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Hoy la cruz nos reviste del hábito de la vida

· El canon de Cosme de Maiouma ·

La himnografía cristiana oriental, especialmente en la tradición siríaca y en la bizantina, canta la cruz de Cristo presentándola siempre como lugar de victoria sobre la muerte. En el oficio matutino bizantino para la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, el 14 de septiembre, se halla un canon de Cosme de Maiouma (675-752). Originario de Damasco y adoptado por la familia de Juan Damasceno, fue con él educado; monje del monasterio de San Sabas y después obispo de Maiouma, cerca de Gaza, es autor de composiciones litúrgicas incluidas en la eucología bizantina.

En maitines el canon toma el lugar de los cantos bíblicos veterotestamentarios y Cosme comenta ahí los pasajes veterotestamentarios interpretados como prefiguraciones y profecías de la cruz de Cristo.

Ya Moisés prefigura la cruz victoriosa: “Trazando una cruz, Moisés, con la vara vertical, dividió el Mar Rojo para Israel, que lo atravesó a pié enjuto; después lo reunió sobre sí mismo con un estruendo dirigiéndolo contra los carros de faraón, dibujando, horizontalmente, el arma invencible”. Asimismo Jonás, orando con los brazos extendidos en el vientre del cetáceo, prefigura la pasión y la resurrección de Cristo: “En las vísceras del monstruo marino, Jonás, extendiendo las palmas en forma de cruz, claramente prefiguraba la salvífica pasión: por ello saliendo el tercer día, representó la resurrección ultramundana del Cristo Dios crucificado en la carne, quien, con su resurrección el tercer día, iluminó el mundo”.

Cosme vio los grandes momentos de la vida de Moisés como prefiguraciones de la cruz: "Estando en medio de dos sacerdotes, Moisés prefiguró un tiempo en sí mismo la inmaculada pasión. Disponiéndose después en forma de cruz, elevó el trofeo con los brazos abiertos de par en par, aniquilando el poder del malvado Amalec. Moisés situó sobre una columna el remedio que salvaba de la mordedura venenosa y destructora: al madero, imagen de la cruz, ató transversalmente la serpiente que se arrastra en la tierra, y con esto venció el flagelo. Un tiempo, Moisés, con un madero, transformó en el desierto las fuentes amargas, prefigurando el paso de las gentes a la piedad, gracias a la cruz".

Varias veces Cosme sitúa paralelamente la cruz y el árbol del paraíso: "En el paraíso un tiempo un árbol me desnudó, porque haciéndome probar su fruto, el enemigo introdujo la muerte; pero el árbol de la cruz, que lleva a los hombres el hábito de la vida, fue plantado en tierra, y todo el mundo se llenó de todo gozo". La cruz se transforma entonces en arma de la Iglesia: "Una vara se asume como figura del misterio; para la Iglesia un tiempo estéril, ha florecido ahora el árbol de la cruz, como fuerza y sostén. La dura roca con la vara golpeada, haciendo brotar agua para un pueblo rebelde y duro de corazón, manifestaba el misterio de la Iglesia elegida por Dios, de la cual la cruz es fuerza y sostén. El costado inmaculado traspasado por la lanza hizo brotar agua y sangre, inaugurando la alianza y lavando los pecados: la cruz es en efecto orgullo de los creyentes".

De la imagen de la cruz como árbol de la vida, Cosme desarrolla el tema del Cristo crucificado como cebo para el enemigo que en el paraíso se vuelve engañador con un árbol y un fruto: “¡Oh, árbol bendito, sobre el que estuvo extendido Cristo, rey y Señor! Por ti ha caído quien, con un árbol, había engañado; ha sido engatusado por Dios que, en la carne, en ti fue clavado, y que da la paz a nuestras almas”. Asimismo se retoma el tema de la cruz como victoria sobre el querubín con la espada llameante que custodia la entrada en el paraíso: “Frente a ti, celebrado árbol sobre el que estuvo extendido Cristo, tuvo temor, oh cruz, la espada blandiente que custodiaba el Edén, y se retiró el temible querubín, frente al Cristo en ti clavado, que prodiga la paz a nuestras almas”.

En todo el canon el autor subraya la profesión de fe trinitaria a partir de imágenes veterotestamentarias: “Bendecid, jóvenes, iguales en número a la Trinidad, a Dios Padre creador; cantad himnos al Verbo que ha descendido, y ha cambiado el fuego en rocío; y exaltad por los siglos al Espíritu santísimo, que dona vida a todos”. Por otra parte, destaca la Encarnación: “Mientras se eleva el árbol rociado de la sangre del Verbo de Dios encarnado, cantad himnos de alabanzas a Dios, cortes celestiales, celebrando el rescate de los mortales. Adorad, pueblos, la cruz de Cristo, por la cual se dio al mundo la resurrección”.

Finalmente, desde el paralelo entre Iglesia y paraíso, se desarrolla aquel entre María y paraíso: "Eres místico paraíso que, sin cultivo, oh Madre de Dios, ha producido al Cristo, de quien fue plantado en la tierra el árbol vivificante de la cruz: adorándole, por aquella que ahora es exaltada, te magnificamos. Exulten todos los árboles del bosque, pues su naturaleza ha sido santificada por quien en el principio la plantó, Cristo, extendido sobre el madero. Por esto nosotros lo magnificamos".

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