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Honrad a santo Tomás con el estudio de su pensamiento

· Recuperado el audio inédito del discurso en parte improvisado por Pablo VI en Aquino el 14 de septiembre de 1974 ·

En el séptimo centenario del "dies natalis" de santo Tomás (1274-1974), Pablo VI quiso peregrinar a los lugares del Aquinate. En la ciudad natal del santo, el Papa integró el texto que había preparado con varios pasajes improvisados. De ese discurso, hasta la fecha, no había quedado testimonio, salvo la versión publicada por "L'Osservatore Romano" del 16-17 de septiembre de 1974. El Círculo Santo Tomás de Aquino ha recuperado del Archivo sonoro de Radio Vaticana el audio original y lo ha grabado en un Dvd junto a las imágenes inéditas de la visita del 14 de septiembre de 1974. Publicamos en exclusiva su transcripción.

Quisiera tener, no un minuto, sino una hora para hablaros a vosotros, porque llego a un mundo de maravillas, y la primera maravilla sois vosotros, que me acogéis así.

Pensaba llegar a Aquino casi desconocido, pasar como un peregrino fugitivo y no encontrarme con nadie, salvo con el obispo y los sacerdotes que atienden esta basílica. Sin la sorpresa de tener esta visión inmediata de una población tan numerosa, tan buena y acogedora. Esta es la primera y la mayor sorpresa, y lo que me colma de felicidad, por vuestra acogida.

Además, he sabido que sois una ciudad ya industrial; me han mostrado nada menos que un coche producido por vosotros. Ya estáis inmersos en el «gran giro» de la civilización moderna que se transforma, y os recomiendo sin dejar vuestros campos, que son jardines de belleza, de prosperidad y de fecundidad. Sabéis añadir a este trabajo también la otra fatiga, la fatiga moderna de la industria. Me congratulo con vosotros y con cuantos han contribuido a este desarrollo.

Asimismo, recuerdo lo que pasó aquí, en Montecassino, con la guerra y después de la guerra, y todo lo que se ha hecho para restablecer todo el panorama de vuestras casas. Y puedo decir que me ha admirado y me siento feliz de ver «esmaltada» toda la llanura de casas nuevas, de habitaciones nuevas... ¡Todo es nuevo! He visto vuestras calles de esta localidad, bellas, limpias, modernas. No tenéis nada que envidiar a una ciudad, como se dice, «del norte», donde están más avanzados en el cuidado de las cosas de este mundo.

Me complace mucho y quisiera dirigir un pensamiento también a los que han trabajado para que vuestra vida tuviera este cuadro y pudiera expresarse y renovarse. Yo he conocido a personas que han trabajado y han promovido este trabajo, pero no sabía que los efectos fueran tan notables y dignos de aplauso, de esperanza y de buenos augurios para vuestro porvenir.

Decía: quisiera tener mucho tiempo disponible. ¡Ah, qué exagerados y paradójicos somos en nuestros deseos! Pero se trata de deseos del corazón, de hablar con cada uno de vosotros, de decir a cada uno de vosotros una palabra, de manifestar a cada uno de vosotros el afecto, mi admiración y la estima que tenemos por vosotros, por cada uno de vosotros y por toda esta población.

¡Cuántos sacerdotes he visto y cuántos obispos están aquí presentes, que han querido honrar esta visita mía con su presencia! ¡Cuántos alcaldes! Las poblaciones también están presentes en su expresión civil, organizativa y también popular. Que Dios bendiga a todos los pastores de almas y también a los administradores de las ciudades, de las aldeas y de las cosas de este mundo. ¡Que Dios os bendiga a todos! Pero ¡cuántas familias he visto!, y niños, muy numerosos, y quisiera verdaderamente hacerles una caricia a todos, y darles mi bendición a todos.

Sabed que estos minutos que paso con vosotros son preciosísimos para mí. Porque suscitan en mi corazón tal abundancia de sentimientos, tal visión, diría tal conciencia de mi ministerio, que realmente quisiera ser capaz de hacer lo que hizo Jesús, multiplicar sus gracias, cuando se encontraba en medio de la multitud. ¡Que el Señor os bendiga!

Esta ciudad es tan célebre que nos era imposible dejar de hacer en ella por lo menos una breve parada a fin de honrar a la ciudad y de saludar en su sede al obispo, a los sacerdotes, a los fieles, e incluso a las autoridades civiles de Aquino. Con gran veneración hemos visitado Fossanova, donde santo Tomás murió; ahora visitamos con no menor devoción la ciudad que ha prestado su nombre al mismo santo y se ha hecho famosa en todo el mundo y, diría, en toda la historia, en toda la cultura: Aquino. Y precisamente estos días pasados escuché a una religiosa (para mostrar cómo vuestro nombre vuela por los espacios y por el tiempo), una buena religiosa, una religiosa de América: «¿Cómo se llama?», «Aquinas», que quiere decir «de Aquino».

Y nos satisface poder compartir hoy con vosotros unos momentos de oración, para venerar la memoria de santo Tomás e implorar su intercesión.

Y a vosotros, ciudadanos de Aquino, ¿qué os diremos? Ciertamente es superfluo recomendaros, precisamente a vosotros, que os sintáis contentos y orgullosos de ser los descendientes y los conciudadanos de un hombre tan grande, de un santo, de un doctor de la Iglesia, que ha ilustrado su doctrina como no lo ha conseguido hacer quizás ningún otro en toda la historia. ¡Es una gran gloria para vosotros y una gran fortuna! Permitidnos que os deseemos, más aún, que os exhortemos a algo que afecta a vuestra responsabilidad y a vuestra correspondencia espiritual: esforzaos por ser dignos de llevar el nombre de santo Tomás de Aquino.

¿Cómo podría (esta es una cuestión viva y actual) una población como la vuestra, siete siglos después de la muerte de santo Tomás y colocada en un contexto histórico, social e industrial tan diverso de aquel en que vivió y trabajó el santo, cómo podría seguir de alguna forma en la línea de su tradición? ¿Cómo podéis llamaros vosotros hijos, parientes y conciudadanos de santo Tomás?

Vosotros no pretendéis competir con su sabiduría, ni siquiera poneros en el camino de su vocación, ya se trate de la vocación religiosa, ya de la vocación intelectual. Nadie puede pretender equipararse a tan gran maestro. Pero todos, todos los que somos hijos fieles de la Iglesia, podemos y debemos, por lo menos en alguna medida, ser discípulos suyos. Y en realidad lo seremos si concedemos a nuestra instrucción y formación religiosa la importancia que ella merece.

¿Dónde, si no en Aquino, debe el estudio de nuestra religión, aunque se trate de un estudio elemental pero no por ello menos necesario y sabio, ser altamente valorado y puesto por todos en práctica con particular empeño? Si no sois fieles vosotros a las enseñanzas y a la herencia de sabiduría, de estudio y de comprensión de la Revelación de Dios, que testimonió y difundió el maestro Tomás, ¿quién lo debe ser? Si no sois vosotros los primeros discípulos de santo Tomás de Aquino, ¿los demás qué pueden decir? «En Aquino no se preocupan de ello, entonces...».

Esta es la lección que seguimos recibiendo de vuestro santo maestro, Tomás de Aquino: procurad estudiar asidua y amorosamente aquella antigua palabra que quiere decir una gran realidad: la doctrina cristiana, la que os enseñan vuestro obispo, vuestro párroco, vuestros sacerdotes y los profesores y profesoras de religión, tanto en la iglesia como en las escuelas. Precisamente esta misma mañana hemos recibido a un numeroso grupo de jóvenes estudiantes, procedentes de muchas partes de Italia, que han triunfado en el concurso «Veritas», del que ciertamente habéis tenido noticia también vosotros. Son estudiantes que voluntariamente estudian la religión en los institutos de estudios superiores y hacen también exámenes que no tendrían obligación de hacer, con tal de mostrar su inteligencia y su amor a la doctrina cristiana. Lo sabéis. Yo esperaba: «Tal vez haya alguno de Aquino». No lo sé, porque no nos preocupamos de verificarlo. Pero si el Señor nos da vida, ojalá que el año próximo al menos uno, dos, diez, cien de vuestros hijos vengan a Aquino, donde se ame el estudio de la religión. ¡Esto sería muy bello!

Por esta razón nos permitimos insistir en esta recomendación nuestra: si realmente sois conscientes del honor de pertenecer a Aquino, que ha dado su nombre al más grande teólogo de nuestras escuelas, no sólo medievales sino también modernas, procurad ser diligentes y activos en el estudio regular y constante de la religión. Me viene a la mente que un hombre de Estado y profesor de universidad, que está presente en esta reunión, hace pocos días explicó que el pensamiento de santo Tomás sigue siendo la estructura básica de nuestra cultura. Entonces, esta recomendación nuestra la dirigimos de modo particular a aquellos estudiantes que, siguiendo su vocación, han escogido la vida eclesiástica o religiosa: seminaristas, honrad a santo Tomás con el estudio de su pensamiento.

La Iglesia, admitiendo que es legítimo y obligado el conocimiento de las nuevas y diversas formas de la cultura religiosa, no ha cesado de repetir, incluso en el reciente Concilio, la necesidad de estudiar con preferencia las obras de santo Tomás. Él es un maestro que también hoy sigue siendo actual y, si tenemos en cuenta la difusión de tantas opiniones falsas o discutibles, hasta providencial. ¡Que esta recomendación nuestra llegue a nuestros seminarios, a nuestras casas religiosas e incluso a nuestras universidades! Desde Aquino nuestra voz se dirige también a los maestros de filosofía y de teología, que cumplen en la Iglesia de Cristo la gran misión de transmitir la doctrina auténtica de la Iglesia. A estas personas que se han entregado al estudio y a la enseñanza nosotros las miramos con gran confianza, con gran esperanza. En nombre de Cristo, les rogamos que sean fieles al Magisterio que Cristo ha confiado a su Iglesia; que, como santo Tomás, tengan la pasión de la verdad, de la verdad religiosa en su expresión auténtica; y llegue también a ellas, en esta circunstancia y desde este centro de la memoria de santo Tomás de Aquino, desde este lugar bendito, nuestra exhortación paternal, nuestro aliento, nuestro agradecimiento y nuestra bendición apostólica.

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12 de Diciembre de 2018

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