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La alegría es posible

Desde los primeros días de su ministerio petrino, el Papa Francisco ha instado a los pastores y a los fieles a salir para alcanzar las periferias de la sociedad y de la Iglesia. Cada uno está llamado a comprometerse en la misión evangelizadora de la Iglesia según los dones recibidos por el Espíritu santo y según el propio estado de vida. En la Evangelii gaudium (nn. 20-21) el Papa describe las periferias como las personas o las comunidades necesitadas de la luz del Evangelio: la periferia no es un espacio geográfico sino un espacio humano, los que han sido abandonados, los marginados o cualquier persona que tenga necesidad de nuestra compañía paciente. Él nos invita a tomar la iniciativa de acercarnos a ellos, de dejarnos involucrar en su vida y de estar a si lado; a cada paso del propio camino la Iglesia evangeliza con alegría, pero ¿cómo puede llenarnos de alegría ir hacia las periferias, cómo es posible?

Cuando dejamos nuestras zonas de seguridad, hacemos experiencia de la incerteza y de la vulnerabilidad: ¿Qué alegría nos espera cuando salimos y vamos a la periferia? Se trata de una alegría muy particular: una alegría que solo el Evangelio, solo el espíritu del Evangelio puede darnos. En primer lugar, la alegría que descubrimos cuando vamos a la periferia es una alegría misionera, que nos diferencia de la sensación de felicidad que las personas experimentan después de un hermoso viaje: la alegría misionera es la que siento cuando Dios me manda a encontrar a las personas, a relacionarme con ellos en la esperanza que a través de este encuentro humano el Evangelio les es anunciado y que ellos puedan responder con la fe, hay alegría en ser enviados por Dios. Hoy, muchos tienen grandes sueños y proyectos, sentimos que esos sueños y proyectos son los nuestros, reivindicamos la posesión como bienes valiosos, se convierten en vehículos de orgullo, ambición; pero estos sentimientos matan la alegría y la paz, siembran desconfianza, celos y envidia.

Cuando, en cambio, salimos al encuentro de otras personas porque somos enviados por Dios, nos convertimos en capaces de darnos a nosotros mismos, humildes y confiados. No encontramos a las personas para hacer carrera o conquistarlas, lo único que importa es encontrar a las personas en el Evangelio, el punto de encuentro no es un bar o un teatro, el punto de encuentro de dos o tres personas es el Evangelio, y cuando esto sucede en mí y en las personas que encuentro hay alegría; lo que es necesario es sentir claramente que yo soy enviado a otras personas y que el mensaje que llevo no es mío, sino de Jesús. Las personas que viven en las periferias de la sociedad sufren mucho, cuando son manipuladas en ventaja de las soberbias ambiciones políticas y económicas de aquellos que tienen influencia y poder; esto no sucede y no debe suceder con nosotros evangelizadores -nosotros llevamos a las personas la alegría que hemos experimentado por haber visto, oído y tocado a Jesús, la Palabra de vida y nuestro único deseo es que incluso ellos compartan esta alegría.

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18 de Diciembre de 2018

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