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Guiado por ellas

· El periodista francés habla del meollo de su vida espiritual ·

“Debo mucho a las mujeres por lo que concierne a mi vida espiritual”. No era la primera vez que lo decía, pero ese día mi interlocutora me pidió que hablara más, por eso lo hago ahora.

Jean Guitton, “Femme” (1961)

Lo dije seguro de mi intuición. Pero al reflexionar sobre ello, me sorprendo un poco. Muchos hombres fueron un punto de referencia importante en mi itinerario espiritual: sacerdotes, religiosos y laicos extraordinarios contaron mucho en mi vida cristiana, algo larga, visto que tengo casi 60 años. Fueron para mí como hermanos, algunas veces más grandes. En efecto, se trata sobre todo de hombres que me transmitieron una formación bíblica, teológica y espiritual. Esto se explica simplemente porque viví doce años en una pequeña fraternidad de tipo monástico, siguiendo cursos de teología en institutos universitarios. Por tanto, en aquel período no tuve muchas oportunidades de conocer a formadoras. En mi caso, sacerdotes y también laicos excepcionales (Jean Vanier e Jean-Paul Légasee) fueron guías espirituales generosos. En especial, en los momentos difíciles de mi itinerario.

Antes de proseguir mi relato sobre lo que me han dado las mujeres en mi vida de fe, tengo que decir lo que les debo simplemente en la vida. De hecho, una cosa está relacionada con la otra.

Para alcanzar la madurez, cada uno debe situarse en la alteridad radical de la diferencia de los sexos. Adolescente en los años posteriores a la década del 68, me sentía indeciso entre las sugerencias de una sociedad que me impulsaba a “gozar sin freno” y mis convicciones de joven cristiano que creía que la sexualidad estaba al servicio del amor. Crecí con cierto miedo a mi sexualidad. Después, varios años de psicoanálisis con una terapeuta me ayudaron a liberarme de ese miedo y a vivir mejor.

Más concretamente, aprecié a menudo, como cualidad femenina, un enfoque de la vida orientado inmediatamente a la relación, con una característica de realismo práctico –las mujeres olvidan menos que los hombres la realidad del cuerpo– y una exigencia particular en cuanto a la palabra. Asocio de buen grado a mi madre y a mi mujer en su amor contagioso por la vida. Aprecio el hecho de trabajar en un ámbito profesional en el que los hombres y las mujeres comparten tareas y responsabilidades, no solo según su sexo sino también su competencia y sus dones personales: es un bien para todos.

Hablemos ahora de la vida de fe. En los evangelios, las mujeres son las primeras que anuncian la buena nueva a los mismos Apóstoles. Su apego a Jesús es real, mientras que el de los Apóstoles es, ante todo, verbal. Están en el lugar justo, en el momento justo. Como la mayor parte de los niños, yo también recibí de mi madre, y después de otras mujeres, de catequistas, los rudimentos de la fe en Cristo. Después, tratando de vivir mi fe con los demás, estuve en un contexto predominantemente femenino.

Las mujeres tienen una exigencia espiritual espontáneamente más viva que la de los hombres. Algunos verán en esto el simple reflejo de una atribución pasada de moda de un papel social según los géneros masculino y femenino. A los hombres, la vida pública, la visibilidad, la representación en la institución eclesial; a las mujeres, el espacio de la casa, el cuidado de los niños y su educación básica. Pero este análisis no agota el tema de cierta asimetría entre lo masculino y lo femenino. “La acogida de la palabra que una vida y un cuerpo de mujer pueden representar es fantástica”, afirma maravillado el psicoanalista jesuita Denis Vasse. Y yo concuerdo con él.

Cuando reflexiono sobre lo que debo a las mujeres en mi vida espiritual, pienso en el diálogo espiritual que tengo con algunas amigas, diálogo retomado con frecuencia, aunque no nos veamos seguido. Y pienso, sobre todo, en los escritos de mujeres que no conocí. Por mi formación, y luego por mi profesión de periodista en un periódico de espiritualidad (Panorama, del grupo Bayard), durante aproximadamente doce años leí muchas obras de la tradición espiritual antigua y contemporánea.

Pues bien, los textos que dejaron una huella más profunda en mí, que leí y releí, son de tres mujeres: Teresa de Lisieux (1873-1897), Madeleine Delbrêl (1904-1964) y Etty Hillesum (1914-1943). Cuando digo “huella”, quiero decir que esas lecturas me ayudaron a vivir. Me sentí en comunión con Teresa, Madeleine y Etty, a pesar de los años que nos separan. Teresa era una monja de clausura, Madeleine una convertida que vivió trabajando como asistenta social en Ivry-sur-Sien, un suburbio comunista. Por lo que respecta a Etty, joven judía agnóstica holandesa, pasó de al menos tres años de una vida más bien disoluta a una relación intensa con Dios, en plena persecución nazi. Estos tres itinerarios, tan diferentes entre sí, hablan del mismo misterio de Dios, del estremecedor amor de Dios acogido en su vida. Vivieron del modo más cercano posible a lo que decían, dedicadas al amor que descubrían, maravillosas en su fidelidad cuando la prueba las arrojaba a la oscuridad.

También hay hombres santos, con cualidades semejantes, cuyo recuerdo guardo entrañablemente. Pero las mujeres hablan como mujeres. Cuando viven radicalmente su relación con Dios, parecen como enamoradas, de manera más espontánea que los hombres. Pienso que esto es precisamente lo más valioso que me ofrecen. “Todo ser humano, ya sea mujer, ya sea hombre, está llamado a cierta virilidad respecto a su naturaleza, pero a cierta feminidad en su relación con Dios y con el prójimo”, no tuvo miedo de escribir el teólogo ortodoxo francés Olivier Clément.

Las mujeres encarnan la dimensión nupcial de la vida bautismal, que se refiere tanto a los hombres como a las mismas mujeres. Hablan del Esposo y son espontáneamente imagen de la Iglesia.

Christophe Chaland

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17 de Febrero de 2020

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