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Gabriela y las hostias de la cárcel

· La eucaristía del Papa Francesco en Santa Marta ·

Las hostias constituyen la materia más valiosa que se usa en el rito litúrgico, porque se transforman –en la consagración– en el Cuerpo de Cristo. Precisamente por eso ha sido siempre una tradición que las prepararan las manos más puras, las de las vírgenes consagradas a Dios: las religiosas de clausura. Y con un proceso antiguo, ciertamente no industrial.  Precisamente por no ser mera materia, sino materia que se dispone a transformarse en la transustanciación, las hostias puede tener una influencia positiva en quienes las preparan.

Justamente eso deben haber pensando las religiosas benedictinas de San Isidro, suburbio de Buenos Aires, en cuyas cercanías hay un penitenciario. Las religiosas decidieron compartir el honor de la preparación de las hostias con las mujeres detenidas en él.

En dicha preparación –que comprende un ciclo completo desde la molienda del grano hasta la hostia terminada– se distinguió una detenida de la Unidad 47 del Penitenciario de Buenos Aires, que desde hace un año elabora hostias de óptima calidad. La idea de hacer participar a las detenidas en la preparación de las hostias fue acogida y apoyada por el capellán de la cárcel, Jorge García Cueva, y por el presbítero Juan Ignacio Pandolfini, quienes notaron cómo, desde que comenzó la preparación de las hostias, la detenida Gaby C. «logró dar un sentido a su vida en la cárcel, hasta tal punto que superó sus fases de depresión.

La producción de ese taller sirve para abastecer a diversas parroquias y colegios de la diócesis, y la demanda aumenta en momentos especiales del año, como Semana Santa, Corpus Christi y Navidad. Pero no solo eso: hace algunos meses las hostias –precisamente las mejores, preparadas por la detenida Gaby C.–, llegaron a las manos del    Papa, que desde el 10 de julio celebra con ellas su misa diaria en la capilla de Santa Marta.

Pocos días después de haber recibido el regalo de las hostias, Francisco le escribió una carta a la detenida: «Querida Gabriela: monseñor Ojea me ha traído su carta. Le agradezco la confianza… y las hostias. A partir de mañana celebraré la misa con ellas, y le aseguro que esto me emociona. Su relato me ha hecho pensar y me ha impulsado a rezar por usted… Me da alegría y seguridad que usted rece por mí. La tendré presente. Gracias una vez más por haberme escrito y mandado las fotos. Las tendré a la vista en mi escritorio. Que Jesús la bendiga y la Virgen Santísima la proteja. Cordialmente, Francisco».

La alegría y la emoción que suscitó esta carta en el equipo de pastoral carcelaria y, sobre todo, en Gaby, fueron indecibles. La mujer sintió que se sanaban las heridas causadas por la cárcel –molestias, maltrato, en una palabra, actitudes de un régimen que desvaloriza a la persona–, y comentó que las palabras del Papa «me consuelan, no solo a mí, sino también a mis padres, que son muy creyentes».

El éxito de la elección de insertar a las detenidas en el proceso de preparación de las hostias hizo reflexionar a los miembros de la pastoral carcelaria, permitiéndoles hacer un balance de su trabajo. Hay muchas Gaby –confirman los responsables de la pastoral carcelaria–, y «hoy ella es el símbolo de los detenidos, es la voz de todos los excluidos a los que acompañamos y visitamos en cada pabellón, en cada celda. No tenemos dudas de que es la voz de Jesús encarcelado en cada uno de ellos la que grita a la sociedad para que lo escuchen, lo acompañen y reconozcan. La cárcel nos trae la misericordia de Dios para hacer oír esta voz de los olvidados y marginados, a quienes rechazamos ver y escuchar en nuestra sociedad».

Lucetta Scaraffia

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17 de Febrero de 2020

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