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Iluminar con la fe una realidad de dolor

· Carta pastoral del arzobispo José Luis Escobar Alas ·

El beato monseñor Romero no solo abrió el numeroso martirologio del año 1980, fue también el primer obispo asesinado en El Salvador. Y llegó así el final de una paz aparente que reinaba en el país, augurando una sangrienta guerra civil. Detenida únicamente por los incesantes ruegos que él dirigía a las partes contrarias. Así lo recuerda José Luis Escobar Alas, arzobispo de San Salvador, en su segunda carta pastoral, con ocasión del 40º aniversario de la muerte martirial del siervo de Dios, el padre Rutilio Grande y el Centenario del natalicio del beato monseñor Óscar Arnulfo Romero, titulada «Ustedes también darán testimonio, porque han estado conmigo desde el principio».

Ya han pasado 25 años desde el final de la guerra civil en El Salvador. Sin embargo la violencia sigue siendo uno de los grandes males en este país. Pero como dice el arzobispo en esta carta, el consuelo mayor que Dios ha podido dar a su Iglesia en El Salvador es la Iglesia Martirial. Igualmente asegura que se debe exultar de gozo al saber que en este país hubo mártires no porque sean masoquistas, sino porque tanto desde una perspectiva bíblica como desde una perspectiva eclesiológica «el martirio es siempre piedra fundamental de la Iglesia: la fortalece, la edifica, la llama a la conversión y la pone en camino al Reino definitivo». Por eso, el ejemplo de los mártires de la Iglesia en El Salvador son una exhortación para todo, ya que «el martirio anima a la Iglesia a ser fiel a Jesucristo».

La persecución religiosa y el odio a la fe cristiana, hoy como ayer, ha llevado al martirio de tantas personas que han seguido el ejemplo de Jesús, llevando la fe hasta sus últimas consecuencias. Una persecución tan atroz como irracional. En el caso de El Salvador los cristianos eran asesinados acusados de comunistas, mientras que en el otro lado del mundo era el comunismo el que hacía mártires a los cristianos.

En la carta del arzobispo, se recuerda que en las décadas de los 70, 80 y 90 la vida de cuatro religiosas; dieciséis sacerdotes; un seminarista; dos obispos e innumerables catequistas, agentes de pastoral «fue brutalmente arrebatada, no sin antes haber sido destrozado su prestigio, por medio de la difamación e inculpación de crímenes jamás cometidos». De este modo, el arzobispo asegura querer y tener que «aceptar por justicia, verdad y caridad que atravesamos en la Arquidiócesis salvadoreña, el umbral del tercer milenio sin haber pronunciado una palabra de reconocimiento sobre todas y todos aquellos que fueron víctimas de persecución, tortura, represión; y en sus últimas consecuencias, de muerte martirial en el seguimiento a Cristo y vivencia encarnatoria del Evangelio en el país».

El documento consta de tres partes. En la primera se toma como punto de partida la realidad, para lo cual, ofrece una mirada al presente y desde ahí hacia el pasado para proyectar también al futuro. El la segunda parte muestra la temática martirial desde el Antiguo Testamento, el Nuevo Testamento y el Magisterio universal y la Tradición. Finalmente, hace una invitación a todos a tomar como modelo de vida, pasión y muerte a Cristo el Mártir en plenitud y a María la proto-confesora de la fe. Sin olvidar, evidentemente, al Padre Rutilio Grande, el protomártir salvadoreño-precursor del profeta, Óscar Arnulfo Romero, el profeta salvadoreño.

De este modo, el arzobispo presenta en su carta pastoral la vida y muerte de 24 mártires. En primer lugar habla del Padre Rutilio Grande, sacerdote jesuita, quien «no apoyó jamás ideología alguna». Y sin aplicar ideología alguna, enseñó que «la convivencia fraterna y la solidaridad pueden hacer presente el Reino en este mundo» y así animó a los que estaban oprimidos a «tomar la historia en sus manos para transformarla, humanizarla y; por supuesto, cristianizarla». Pero, «la pasión del Padre Rutilio comenzó años antes de su martirio». «Intentando hacer la voluntad de Dios, encontraba a su paso incomprensión y rechazo. Sus homilías eran consideradas de alta peligrosidad». Murió víctima «del pecado de la idolatría al poder, a la riqueza y la autocomplacencia practicada por un reducido grupo de la élite política y empresarial del país, que no resistió oír el anuncio de la Buena Nueva que auguraba la llegada del Reino, desde el ya; y la destrucción del anti reino lleno de injusticia, mentira y odio».

A lo largo de la presentación de las vidas de los mártires, el arzobispo recuerda que «no servían a ninguna ideología porque sabían que tanto el capitalismo como el comunismo atentaban contra la dignidad de la persona humana». Su actitud —subraya— estaba en perfecta concordancia con los lineamientos del Evangelio.

En esta misma línea, el documento nos recuerda algo fundamental que ayuda al lector a comprender el sentido del martirio en esta época en El Salvador: la Iglesia no hacía politiquería, ni proselitismo, no apoyaba ni fomentaba fundamentalismos, ni ideologizaciones.

Más bien «enseñó al pueblo a ser buenos cristianos; y, por ende, buenos ciudadanos». Un mensaje que lejos de posicionarse en un bando u otro, busca tan solo anunciar el Evangelio, siguiendo el mandato de Jesús a los discípulos. Por eso, el arzobispo condena en su carta pastoral que «ayudar a los pobres era un delito para las clases oligárquicas del país».

De este modo se descubre y profundiza en la «vida de estas veinticuatro piedras atraídas del fondo del mar cuyo martirio les constituye en piedras fundamentales de la Iglesia católica en El Salvador», recordando que «cientos de laicos y laicas integrados a la Iglesia en calidad de agentes de pastoral, catequistas, integrantes de las Comunidades Eclesiales de Base, miembros de Coros y otros, fueron asesinados so pretexto de celebrar la Palabra o portar una Biblia. Libro que irónicamente, les hacía sospechosos de comunismo».

La carta pastoral del arzobispo de San Salvador muestra claramente que el martirio no es un fracaso. «Es victoria, es un don y el consuelo mayor que Dios regaló en las casi tres décadas de persecución contra la Iglesia en El Salvador». Tortura, exilio, difamación, inculpación de falsos delitos o ideologías, abandono, incomprensión, son sólo una muestra del dolor experimentado. Pero ante esto, es importante exaltar su «humilde actitud de perdón dado a sus perseguidores».

Esta lectura nos lleva a reconocer que es cierto que falta mucho más por hacer pero «ahora tenemos una florida Iglesia Martirial que nos impulsa —y obliga— a retomar el trabajo renovando nuestro compromiso bautismal no solo con palabras, sino con obras».

El arzobispo considera importante recordar que la Iglesia no fue comunista ni amiga de comunistas. Fueron mártires no porque comulgaran con una ideología, sino porque trataron de iluminar con la fe una realidad de dolor, de sufrimiento, de pobreza, de violencia, de injusticia, de opresión, de tortura, de marginación y de muerte. «Fueron mártires porque ungidos por el Espíritu Santo anunciaron la Buena Nueva a los pobres».

Pero, las fiestas y celebraciones en memoria de ellos, no son suficientes si ignoramos y no imitamos su misión.

El arzobispo explica el martirio recurriendo al Antiguo y Nuevo Testamento y al Magisterio, ya que en la muertes de nuestros mártires hay resonancias de aquellos israelitas que, por permanecer fieles a la Ley, ofrendaron sus vidas. De este modo, concluye precisando que nuestros mártires son «hombres y mujeres fieles a Dios, testigos de Dios, ofrenda a Dios y don de Dios que nos impulsa a seguir al Maestro, el Mártir en plenitud».

San Mateo recoge un discurso de Jesús en el que preparó a los discípulos al momento de enviarles a la misión como «emisarios de la paz cuyos instrumentos deben ser, la palabra y su testimonio de vida», como «ovejas en medio de lobos». Si los mártires lucharon en su época contra los ídolos del poder, la riqueza y los afectos desordenados que, provocaban miseria y muerte a las grandes mayorías; «ahora nosotros debemos continuar con la lucha». El bautismo y la Eucaristía deben «hacer de nosotros cristianos y cristianas comprometidos en la salvación de la historia.

No la salvaremos si dejamos de lado la misión a la que hemos sido llamados». El testimonio de vida y muerte martirial de estos veinticuatro mártires presentados y los cientos de seglares cuyos martirios se deben averiguar todavía en profundidad, nos recuerdan a todos con su vida, pasión y muerte que «imitar a Jesús y a María es posible».

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