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Grandes preguntas olvidadas

La película de Scorsese está suscitando amplios debates, dentro y fuera del mundo católico, precisamente por motivo de la riqueza de los temas que afronta. Se refiere al Japón del S XVII, pero también a hoy, tiempo de persecución de los cristianos por su fe, y propone una serie de preguntas a las cuales no estábamos acostumbrados a responder.

La primera, seguramente, es la crucial: ¿tiene sentido morir por Dios? Hoy y ayer esta pregunta sacude lo más profundo el sentido de la fe, y el valor que damos a la vida, la cobardía y el valor , la esperanza y la desesperación . La respuesta de los campesinos japoneses sugiere que es más fácil tener el valor de morir –si sabemos que vamos al paraíso donde estaremos mucho mejor que en el mundo en el que vivimos– para quien en este mundo vive en situaciones de opresión y de fatiga extrema.

Esta pregunta abre otra: existe todavía algo por lo cual se está dispuesto a morir en nuestras sociedades? En realidad, pensamos que ya no haya nada por lo que valga la pena dar la vida, es más, ya ni siquiera osamos plantearnos la pregunta.

Pero esta no es la única sacudida que la película procura a la conciencia del espectáculo: otras son las cuestiones graves que plantea la película. Una es referida a las posibilidades de inculturación de la fe cristiana: ¿los campesinos japoneses que sufren bajo las terribles persecuciones son verdaderamente cristianos o han construido una religión sincrética, en la cual sí creen ciegamente, pero que al final poco tiene que ver con la tradición cristiana? No lo sabremos nunca, pero la pregunta se cierne sobre toda la historia, poniendo en crisis el proyecto de evangelización de los jesuitas desde los cimientos .

La respuesta de Ferreira a esta pregunta es negativa: los cristianos japoneses no son verdaderos cristianos, toda la obra de conversión en la que muchos se esforzaron hasta perder la vida fue un fracaso. Y en esto encuentra la justificación de su apostasía. Pero en la raíz de la apostasía de los dos jesuitas hay otra religión: el sufrimiento que su rechazo acarreaba a unos campesinos inermes. Un cristiano es dueño de donar su vida, pero no la de otro. Y es a través de este intercambio de destino que los japoneses consiguen provocar la rendición de los dos misioneros. Pero aceptar renegar el cristianismo para salvar a otros de terribles torturas, para los verdaderos creyentes significa perder la propia alma: tiene algún sentido condenarse el alma por los demás? ¿No es este quizás el supremo sacrificio que Cristo requiere a los dos jesuitas? La cuestión en un cierto sentido permanece abierta, pero de la fidelidad de Rodrigues a Jesús da testimonio el pequeño crucifijo que la mujer japonesa le pone en su mano después de su muerte. Una sepultura budista, pero en la mano la ofrenda para el paraíso cristiano...

El tema de la traición y del perdón subyace en todos los episodios, representado por el japonés cobarde y traidor que no obstante, con su insistente petición de perdón, vuelve a llevar al jesuita Rodrigues al papel sacerdotal, y que al final tendrá una muerte de mártir.

Pero la cuestión que ha intrigado más a los comentaristas laicos –en primer lugar al filósofo Roberto Esposito– es el silencio de Dios, del cual toma el nombre la novela y luego la película. El silencio de Dios que ha estado en el centro de las reflexiones y de la experiencia de místicos y filósofos, y se ha planteado como cuestión dramáticamente actual después de la tragedia de la Shoah.

Una respuesta posible, sugerida por el filósofo, es que esta eclipse de Dios en el momento más dramático dejaría al hombre libre de decidir, y por consiguiente también de descubrir que no tienen ningún valor las diferencias religiosas, entonces no sería un pecado la apostasía. Esta interpretación me deja muy perpleja: en la película de Scorsese la continua referencia a la pasión de Cristo –del Getsemani al grito de Jesús en la cruz– sugieren sin embargo que la vía de la apostasía para salvar a los demás es una vía de amor parecida a la del crucifijo.

La complejidad de la cuestión, o mejor dicho de las cuestiones, que la película propone constituyen el centro de su interés y desarrollan sin duda una función de despertar las conciencias aletargadas. De ahí la razón principal del interés y del debate que está suscitando.

Lucetta Scaraffia

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26 de Febrero de 2018

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