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Historia y destino de la ciudad tres veces santa

Siempre ha sido abrupta la historia de la ciudad santa, a la que se han dedicado los libros de Eric H. Cline Gerusalemme assediata. Dall’antica Canaan allo Stato d’Israele (Turín, Bollati Boringhieri, 2017, páginas 421, euros 26) y de Giovanni Brizzi 70 d. C. La conquista di Gerusalemme (Roma-Bari, Editori Laterza, 2015,páginas XI + 426, euros 24). De la revista «Vita e Pensiero» (86, 2003, n. 6, pp. 17-21) publicamos el artículo SOS para Jerusalén, capital de las religiones.

«¡Jerusalén, si yo de ti me olvido, que se seque mi diestra! ¡Mi lengua se me pegue al paladar si de ti no me acuerdo, si no alzo a Jerusalén al colmo de mi gozo!» (Salmos 136, 5-6). Las vehementes palabras de un poeta anónimo forzado a la lejanía de la ciudad —tal vez en el exilio en Babilonia en el siglo vi antes de la era cristiana— resuenan en las de los salmos llamados graduales o de ascensión. Estos quince componentes (120-134 en la numeración hebrea, 119-122 en la giega y latina, más difusa) fueron probablemente cantados por los peregrinos judíos que subían a la colina jerosolimitana, donde surgía el antiguo santuario atribuido al mítico soberano Salomón, destruido por los babilonios y mucho más tarde reconstruido: «¡Ya estamos, ya se posan nuestros pies en tus puertas, Jerusalén! Jerusalén, construida cual ciudad de compacta armonía, donde suben las tribus, las tribus de Yahveh (…) Pedid la paz para Jerusalén» (121, 2-3 y 6). En estas palabras —que después hicieron suyas los cristianos y que gracias a ellos fueron enormemente difundidas (se piensa en la fortuna litúrgica, musical y poética)— se puede resumir el vínculo fuerte e innegable de la antigua religión de Israel y después del judaísmo con el entonces pequeño centro, destinado a una suerte simbólica sin igual y a un destino histórico fascinante y trágico.

Emblema del papel especial de la ciudad entre los judíos radicados en otras naciones es la larga digresión a ella dedicada en la Carta de Aristeas. El texto judeo-griego es un hermosísimo escrito de propaganda de la segunda mitad del siglo ii después de Cristo y debe su fama al relato, a partir de los rasgos legendarios bien enraizados en la historia, de cómo se había llegado a la versión griega de las Escrituras sagradas hebreas, atribuida a setenta y dos traductores y desde entonces llamada de los Setenta. La descripción de la ciudad y del templo (el segundo santuario, reconstruido después de la destrucción babilonia) sugirió a los estupefactos embajadores de Alejandría: «Cuando llegamos al lugar, observamos la ciudad situada en el centro de la entera Judea (…) En la cima se encontraba el Templo, que tiene dimensiones grandiosas (…) El suelo está enteramente pavimentado con lastras de piedra y tiene pendientes en dirección de los puntos adecuados para el transporte de las aguas que sirven para purificarlo de la sangre de las víctimas, porque en los días de fiesta se ofrece en sacrificio millares de animales (…) El oficio de los sacerdotes es incomparable por la fuerza física que requiere, por el decoro y por el silencio (…) Reina absoluto silencio, tanto que parecería que no hubiera alma viva, mientras los oficiantes amontonan hasta los setecientos —y grande es la multitud de los que ofrecen las víctimas— pero todo se desarrolla con reverencia digna de majestad divina (…) La visión general de este espectáculo despierta temor reverencial y consternación, tanto que hace pensar en haber llegado a otro mundo, fuera del nuestro. Puedo asegurar que cualquiera que vaya a asistir a la escena descrita será acogido por una indecible admiración y asombro y permanecerá impactado en su intimidad por la impronta de santidad implícita en cada detalle» (83-99).

Dos siglos después, todo había terminado: al término de la terrible guerra judía narrada por Flavio Josefo, en el 70 el gran templo, magníficamente restaurado por Herodes el Grande, se incendia, mientras que en el 135, reprimida la última revuelta antirromana, la ciudad fue arrasada y su nombre borrado, sustituido por el pagano —buscado por el emperador Adriano y abominable a oidos de los judíos— por Aelia Capitolina. Para salvar su memoria (y nombre) estuvieron los cristianos, de los que ya hacia el año 170 se registraron peregrinaciones, como la del obispo Melitón de Sardes, que quiso documentarse sobre las Escrituras judías allí «donde fueron predicadas y se desarrollaron» (Eusebio de Cesarea, Historia eclesiástica, iv, 26, 14). Y Eusebio observa que en sus tiempos —a inicios del siglo iv— se dirigían a Jerusalén los creyentes en Cristo «de cada parte del mundo no, como en el pasado, para admirar el esplendor de la ciudad o para rezar en el antiguo Templo», sino «para admirar los efectos de la conquista y de la destrucción de Jerusalén» y, sobre todo, «para rezar en el Monte de los Olivos frente a la ciudad», allí «donde se detuvieron los pies del Salvador» (Demonstratio evangelica, vi, 18, 23).

Autor del renacimiento religioso de Jerusalén y de toda la región fue Constantino, emperador entre el 306 y el 337, después del giro filocristiano del 312 y gracias a una imponente política edificatoria que cubrió de lugares de culto toda Palestina, transformada en «tierra santa» de los cristianos y cada vez más meta de peregrinaciones, como narra Eusebio con claro espíritu antijudío: «las nuevas órdenes emitidas entraron en funcionamiento inmediatamente y así en el mismo lugar en el que fue sepultado el Salvador se construyó la nueva Jerusalén, en contraposición con la ciudad antigua y famosa, la cual, después del cruento asesinato de nuestro Señor, fue arrasada hasta sufrir una extrema devastación, pagando con esto el castigo por culpa de sus impíos habitantes. Frente a eso, el emperador, con suntuosa y expléndida munificencia edificó un monumento que daba testimonio de la victoria que el Salvador había conseguido contra la muerte, y tal vez no es errado identificar precisamente en este monumento la nueva Jerusalén anunciada por los oráculos de los profetas, esa Jerusalén en la que hay innumerables alabanzas que celebran por mucho tiempo las profecías inspiradas por el espíritu divino. Antes que nada, Constantino quería adornar la santa gruta, porque lo consideraba el centro ideal de todo el mundo: se trataba, de hecho, del sepulcro que goteaba memoria perenne, del lugar que conservaba el trofeo de la victoria que nuestro gran Salvador había conseguido contra la muerte, del divino sepulcro, en el que un día brilló la luz del ángel que anunció a todos los hombres la buena nueva de la regeneración revelada por el salvador» (Vida de Constantino, iii, 33).

En la basílica del Santo Sepulcro Eusebio —testigo casi incrédulo del derrocamiento de las clases cristianas en menos de treinta años, por la feroz persecución diocleciana que se ensañó con saña en Palestina en el nacimiento de la «tierra santa»— identificaba así a la Jerusalén escatológica vislumbrada por los profetas y que luego quedó en el apocalipsis judío. Pero la historia no terminó y Jerusalén conoció nuevas guerras y conquistas: en el siglo vii una breve etapa persa y después la reconquista bizantina, el inicio en el 638 de la dominación musulmana, sostenida por la sacralización islámica de la ciudad: tercer lugar santo del islam —después de la Meca (meta de la gran peregrinación musulmana) y Medina— por el misterioso transporte nocturno de Mahoma narrado por el Corán (xvii, 1), Jerusalén reclama, de hecho, en su nombre árabe, al-Quds, lo absoluto de la autoridad divina. Los casi trece siglos de la dominación islámica —cerrada en el 1917 por la entrada en Jerusalén de las tropas británicas— fueron una sucesión a menudo trágica de acontecimientos en los que Oriente y Occidente, sagrado y profano, miserias y sueños, ideales e intereses políticos se mezclaron inextricablemente, como muestra de modo emblemático la sucesión de las cruzadas en la historia, en la propaganda y en el imaginario colectivo.

Sin embargo, incluso en la edad moderna y contemporánea, la mezcla entre mitos religiosos y logros políticos marcó la ciudad y el motivo es en definitiva el valor escatológico de Jerusalén para los tres grandes monoteísmos que crecieron uno sobre otro, uno contra otro, uno con otro, indisolublemente. Así, en la Inglaterra anglicana del siglo xvii —como ahora entre los fundamentalistas protestantes estadounidenses— se razonaba sobre el regreso de los judíos a Palestina y su conversión final, preludio de la venida final de Cristo, mientras que fue la primera crítica religiosa hebrea en oponerse a las teorías del sionismo político, nacido hacia el final del siglo xix y realizado en el siglo xx, el siglo roto por la catástrofe europea de la Shoah. Sionismo y Shoah son históricamente las señales del nacimiento en 1948 del Estado de Israel. Y en la segunda mitad del siglo xx —entre guerras y políticas de poder sin prejuicios de cada uno de los contendientes y sus partidarios, que nunca miraron al interés de los pueblos, en particular el palestino— marece un espejismo lejano la paz invocada para Jerusalén por el salmista.

La ofensiva terrorista a escala mundial —que hasta ahora ha tenido su culmen en el tremendo ataque del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos, pero que reserva casi cada día horribles novedades— ha complicado mucho el escenario internacional, sobre el cual siempre se debe ubicar la cuestión de los cincuenta años del Vecino Oriente y de Jerusalén. Y precisamente la condición de la ciudad resulta hoy un símbolo del trágico estado en el que parece hundirse toda esperanza y del cual se despiden las voces que invocan una solución de negociación. Para la ciudad, anexada por Israel en dos fases (en 1948 y en 1967), la Santa Sede —que desde 1994 tiene con Israel normales relaciones diplomáticas— permanece favorable a la resolución de la Organización de las Naciones Unidas que en 1947 auspiciaba para Jerusalén un estatuto especial garantizado internacionalmente. En el contexto más amplio de la cuestión palestina, que reclama una solución urgente, la preocupación de la Santa Sede es por la paz y por sostener la presencia católica y cristiana en la región. Extremismos políticos y fundamentalismos religiosos están, de hecho, reduciendo cada vez más la consistencia de las diversas comunidades cristianas e incluso las peregrinaciones. Después de más de medio siglo de sangre y de odio —por limitarse a la historia reciente— es necesario, al menos en Jesuralén, abandonar resentimientos y reivindicaciones. El verdadero destino de la ciudad, en los tres monoteísmos, es el escatológico. Los creyentes deben tener conciencia, rezar y obrar; y quien no cree debe tomarlo en cuenta. En el interés de una convivencia finalmente tolerante y pacífica. (g.m.v.)

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