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Hombre de palabra

· El Papa Francisco según el director alemán Win Wenders ·

Estará en los cines solamente del 4 al 8 de octubre El Papa Francisco: un hombre de Palabra, el documental sobre el Papa Bergoglio dirigido por Wim Wenders, fruto de cuatro largos encuentros en el Vaticano entre el Pontífice y el gran director alemán a lo largo de dos años.

En la base del documental hay en el fondo una idea sencilla. Es decir, alternar imágenes relativas a los grandes problemas del mundo con las palabras del protagonista. Palabras impresas sobre dos conceptos que no por casualidad el Papa elogia durante los encuentros con el director: la humildad y la sabiduría. El tono en el que expresa su pensamiento, de hecho, no es el de quien quiere bajar una verdad desde arriba, más bien, sencillamente, es el de un hombre que habla a otros hombres. Un hombre sabio. Que, fuerte por lo que ha aprendido gracias a la fe, pero también gracias a la sencilla experiencia de vida, ve las cosas de una forma muy lúcida y se expresa con determinación y seguridad.

De manera coherente, frente al objetivo de la cámara de cine, el Papa Francisco se muestra con gran desenvoltura, ayudado en esto también por inteligentes recursos técnicos adoptados por Wenders, que —inspirándose en el estilo del documentalista estadounidense Errol Morris— durante las grabaciones preparó un monitor de modo que el Papa se dirigiera a él y al mismo tiempo mirara al objetivo, y por lo tanto, al espectador.

Haciendo coincidir la mirada del director con la del público, Wenders expresa también bien el estado de ánimo con el que ha afrontado este último trabajo, que es aquel más que legítimo de un hombre asustado de la época en la que estamos viviendo y que quiere ser tranquilizado también en primera persona.

El director además ha suprimido precisamente las preguntas que él mismo realizó al Papa, además de su propia presencia, para concentrar más la atención sobre el entrevistado. Tal vez se podía excluir también la voz narradora del mismo Wenders, que no es un obstáculo, pero en el fondo no es ni siquiera particularmente necesaria. De tal modo, se habría dejado completamente el documental a las imágenes y a las palabras del Papa y el resultado final habría tenido todavía más efecto.

Los aspectos del papado actual que Wenders tiene intención de subrayar, son el deseo de hacer que la pobreza se vuelva central dentro de la Iglesia, la ausencia de desconfianza en la ciencia, con la que la fe debería consolidar una dialéctica fecunda, la promoción de un sentido de hermandad entre cristianos y pertenecientes a otras religiones, la batalla sin titubeos y sin freno contra el escándalo de los abusos a menores por parte de miembros del clero y el apoyo incondicional a las familias de las víctimas en sede procesal, la atención al medioambiente y a la ecología, el hecho de profesar un comportamiento de inclusión y no de exclusión al hacer frente al imponente fenómeno migratorio de estos años.

Más en general, Wenders está evidentemente conmovido por la capacidad del Papa de transmitir el propio mensaje a todos, también a los no cristianos, también a los ateos. Todos son aspectos apoyados muy bien por la elección de las imágenes. Y las que causan una impresión particular son las dedicadas a las travesías del Mediterráneo, tan dramáticas como necesarias.

A las palabras dadas directamente a él, además, el director alterna las expresadas durante algunos encuentros del Papa con gente de todo el mundo. Testimonio de que no solo es amado, sino, sobre todo, de cuánto sus palabras hacen efecto. De particular interés, en tal sentido, son las imágenes de la intervención en el Congreso de Estados Unidos. Un discurso sin medias tintas sobre la relación entre difusión de las armas y dinero, suscita en los oyentes una inesperada reacción de entusiasmo que parece casi liberatoria.

El único verdadero defecto del documental, pero que no afecta al resultado final, nace de la elección de hacer un paralelismo entre el Papa y San Francisco. Sobre todo porque se trata de un aspecto que habría merecido mucho más espacio, incluso una película aparte. Al delinear, sin embargo, brevemente la doctrina del santo de Asís, la película no puede hacer otra cosa que resultar superficial y apresurada. Además, la idea de representar algunos episodios de su vida a través de breves reconstrucciones recitadas, desentona tanto estilística como conceptualmente con el resto del documental. Las imágenes en blanco y negro que simulan el aspecto del cine mudo son un poco ingenuas, pero sobre todo contravienen el buen sentido de urgencia que el director ha conseguido conferir al resto de la obra. Se trata de un contraste seguramente consciente, pero no menos logrado.

Esto no quita para que el director alemán se confirme —después de Buena vista social club (1999), La sal de la tierra (2014) y muchos otros— como un buen documentalista, y para demostrarlo bastarían los minutos finales de la película, en los que la simbiosis entre imágenes y palabras crece de ritmo hasta representar al Papa Francisco como una barrera al dolor del mundo. Excepto entonces, con un toque genial, cerrarse en una nota, al contrario, intimista y ligera, que hace justicia y bien a la personalidad del protagonista.

El Papa Francisco concluye de hecho con un elogio a la sonrisa y al sentido del humor, dones de Dios que pueden estar incluso contenidos en una oración, como la de santo Tomás Moro, «la oración del buen humor», que él repite cada mañana. Y que se abre con las palabras: «Dame oh Señor una buena digestión. Y también algo que digerir».

di Emilio Ranzato

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14 de Diciembre de 2018

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