Aviso

Este sitio usa cookies...
Las cookies son pequeños archivos de texto que nos ayudan a mejorar su experiencia en nuestro sitio Web. Al usar cualquier parte del sitio web, usted acepta el uso de cookies. Encontrará más información acerca de las cookies en las Condiciones de Uso.

​Historia de milagros

· ​Coloquio con Shirley Williams, una de las figuras políticas más queridas en Gran Bretaña ·

Aun siendo baronesa y teniendo derecho a ser llamada lady, no le gustan los títulos. “Formo parte de la cámara de los lores para realizar un trabajo, no por el honor”. Además, es católica en un país anglicano y no tiene miedo de decirlo: “Voy a misa todos los domingos porque creo en los objetivos del cristianismo. La obra de Cristo ha llegado a ser cada vez más importante en mi vida”.

Su padre le leía pasajes de la Summa theologica de santo Tomás de Aquino cuando usted era un niña de tan solo 8 años. ¿Cómo considera hoy su educación?

Era una niña vivaz. Me trepaba a todo lo que se podía trepar, desde los anaqueles con libros de mi padre hasta las cortinas y los puentes. Jamás he aceptado estar detrás de mi hermano. Y en mi familia nunca pensaron que él frecuentaría una escuela mejor que la mía, o que yo debía dedicarme a trabajos manuales. Antes de los 13 años nunca me había dado cuenta de que la mayor parte de las personas consideraba que las mujeres eran menos inteligentes, menos valientes, menos capaces que los hombres. Me agradaban mucho los debates en casa, donde se reunían numerosos huéspedes internacionales. Desde joven he sentido interés por la política. Podría decir que mi madre hizo de mí una cristiana, y mi padre, una católica. Era un hombre muy intelectual, profesor de ciencias políticas. Se convirtió en católico de joven, convencido por la obra de John Henry Newman.

¿Por qué se ha convertido en católica y no en anglicana, como su madre?

Por mi padre. Estaba convencido de que solo la Iglesia católica podía justificar ser una fuente permanente de pensamiento y de dogma cristiano. Además, era internacional, mientras que una Iglesia meramente nacional, como lo fue inicialmente la Iglesia de Inglaterra, era contraria a la misión de la Iglesia. Esto no significa que mi padre no fuera crítico. Discutía largamente conmigo sobre teología, y me convertí en católica a los 18 años. Hablándome de santo Tomás, unía su religión y su política.

¿Cuál es la combinación entre ambas?

La política debería ser la puesta en práctica de algunos preceptos del cristianismo. Cuestiones como la educación de los niños provenientes de familias con dificultades, o las buenas relaciones entre las diversas razas surgen de principios cristianos. Pero estos no se ponen en práctica, si no se encuentra un modo de convertirlos en ley. Si creo en la igualdad absoluta de las razas es gracias a la visión cristiana de que todo ser humano, hombre o mujer, blanco o negro, tiene en su corazón la divinidad de Dios. Todos son creaciones divinas. La política pone en práctica la teoría; sin ella, el cristianismo es hipócrita.

Su conciencia política ha sido influenciada por el catolicismo. ¿Y su conciencia social?

Un elemento del catolicismo que siempre me ha atraído mucho es la doctrina social de la Iglesia. En los años setenta del siglo pasado estuve en América Latina. Pensé que la teología de la liberación era el cristianismo puesto en práctica. La cosa triste de la teología de la liberación es que en algunos casos se inclinó al marxismo, que ha producido una nueva élite propia. Por otra parte, he comprendido el peligro de la teología de la liberación: el ser humano individual ha perdido su divinidad, la cualidad infinita de haber sido creado por Dios. De todos modos, algunos de los líderes políticos recientes más interesantes provienen de América Latina: Lula da Silva en Brasil o Michelle Bachelet en Chile. Están comprometidos en la lucha contra la pobreza, a veces corriendo grandes riesgos. Se identifican con la gente sencilla, con los trabajadores comunes. Y esto manifiesta una forma más rica de catolicismo, que no depende del poder. Es alentador para la Iglesia que el Papa vaya al corazón mismo de la estructura del Vaticano y plantee cuestiones difíciles sobre la Iglesia: ¿tiene que ver con el poder o con el amor?

¿Debe implicarse la Iglesia en la política?

Es absolutamente necesario, pero en el sentido de perseguir los principios según los cuales deberían vivir los cristianos. Para dar un ejemplo: el arzobispo de Canterbury, Justin Welby, insistió en el hecho de formar parte del Comité parlamentario para los bancos, en el que plantea cuestiones fundamentales sobre la brújula moral del sector bancario. De hecho, una importante figura eclesiástica aporta reglas y principios propios de las Iglesias cristianas en el mundo de la política y dice: “También debéis vivir según las normas morales”.

¿Cuáles son los relatos de la Biblia que prefiere?

Es extraño, pero los relatos de la Biblia no me atraen tanto. Sin embargo, en mí ha tenido gran influencia un libro sobre el Dios apasionado, que me prestó un amigo. La tesis de este libro se refiere a los relatos bíblicos del Nuevo Testamento que hablan de las mujeres y en los que los apóstoles le preguntan a Cristo: “¿Por qué pierdes tiempo hablando con esa mujer?”. Vemos repetidamente que Cristo trata con igual dignidad a hombres y mujeres. Al alejarse del camino de Cristo, se observa que las mujeres quedan relegadas a un segundo plano. Y esto también sucede hoy: en la misma Iglesia las mujeres no están representadas en puestos importantes.

En su autobiografía, usted cuenta su experiencia durante la guerra. Fue muy dura.

Me mandaron a Estados Unidos, porque mis padres estaban en la lista negra de la Gestapo. Mi madre, Vera Brittain, era una escritora famosa, pero también una pacifista. El presidente norteamericano Franklin Delano Rooselvet y su mujer eran grandes amigos de ellos. Mi padre era un académico que había convencido a Estados Unidos a unirse en la guerra contra Hitler. Eran una de las pocas parejas no judías en la lista de quienes habrían debido ser eliminados inmediatamente si se hubiera producido una invasión por parte de Alemania. En 1940, una vez ocupada Francia, todos creían que la invasión se habría llevado a cabo, como máximo, en el lapso de tres meses. Mis padres querían permanecer en Gran Bretaña, pero también querían proteger a sus hijos. Así, a mi hermano, que tenía 12 años, y a mí, que tenía 9, nos mandaron a casa de algunos amigos en Minnesota, donde permanecimos durante tres años. Volví a casa en una nave neutral, que sufrió graves daños durante una tormenta, y así llegamos a Portugal. El avión que debía llevarnos, en el que viajaba el famoso actor Leslie Howard, fue derribado y murieron todos. Por tanto, estuvimos detenidos dos meses en Portugal.

¿Fue entonces cuando comprendió que el mundo no era totalmente hermoso?

Durante mucho tiempo pensé simplemente que era muy hermoso. Siempre había pensado que la creación era algo estupendo. Después de la guerra, el gobierno laborista inglés de entonces envió a varios jóvenes a Alemania para ver si podían entablar nuevas relaciones en el mundo posbélico. Formé parte de aquel grupo, y atravesé en coche todo el país en medio de las ruinas para ir a la primera conferencia socialdemócrata de la Alemania posbélica, en 1948, hasta la ciudad de Hof, que se encontraba en el sector americano del país. Fue la primera vez que vi la destrucción total de Alemania, personas que vivían en agujeros, iglesias y casas derruidas. Comencé a sentir que el primer objetivo debía ser siempre el fin de la guerra. No soy pacifista, pero creo mucho en la reconciliación.

¿Puede dar algún ejemplo?

En mi vida he visto cuatro milagros políticos fundamentales: el primero fue Gorbachov, que favoreció el derrumbe de la Unión Soviética sin que nadie muriera; después, la caída del muro de Berlín; a continuación, la sorprendente liberación de Nelson Mandela en Sudáfrica; por último, las medidas que permiten que los europeos del Este se integren en la Unión europea. Y, hasta el drama de Ucrania, todo había sucedido en un contexto totalmente pacífico. Lo digo porque las personas son muy cínicas respecto a la política, pero de hecho la política tiene una extraordinaria historia de milagros que se suceden.

¿Quién es Dios para usted?

Fundamentalmente, veo a Dios como creador, como en la pintura de Miguel Ángel en la capilla Sixtina: el toque que da la vida a los seres humanos. También veo a Dios sumamente unido a las inmensas fuerzas de la naturaleza. Desde un punto de vista más personal, la vida de Cristo es para mí el camino a una forma de comprensión de Dios. Pienso que la Iglesia ha sido, en cierto modo, una desilusión –muy materialista, muy consciente del poder–, pero la vida de Cristo es el centro persistente de mi fe religiosa. Espero que la Iglesia institucional se acerque más a la vida de Cristo y ponga en el centro no el poder, sino el amor. Creo que hay señales de que esto está comenzando a suceder ahora.

Usted es una de las figuras políticas más queridas de su país. ¿Cuál es su secreto?

Una de las cosas que el político tiene que aprender es la humildad para escuchar las historias de un gran número de personas comunes. No tengo un secreto. La cosa importante es escuchar y no rechazar a los demás seres humanos, puesto que Cristo habita en cada uno de ellos.

Shirley Williams (Londres, 1930) es una de las figuras políticas más populares del Reino Unido. Fue una de las primeras ministras en el Gobierno laborista de 1974. En su autobiografía Climbing the Bookshelves (2009) y en God and Caesar (2003), cuenta la fundación de un nuevo partido político, el demócrata liberal. Es profesora emérita en la Kennedy School of Government de la Universidad de Harvard y miembro activa de la cámara de los lores del Parlamento del Reino Unido.

Por Lucette Verboven

EDICIÓN EN PAPEL

 

EN DIRECTO

Plaza De San Pedro

22 de Enero de 2019

NOTICIAS RELACIONADAS