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¿Hasta dónde puede llegar la mirada de una religiosa?

· Los infinitos rostros de la maternidad espiritual ·

Nosotras, las religiosas, nos encontramos a menudo sumergidas en las situaciones más dramáticas, en las que estamos llamadas a dar vida, la del cuerpo o la del alma. No es un oficio ni una profesión, sino más bien una actitud mística que forma parte del misterio de Dios, que tiene colaboradores y colaboradoras para dar vida en abundancia.

Entre muchas experiencias, una de las más significativas es la historia de la pequeña María, de la misión de Dubbo, en Etiopía. Eran los primeros momentos de la misión. Las religiosas se estaban organizando, limpiaban, visitaban las casas de los alrededores. Fue precisamente durante ese período cuando sor Francisca vio a una niña sola, que vagaba cerca de la misión. La niña estaba desnutrida, sucia, maltrecha y enferma. La llevaron al hospital. Los médicos dijeron que moriría, pero las religiosas tenían esperanza. Poco después, gracias al cuidado y al amor de las religiosas, la niña se recuperó, se curó.

La llamaron María. Sabían que era huérfana, pero no podían tenerla. La acogió una familia del lugar, católica y apoyada por la misión. Después de algunas semanas, la familia avisó a las religiosas que la niña estaba enferma. Fueron a visitarla. No estaba grave, sino desnutrida, mal cuidada, en condiciones higiénicas terribles. Se la llevaron, y la niña se restableció. Era una niña fuerte, crecía bien. La acogió otra familia, con la que se encontraba a gusto. Frecuentaba la escuela y se iba transformando en una hermosa muchacha. Pero un día María desapareció, no se supo nada de ella.

Pasaron diez años. La misión ya era más grande, con varias obras: la escuela, el hospital, el orfanato, el huerto, la granja. Un día se presentó una joven mujer, mal vestida, desnutrida, con una niña en brazos en mal estado físico. Unas horas más tarde, las religiosas la reconocieron: era María. La acogieron amorosamente y, junto con ella, a su hija, a la que alimentaron y cuidaron. Pasaron algunos meses. Encontraron un trabajo para María, y todo hacía suponer que se convertiría en parte integrante de la misión. Al contrario, un día María desapareció de nuevo, abandonando a su hija. La buscaron, pero en vano. La pequeña creció bien y su futuro parece ser bueno: la adoptará una óptima familia italiana.

Quizá sea menos conocida una forma de espiritualidad que las religiosas ejercen con jóvenes mujeres. Entre estas, muchas llaman a la puerta del convento expresando el deseo de convertirse en religiosas. Son mujeres de todas las clases sociales, de todos los niveles culturales, de todas las etnias y, a menudo, carecen de una verdadera formación humana y espiritual. Se las acoge y se las ayuda a convertirse en mujeres, con dignidad, con autonomía, con cultura humana, cristiana y profesional. Mujeres capaces de tener un pensamiento propio, capaces de conocerse a sí mismas y hacer elecciones libres. En ellas se invierte mucho tiempo, energía, esfuerzo; se depositan muchas esperanzas. Pero de estas personas, solo un número reducido llega a la vida religiosa. Especialmente en los países más pobres, cuando vuelven a sus familias o a su ambiente, están preparadas para la vida como muy pocas otras mujeres. En efecto, pocas personas pueden tener una formación tan completa, querida por la Iglesia, y tan necesaria para afrontar una vida de sacrificios, como es la vida religiosa, pero que también sirve para afrontar cualquier tipo de vida.

A nuestra residencia de ancianos llevaron un día a una señora muy anciana, en muy malas condiciones. Su hijo ya no sabía qué hacer con ella, y la llevó para que terminara sus días allí. La señora no hablaba, no comía, estaba siempre en la cama. Según nuestro equipo médico, no estaba tan grave como para justificar su apatía. Las religiosas y las enfermeras se dedicaron a ella: le hablaban, la levantaban y le mostraban el jardín florecido, la llevaban a rezar a la capilla y a pasear al jardín. Al final, la señora volvió a comer. Unas semanas más tarde, ya caminaba ayudándose con un bastón, sonreía y hablaba.

Cuando su hijo volvió a verla, se sorprendió mucho, y dijo unas palabras muy feas: “Pero entonces no fue conveniente en absoluto traerla aquí”. No sé qué le respondió la religiosa, pero esta experiencia es muy común en las residencias de ancianos. Las señoras que se alojan en nuestras residencias sufren de una terrible soledad, experimentan el abandono de sus propias familias, que las consideran un peso.

Si se trata de religiosas ancianas, parecerían que ya no necesitan dirección espiritual. Ni siquiera los buenos sacerdotes notan la necesidad de “perder tiempo” con ellas. En una de nuestras casas para religiosas ancianas, le pregunté a una de ella cómo estaba, y me respondió: “Desde que está la madre Camila, nos sentimos mejor. Nos visita todas las semanas y nos da una buena dirección espiritual. Créame: ahora estamos mejor, y yo la necesitaba mucho”. La madre Camila había sido una óptima misionera, y ahora también ella vivía en la residencia de ancianos, en la que había encontrado una nueva tarea o, mejor dicho, proseguía el papel que había desempeñado durante toda su vida, el de ser “madre” que ayuda a crecer en la fe y en la esperanza.

Recuerdo a sor Leocadia. Asistía a las niñas huérfanas en la misma casa donde estaba yo. Algunas niñas tenían parientes cercanos o lejanos, que los sábados iban a verlas. Una de esas niñas, Cesarina, era originaria de Calabria. Su papá, que era viudo y tenía otros hijos más grandes, había perdido su casa a causa de un aluvión. Y a Cesarina, junto con otras niñas, la mandaron al norte, a nuestra casa. Esta niña no tenía a nadie que fuera a visitarla los sábados, aunque había una señora buena que a veces le llevaba regalos. Pero no era su papá. Los sábados por la noche las niñas mostraban los regalos que habían recibido. A sor Leocadia se le ocurrió una idea: todos los sábados preparaba un hermoso paquete con vestidos, ropa interior, caramelos, como si hubiera llegado por correo, y se lo daba a la niña. “Aquí llegó algo –le decía– para ti”.

Lo que a menudo me sorprende de la vida misionera es ver cómo las religiosas protegen a los niños. En 1937, durante la guerra chino-japonesa, en Kashing, donde se encontraba nuestra misión, hubo una gran destrucción. El orfanato fue bombardeado, y la religiosa, que se hallaba con los más pequeños en el sótano, los hizo tenderse en el suelo y se puso encima de ellos para cubrirlos con su cuerpo y con su hábito, con la esperanza de salvarlos. Cuando lograron sacar los escombros, la encontraron así, tendida en el suelo con los brazos abiertos, muerta con los niños. Había muerto como verdadera “madre”. Sin embargo, el sentido materno de protección se ejerce de modo extraordinario en la relación con los emigrantes, personas que viven “suspendidas”, siempre en espera de alguien o de algo.

En Chicago miles de emigrantes no podían acceder al hospital, porque era arriesgado para quienes no tenían los papeles en regla. Entonces, las religiosas inventaron un sistema de dispensarios en los barrios, que llamaron out station. Eran pequeños centros de asistencia en las zonas de los emigrantes, gestionados por médicos y enfermeras que, en la medida de lo posible, eran del mismo grupo étnico.

Eran lugares muy bien mantenidos, aunque vistos desde fuera parecían casitas semiclandestinas. Se necesitaba valentía para hacer estas cosas. Fue el único modo de salvar la vida de centenares de personas en espera del permiso de residencia.

El drama se repite hoy en México, en la frontera con Estados Unidos. Allí las religiosas deben acoger a personas destruidas por el viaje, curar las llagas de sus pies, esconderlos y ponerlos en guardia, porque a menudo no saben que el desierto está sembrado de cruces.

Sor Xo acaba de cumplir 30 años. Es de estatura pequeña. Está allí porque debe vivir esa experiencia durante su formación, antes de emitir los votos definitivos. Después de un buen desayuno, el baño y el descanso, hay un momento de encuentro personal para recoger datos. Así, se halla ante un hombre algo robusto, alto, todavía muy sucio, de rostro triste. El hombre no tiene ganas de hablar. No se fía, porque todas las veces que lo hizo, lo engañaron. Pero luego sí lo hace, y comienza a contarle sus peripecias a la joven religiosa: todo lo que había conseguido vendiendo su casa, lo había perdido. Debió dejar a su familia y cayó en la red de los traficantes, que le prometieron hacerlo entrar en Estados Unidos a condición de que llevara una mochila llena de droga para ellos. No aceptó, pero lo obligaron. Cuando vio que su esperanza se frustraba, se negó a continuar. Por eso lo echaron y lo amenazaron.

En un momento del relato, el hombre rompe a llorar desesperadamente. Sor Xo concluye así: “La pregunta que oí dentro de mí como persona consagrada fue: ‘¿Qué puedo hacer?’. ¿Qué podía hacer escuchando a ese hombre que, destruido por su desgracia, me contaba su dolor, su angustia, su desesperación y sus dudas sobre cómo habría podido afrontar esa situación? Es difícil dar respuestas a quien ha perdido todo. ¿Qué se puede hacer en un lugar donde no se sabe a quién recurrir y no se tiene absolutamente nada para ir adelante, solo el ofrecimiento vil de una mochila cargada de droga para tener una mínima posibilidad de pasar la frontera? A veces nos queda solo el Amor. En aquel momento sentí un fuerte impulso de abrazarlo, y lo abracé; él apoyó la cabeza en mi hombro y, entre sollozos, también me abrazó. Sus lágrimas me caían encima. Oía cómo latía su corazón. No era posible decir palabra alguna. Pero oí un susurro: ‘Él está aquí’. Después, una sonrisa, un adiós, y mis palabras casi silenciosas: ‘Rezaré por usted’”.

No se puede explicar hasta dónde puede llegar una mujer que sabe ver el sufrimiento de los demás. Recuerdo la experiencia de sor Loretta en el Hospice de Nueva York. Muchas de las personas acogidas en aquel centro eran jóvenes enfermos de sida.

En gran parte, esos jóvenes atravesaban solos la oscuridad de su enfermedad terminal, y también morían solos. Sor Loretta hablaba con ellos, trataba de acercarlos a sus familiares, que los habían abandonado desde hacía muchos años, y los escuchaba. También ellos tenían muchas cosas en el corazón que debían comprender, muchas heridas que debían sanar. El encuentro con Dios no era fácil, pero cuando llegaba el momento final, sor Loretta les daba a entender que Dios los esperaba para abrazarlos e introducirlos en una vida diferente: la vida verdadera. Esto no lo decía con palabras, sino que, viendo la soledad del enfermo, lo abrazaba con fuerza y amor, susurrándole palabras de afecto y esperanza, de perdón y reconciliación. A menudo se daba cuenta de que el joven estaba sereno y moría sereno.

Sor Loretta escribió un libro sobre esta experiencia, y fue invitada por una universidad de Nueva York a hablar de él. Al final de la presentación, en medio de un silencio impresionante en el aula magna repleta de alumnos, el moderador preguntó si alguien quería hacer alguna pregunta. El silencio era absoluto. De repente, un joven se levantó y dijo: “No tengo ninguna pregunta que hacer, pero quiero decir una cosa: si tuviera que morir por cualquier motivo, querría que a mi lado hubiera alguien como sor Loretta, alguien que me abrazara con fuerza, como hace ella con sus muchachos”. En verdad, creo que la maternidad espiritual no se puede describir, sino solo experimentar.

Por Maria Barbagallo

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24 de Marzo de 2019

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