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Frente a las tentaciones

· Misa en Santa Marta ·

Hay un enemigo «seductor» que se aprovecha «de nuestra curiosidad y nuestra vanidad» prometiendo «regalos bien envueltos» en un bonito «paquete, sin dejarnos ver qué hay dentro»; que es como «un perro rabioso y encadenado» al que no acercarse —porque de otra manera «te muerde, te destruye»— y con el que no hay que dialogar nunca, al contrario, combatir con las armas de la oración, de la penitencia y del ayuno. La reflexión del Papa Francisco durante la misa celebrada en Santa Marta el martes por la mañana, 8 de mayo, estuvo completamente centrada en la lucha espiritual contra el diablo.

Haciendo referencia al pasaje final del Evangelio de día (Juan 16, 5 -11), el Pontífice comenzó la homilía explicando cómo el Señor dice «que será el Espíritu Santo quien nos haga entender que el príncipe de este mundo ya está condenado». Como consecuencia «nosotros debemos pedir al Espíritu Santo la gracia de entender bien esto» y esto es que «el demonio es un derrotado». Cierto, el Papa advirtió enseguida que «no está muerto, está vivo»; al máximo «podemos decir que es un moribundo», pero es también «un derrotado». Por este motivo «no puede prometer nada, no puede darnos la esperanza de construir algo. No, es un derrotado».

Sin embargo, aunque «nosotros sabemos que está derrotado», advirtió Francisco, «en la vida no es fácil interiorizar este concepto, llevarlo a nuestra convicción». Y el porqué es fácil de comprender: «antes de todo porque el diablo es un seductor y nos gusta ser seducidos. A nosotros —subrayó el Papa con énfasis— nos gusta. Y él sabe cómo acercarse; sabe qué palabras decirnos. Despierta nuestra curiosidad, porque todos somos curiosos, y nuestra vanidad: “¿Pero qué dice este?”». En resumen, lo «que le sucedió a Eva, nos sucede también en nosotros. A nosotros: “¡Probad esto! No es como vosotros pensáis, no...”. Es la seducción». Además, prosiguió el Pontífice, «a nuestra vanidad le gusta que piensen en nosotros, que nos hagan propuestas... Y él tiene esta capacidad; esta capacidad de seducir». Por tal motivo «es tan difícil entender» que se trata de «un derrotado; porque él se presenta con gran poder: te promete cosas, te lleva regalos —bonitos, bien envueltos— “¡Oh, que bonito!” —pero tú no sabes qué hay dentro— “Pero, el papel de afuera es bonito”. Nos seduce con el paquete sin hacernos ver qué hay dentro. Sabe presentar a nuestra vanidad, a nuestra curiosidad, sus propuestas». De hecho, añadió el Papa con una imagen evocadora, «va a morir, pero como el dragón, como el cocodrilo —que cuando va a morir los cazadores dicen: “No te acerques al cocodrilo, porque con un golpe de la cola te puede mandar al otro mundo— es peligrosísimo». Y «es un seductor. Se presenta con todo el poder. Y nosotros, tontos, creemos».

Insistiendo sobre lo peligroso que es el diablo, Francisco se detuvo sobre el hecho de que «sabe hablar bien. Habla muy bien». No solo: «sabe también tocar, sabe cantar; incluso el Aleluya pascual es capaz de cantar, para engañar. Es el gran mentiroso, el padre de la mentira». Por otro lado «sus propuestas son todas mentiras, todas». Pero lamentablemente «presenta las mentiras y nosotros creemos. Es un derrotado, pero se mueve como vencedor». Hasta el punto que «es también capaz de darnos luz, ¡ilumina! Pero la luz del diablo es deslumbrante, como los fuegos artificiales, y no es duradera. Un instante, después desaparece». Sin embargo «la luz del Señor es tenue, pero permanente». Por lo que, recapitulando, Francisco recordó que el diablo «nos engaña, nos seduce, sabe tocar nuestra vanidad, la curiosidad y nosotros compramos todo, compramos todo. Y ahí, caemos en la tentación. Si fuera la tentación de un gran guerrero, al menos ha luchado». Pero, dijo el Papa sin medias tintas, «es la tentación presentada por un cobarde —porque es cobarde— por un mentiroso, por un seductor». En resumen, es «un derrotado peligroso».

«Estad atentos» advirtió el Pontífice, reiterando que «debemos estar atentos al diablo. “¿Qué debo hacer, padre?”. Siempre viene esta pregunta: “Padre, ¿qué hago ante este diablo derrotado, pero astuto, mentiroso, seductor que quiere tomarme para sí? ¿Qué debo hacer?”». Francisco respondió recordando que «Jesús nos dice, lo dice a los apóstoles, qué hacer: vigilar y rezar. “Vigilad y rezad”: primera cosa. Y cuando rezamos el Padre Nuestro pedimos la gracia de no caer en tentación, que nos proteja para no resbalar en la tentación». Por tanto la primera arma es la «oración». Pero, añadió, «cuando la seducción es fuerte —nosotros nos damos cuenta, pero él trata de iluminarnos con su luz artificial— penitencia, ayuno». Otras armas por tanto en el arsenal de los cristianos para esta lucha; de hecho «Jesús dice del diablo en estos momentos más fuertes: “A este se le vence con oración y ayuno”». El Señor es claro: «vigilad, rezad y después, por otra parte, dice: oración y ayuno. Solamente con esto».

Antes todavía, hay una ulterior sugerencia de Francisco. «otra cosa que debemos hacer es no acercarnos. Un padre de la Iglesia dice que “el diablo es un perro enfadado —o mejor rabioso— y encadenado”. Él está encadenado. ¿Pero no vas a hacerle una caricia? No vayas a hacerle una caricia porque te muerde, te destruye. Él allí, yo aquí». Por tanto «no acercarse», porque «si yo sé que si espiritualmente me acerco a ese pensamiento, si me acerco a esas ganas, se yo voy a esa parte o a la otra, me estoy acercando al perro enfadado y encadenado. Por favor, no lo hagas», recomendó Francisco describiendo las posibles consecuencias en un diálogo imaginario: «“Yo tengo una herida grande...” — “¿Quién te la ha hecho?” — “El perro” – “¿Pero estaba encadenado?” — “Eh, sí, yo fui a acariciarlo” — “Pero te lo has buscado”. Precisamente «así», observó Francisco: «no os acerquéis nunca» pensando que «está encadenado. Dejémoslo ahí encadenado».

Finalmente, la última advertencia del Papa: «otra cosa que debemos hacer: estar atentos y no dialogar con el diablo. Eva cayó por dialogar. Él vino: “Pero come, por qué...” — “No, pero si el Señor...”, Pobrecilla: se creyó una gran teóloga y cayó». Sin embargo «no dialogar», visto que «Jesús nos da el ejemplo. En el desierto, cuando el diablo lo lleva a la tentación —las tres tentaciones— ¿cómo responde Jesús»? Se preguntó el Papa. «Con las palabras de Dios —fue la respuesta decidida— con la palabra de la Biblia. Nunca con una palabra suya; no dialoga con él. Jesús expulsa a los demonios, les expulsa o responde con la palabra de Dios. Algunas veces, pregunta el nombre. No hace otro diálogo con ellos». En resumen «con el diablo no se dialoga, porque él nos vence, es más inteligente que nosotros. Es un ángel; es un ángel de luz. Y muchas veces se acerca a nosotros haciendo ver esta luz, pero ha perdido la luz, y se disfraza como ángel de luz, pero es un ángel de sombra, un ángel de muerte».

De aquí la invitación conclusiva a reflexionar sobre la actual «Palabra de Jesús» contada por el evangelista Juan: «El príncipe de este mundo ya está condenado». De hecho el demonio «es un condenado, es un derrotado, es un encadenado que va a morir»; pero, denunció el Pontífice, «es capaz de hacer masacres. Y nosotros debemos rezar, hacer penitencia, no acercarnos, no dialogar con él. Y al final, ir donde la madre, como los niños», ya que «cuando los niños tienen miedo, van donde la madre: “Mamá, mamá... ¡tengo miedo!”, cuando tienen pesadillas... van donde la madre». Y para el cristiano la madre es «la Virgen; ella nos custodia». Por eso «los padres de la Iglesia, sobre todo los místicos rusos, dicen —rezó Francisco— “en el tiempo de las turbaciones espirituales, refugiarse bajo el manto de la gran Madre de Dios”. Ir donde la Madre».

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20 de Octubre de 2018

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