Aviso

Este sitio usa cookies...
Las cookies son pequeños archivos de texto que nos ayudan a mejorar su experiencia en nuestro sitio Web. Al usar cualquier parte del sitio web, usted acepta el uso de cookies. Encontrará más información acerca de las cookies en las Condiciones de Uso.

La caricia de Dios

“Cada cristiano y cada comunidad están llamados a ser instrumentos de Dios para la liberación y la promoción de los pobres”, y “esto supone que seamos dóciles y estemos atentos para escuchar el clamor del pobre y socorrerlo”. Lo dijo el Papa Francisco en la Evangelii gaudium, su primera exhortación apostólica.

La Iglesia pobre y para los pobres, en el centro de los pensamientos y las palabras del Pontífice, es hoy, sobre todo, femenina. Son mujeres, en gran parte, las personas más pobres, y son mujeres quienes han elegido dedicar su vida a los que tienen poco o no tienen nada, a los desheredados, a los marginados y a los excluidos. Religiosas, laicas y misioneras han asumido, siguiendo el Evangelio, la más ardua de las tareas. La historia de los comedores populares de Villa El Salvador, en la periferia del sur de Lima, tiene un sello distintivo femenino. Silvia Gusmano nos cuenta esa historia en estas páginas. Es una polaca, sor Małgorzata Chmielewska, quien ha organizado la comunidad Pan de la Vida, cuya misión consiste en “vivir con los pobres”. La religiosa relata su experiencia en una entrevista concedida a Dorota Swat.

Está claro que las mujeres que dedican su vida a los últimos no pueden eliminar la pobreza, explica sor Małgorzata, pero pueden intervenir en la infelicidad que produce e, incluso, descubrir una felicidad que la mayor parte de nosotros no logramos encontrar, porque estamos ocupados en buscarla en otro lugar. Es la felicidad que no viene de la riqueza o del dinero, sino de la solidaridad, de la alegría de hacer el bien y de que nos lo hagan, del amor a los demás y a Dios, de la esperanza. Lo sabía muy bien santa Clara, a la que, como relata Mario Sensi, le gustaba particularmente la pobreza, “y jamás lograron convencerla de que aceptara posesiones, ni para ella ni para su monasterio”. No nos sorprende que sean las mujeres quienes están en la vanguardia junto a los pobres, que sean ellas, sobre todo, quienes dan “la caricia de Dios”. Para amar a los pobres, para socorrerlos, para acercarse a la infelicidad de la pobreza y pensar en transformarla en su contrario, para derrotar la miseria –que es diferente de la pobreza– y dar dignidad, es necesario conocer, poseer o reconocer el amor incondicional que viene de la experiencia materna. Como las madres aman a sus hijos más débiles, así la Iglesia de las mujeres busca y prefiere la cercanía de los pobres. (r.a.)

EDICIÓN EN PAPEL

 

EN DIRECTO

Plaza De San Pedro

25 de Junio de 2018

NOTICIAS RELACIONADAS