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​Hacia el mar sin horizonte

· La vida eterna en la visión cristiana ·

¿Qué esperanza sería aquella válida solamente para esta vida terrena y cuya única fuerza consistiría en última instancia en acercanos al final cierto de nuestra vida en la tumba? Entonces, ciertamente seremos, como dice Pablo, «los más dignos de compasión de todos los hombres» (1Cor, 15,19). Sin embargo, la esperanza cristiana digna de este nombre tiene una mayor amplitud. Esta se presenta también, y especialmente, después de la muerte. En efecto, el verdadero amor desea la eternidad, como destacó de manera pertinente el poeta francés Gabriel Marcel: «amar verdaderamente a alguien significa decirle que no morirá». La verdadera esperanza da prueba de sí con el hecho de que asociamos a los muertos con la vida eterna.

Más aún, el amor infinito de Dios quiere la eternidad para cada hombre. En esto consiste la gran esperanza de la fe cristiana, como expresó el Papa Benedicto XVI con palabras muy hermosas en la Spe salvi, refiriéndose a lo que decía Josefina Bakhita: «yo soy definitivamente amada, suceda lo que suceda; este gran Amor me espera» (n.3).

La escatología cristiana promete al hombre el futuro, si el hombre vive en esa grande esperanza que puede ser solamente Dios, el cual es el único que puede donarnos lo que no podemos obtener por nosotros solos, es decir, la vida eterna. La dinámica de esta esperanza en la vida del hombre ha sido descrita por el piloto y el escritor francés Antoine de Saint-Exupéry: «Si quieres construir una barca, no reúnas hombres para cortar la leña, repartir las tareas e impartir órdenes. Sino más bien deja en ellos el deseo del mar vasto e infinito». Si traspasamos esta máxima a la fe cristiana y a su anuncio, podemos desarrollarla del modo siguiente: es más importante despertar en el hombre de hoy el deseo del amplio océano de la vida eterna que organizar la vida presente.

Se malinterpretaría la máxima de Saint-Exupéry si se le entendiera como una invitación a la evasión del mundo y una promesa ilusoria del más allá, según lo que le reprochaba al cristianismo Ludwig Feuerbach y Karl Marx. Se debe llegar, por lo tanto, a la otra parte de la máxima de Saint-Exupéry: en cuanto que, en el querer construir la barca, es mejor despertar en el hombre el deseo del mar vasto e infinito, más que cortar la leña, repartir las tareas o impartir órdenes; en cuanto el deseo del mar vasto e infinito se dé, los hombres se pondrán inmediatamente a trabajar y construirán la barca como estaba previsto.

Análogamente, la esperanza cristiana en la vida eterna no ofusca en lo más mínimo la mirada dirigida a la vida presente, terrena, sino que muestra de modo particular la importancia de la fe cristiana en la vida de los hombres. Dado que, según la promesa de la fe cristiana, es la vida presente la que será glorificada en el futuro por Dios, la esperanza en la vida después de la muerte vuelve a llamar la atención del cristiano hacia la vida presente antes de la muerte. La mirada confiada que va más allá de los confines de la muerte hacia la realización de la vida en el más allá no puede, por lo tanto, desviar nunca la mirada de las tareas del presente; sobre todo, ello lo induce a afrontar estas tareas de manera decidida y a comprometerse en favor de la vida de los demás hombres y de toda la creación.

Esta consecuencia lógica de la fe ha encontrado confirmación en diversos modos en la historia del cristianismo. Baste recordar el ejemplo elocuente de las comunidades monásticas y religiosas que, por deseo de la vida eterna como su patria, han dejado su patria terrena para buscar y testimoniar a Cristo como extranjeros en tierras extranjeras, entrando así a formar parte de los principales difusores de civilización y de cultura en el panorama europeo.

Del mismo modo, nosotros cristianos nos encontramos hoy ante el desafío de mantener en un sano equilibrio lo que no puede dividirse, preservando las justas prioridades, como observó, de manera pertinente Christoph Schönborn (Existenz im Übergang. Pilgerschaft, Reinkarnation, Vergöttlichung, Einsiedeln 1987, p. 94): «La verdadera “responsabilidad para el presente” crece solamente sobre la base de una auténtica “esperanza en el más allá”. Pero también vale el contrario: la responsabilidad por la vida eterna da, aún más un gozo verdadero a esta vida: de la “responsabilidad por el más allá” crece la verdadera “esperanza en el presente”».

De Kurt Koch

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19 de Septiembre de 2019

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