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Hermanos, hijos del mismo Padre misericordioso

Abu Dabi, 4 de febrero de 2019, otra fecha histórica del pontificado del Papa Francisco, «hombre de paz» tal como lo definían en Panamá los carteles impresos por las comunidades islámicas locales: junto con el Gran Imán de Al-Azhar, Ahmad Al-Tayyeb —con los musulmanes de Oriente y Occidente— el Santo Padre firmó el Documento sobre la Fraternidad humana que comienza con esta declaración: «La fe lleva al creyente a ver en el otro a un hermano que debe sostener y amar». El mismo punto de partida evangélico para el discurso del Papa (un gran discurso, que merecerá un estudio más profundo) basado en «reconocer que Dios está en el origen de la familia humana». De esta afirmación surgen todas las consecuencias que se desarrollan tanto en el Documento («el creyente está llamado a expresar esta fraternidad humana, protegiendo la creación y todo el universo y ayudando a todas las personas, especialmente las más necesitadas y pobres») como en el discurso del Papa, que continúa citando a Benedicto xvi cuando habla de la fraternidad como la «vocación contenida en el plan creador de Dios» y condición que «nos dice que todos tenemos la misma dignidad y que nadie puede ser amo o esclavo de los demás».

La voluntad conjunta de musulmanes y católicos de Oriente y Occidente está orientada a «asumir la cultura del diálogo como camino; la colaboración común como conducta; el conocimiento recíproco como método y criterio». Estas intenciones sirven positivamente para responder a la condición actual marcada por el «deterioro de la ética, que condiciona la acción internacional, y un debilitamiento de los valores espirituales y del sentido de responsabilidad». Todo eso contribuye a que se difunda una sensación general de frustración, de soledad y de desesperación, llevando a muchos a caer o en la vorágine del extremismo ateo o agnóstico, o bien en el fundamentalismo religioso, en el extremismo o en el integrismo ciego, llevando así a otras personas a ceder a formas de dependencia y de autodestrucción individual y colectiva», todas señales de esa «tercera guerra mundial a trozos» de la que Francisco habla desde el inicio de su pontificado.

Una declaración que es, por tanto, un grito, lanzado en nombre de la paz y la justicia. Conmueve, en ese sentido, el pasaje en el que se subraya con fuerza «la injusticia y la falta de una distribución equitativa de los recursos naturales —de los que se beneficia solo una minoría de ricos, en detrimento de la mayoría de los pueblos de la tierra [...] Con respecto a las crisis que llevan a la muerte a millones de niños, reducidos ya a esqueletos humanos —a causa de la pobreza y del hambre—, reina un silencio internacional inaceptable». Paz, justicia, pero también vida y libertad: la vida en 360 grados de la persona, de las familias, de los pueblos; libertad, también a 360 grados: «La libertad es un derecho de toda persona: todos disfrutan de la libertad de credo, de pensamiento, de expresión y de acción […] Por esto se condena el hecho de que se obligue a la gente a adherir a una religión o cultura determinada, como también de que se imponga un estilo de civilización que los demás no aceptan». Es categórica la condena a cualquier instrumentalización de las religiones o desviación de las enseñanzas religiosas que, como tales, «no incitan nunca a la guerra y no instan a sentimientos de odio, hostilidad, extremismo, ni invitan a la violencia o al derramamiento de sangre [...] En efecto, Dios, el Omnipotente, no necesita ser defendido por nadie y no desea que su nombre sea usado para aterrorizar a la gente».

Occidente y Oriente deben dialogar y, por lo tanto, enriquecerse mutuamente, y es particularmente significativa la referencia a la condición femenina, por la que hay que reconocer a las mujeres derechos a la educación, al trabajo y al ejercicio de los derechos políticos, liberándolas «de presiones históricas y sociales contrarias a los principios de la propia fe y dignidad».

Hoy en Abu Dabi, la paz se vuelve «operativa» y esto significa contagiosa y exigente: el Documento se cierra con la exhortación de que su texto «sea objeto de investigación y reflexión en todas las escuelas, universidades e institutos de educación y formación, para que se ayude a crear nuevas generaciones que traigan el bien y la paz, y defiendan en todas partes los derechos de los oprimidos y de los últimos», para lo cual, todos los hombres de buena voluntad. ¡pongámonos a trabajar!

Andrea Monda

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26 de Abril de 2019

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