en el matrimonio ni en la castidad de la vida consagrada.

Alessandro Barban

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23 de Febrero de 2020

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