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Imágenes fuertes

· Misa en Santa Marta ·

El «anuncio del Evangelio» no admite «sombras» o incertidumbres, no se esconde detrás de los “quizá” o los “sí o no”. Es solamente “sí” la palabra sobre la que se funda el anuncio cristiano. Y es esta la fuerza que «lleva al testimonio», a ser «sal de la tierra» y «luz del mundo» y a «glorificar a Dios». Las imágenes y las palabras «fuertes» propuestas por la liturgia del martes 13 de junio estuvieron en el centro de la meditación del Papa Francisco en la homilía de la misa celebrada en Santa Marta.

«Imágenes fuertes – dijo el Pontífice – para contar cuánto abrumador, contundente y decisivo es el anuncio del Evangelio». No se trata por tanto, explicó, «de esas palabras, de esas sombras que son un poco “sí-sí”, “no-no”, y que al final te llevan a buscar una seguridad artificial, como por ejemplo es la casuística» Estamos sin embargo frente a «palabras fuertes: “sí”, es así. Palabras que indican la fuerza del Evangelio, la fuerza del anuncio cristiano, esa fuerza que te lleva al testimonio y también a glorificar a Dios».

San Pablo, por ejemplo, en la segunda carta a los Corintios (1, 18-22), explica que en el “sí”, están encerrados «todas las promesas de Dios: en Jesús están cumplidas. Son “sí”», porque «Él es la plenitud de las promesas. En Él se cumple todo eso que ha sido prometido y por esto Él es plenitud, es “sí”». Dijo Francisco: «En Jesús no hay un “no”: siempre “sí”, por la gloria del Padre». Y añadió: «Pero también nosotros participamos de este “sí” de Jesús, porque Él nos ha concedido la unción, nos ha impreso el sello, nos ha dado la “fianza” del Espíritu». Por tanto «participamos porque estamos todos ungidos, sellados y tenemos en la mano esa seguridad – la “fianza” del Espíritu». Ese Espíritu «que nos llevará al “sí” definitivo», a «nuestra plenitud», y que «nos ayudará a convertirnos en luz y sal», es decir a dar «testimonio».

Por el contrario, «quien esconde la luz hace un contra-testimonio; es un poco “sí” y un poco “no”. Tiene la luz, pero no la dona, no la hace ver y si no la hacer ver no glorifica al Padre que está en los cielos». Del mismo modo, está quien «tiene la sal, pero la toma para sí mismo y no la dona para que se evite la corrupción». El Señor, sin embargo, nos enseñó «palabras decisivas» y dijo: «Vuestro hablar sea este: sí, no. Lo superfluo proviene del maligno».

Esta «actitud de seguridad y de testimonio», explicó el Pontífice, fue encomendada por el Señor «a la Iglesia y a todos nosotros bautizados», a los cuales se pide «seguridad en la plenitud de las promesas en Cristo: en Cristo todo está cumplido», y «testimonio hacia los otros». Este, añadió, «es ser cristiano: iluminar, ayudar a que el mensaje y las personas no se corrompan, como hace la sal».

Pero si no se aceptan «el “sí” en Jesús» y la «“fianza” del Espíritu», entonces «el testimonio será doble».

La «propuesta cristiana», especificó el Papa, es tan «sencilla» como «decisiva» y «bonita», y «da mucha esperanza». Basta por tanto preguntarse: «¿Yo soy luz para los otros? ¿Yo soy sal para los otros, que da sabor a la vida y la defiende de la corrupción? ¿Yo estoy agarrado a Jesucristo, que es el “sí”? ¿Yo me siento ungido, sellado? ¿Yo sé que tengo esta seguridad que será plena en el cielo, pero al menos es “fianza”, ahora, el Espíritu?».

Para comprender mejor las similitudes de la luz y de la sal, Francisco recordó que también «en el hablar cotidiano, cuando una persona está llena de luz decimos: “esta es una persona solar”». Aquí, explicó, estamos frente al «reflejo del Padre en Jesús, en el cual las promesas están todas cumplidas» y al «reflejo de la unción del Espíritu que todos nosotros tenemos».

Pero, concluyó, ¿cuál es el fin de todo esto? ¿Por qué «hemos recibido esto?». La respuesta se encuentra en las lecturas del día. De hecho, san Pablo dice: «Y por esto, a través de Cristo, sube a Dios nuestro “amén” para su gloria», por tanto «para glorificar a Dios». Y Jesús – en el Evangelio de Mateo (5, 13-16) – dice a los discípulos: «Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre». Una vez más, «para glorificar a Dios». Por eso, sugirió el Papa, «pidamos esta gracia: de estar agarrados, enraizados en la plenitud de las promesas en Cristo Jesús, que es “sí”, totalmente “sí”», y de «llevar esta plenitud con la sal y la luz de nuestro testimonio a los otros para dar gloria al Padre que esta en los cielos».

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