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Fragilidad y fuerza de la vida religiosa

· Libro entrevista con el Papa ·

De cuatro horas de conversación con el Papa en una tarde de verano, Fernando Prado, un claretiano español, ha obtenido un pequeño libro entrevista que salió el 3 de diciembre. Sobre un tema muy próximo al entrevistado y al entrevistador, ambos religiosos: la vida consagrada. Poco más de cien páginas publicadas en diez idiomas: el español original (El poder de la vocación: la vida consagrada hoy. Publicado en España, Argentina, Estados Unidos) de hecho se ha traducido al inglés (con ediciones de Estados Unidos, India, Filipina), portugués (en Portugal y Brasil), francés , Alemán, polaco, esloveno, catalán y chino, mientras que la traducción italiana fue realizada por Edizioni Dehoniane Bologna (La forza della vocazione. La vita consacrata oggi, 118 páginas, 9.50 euros). Escrita en una prosa sobria y fluida, la entrevista afronta con realismo, pero también con esperanza, un tema difícil en el contexto contemporáneo como el de la vida religiosa femenina y masculina.

El jesuita Bergoglio conoce la fragilidad pero también la fuerza, dijo Prado respondiendo a una pregunta de Mateo González Alonso en «Vida Nueva». Estas dos dimensiones surgen, de hecho, en los tres capítulos en los que se articula la entrevista: recordar con gratitud el pasado, vivir el presente con pasión y abrirse al futuro con confianza son los títulos que los resumen. La conversación comienza con la renovación deseada por el concilio: un proceso que el Papa define como lento y fructífero pero también desordenado, al tiempo que subraya que cincuenta años son pocos para una reforma tan profunda. En este escenario de importantes cambios históricos aparece la progresiva universalización del catolicismo y la disminución de las vocaciones en las sociedades occidentales.

De su larga experiencia, Francisco extrae episodios y enseñanzas efectivas que le permiten una visión tan lúcida como exigente, como la presencia en la Iglesia y en la vida religiosa de las personas con tendencias homosexuales, una cuestión por la cual el Papa declara su preocupación o la infravaloración de la vida religiosa femenina. Pero los temas tratados son realmente muchos. Y les interesarán no solo los religiosos y los religiosos. (g.m.v.)

En Santa Marta
con una retahíla de preguntas

Hace tiempo que Francisco perdió el miedo a ser entrevistado. Fue Francesca Ambrogettiquien le abrió los ojos y le hizo convencerse de que sus palabras podían hacer más bien que su silencio.

Desde que llegó a la Sede de Pedro, Francisco ha concedido varias entrevistas. A decir verdad, si no tenemos en cuenta esos momentos en los que el Papa se somete «a cuerpo descubierto» a las preguntas que le formulan los periodistas en los vuelos de los viajes apostólicos, no han sido muchas. En esas circunstancias en que la respuesta espontánea se hace necesaria, Francisco asume un alto grado de vulnerabilidad. Este riesgo lo vive como parte de su labor como pastor. Por su parte, los periodistas lo agradecen, pues, en el fondo saben que es también una manera sincera de reconocerles su esfuerzo.

Francisco es consciente de que los medios amplifican sus palabras y, por tanto, entiende las preguntas de los periodistas y las entrevistas –dice él–, como «parte de la comunicación de mi ministerio». Las entrevistas tienen para Francisco un valor netamente pastoral y sabe que, más allá de la necesaria prudencia, para hacer el bien con su palabra es necesario correr el riesgo de abrirse a la confianza. Los encuentros con la prensa y las entrevistas son

para él una manera de insertarse en las conversaciones de los hombres, al estilo de Jesús con los discípulos de Emaús. En las entrevistas y conversaciones con el Papa aparece el diálogo de la Iglesia con los hombres de hoy. Mi relación con el papa Francisco viene a través del mundo editorial. Comenzó pocos meses después de que el Papa asumiera su «nueva diócesis», cuando fui a presentarle las ediciones españolas de algunos de sus libros publicados anteriormente en la Editorial Claretiana de Buenos Aires. Después vinieron otros encuentros y, a medida que la relación se fue estrechando, fue naciendo en mí la idea de pedirle una cita para entrevistarlo. Más que una entrevista, me imaginaba más bien una conversación en la que saliera a relucir su alma de consagrado. Su palabra sería útil para miles de personas que seguimos a Jesús de esta manera tan peculiar.

Con motivo de la celebración del Año de la Vida Consagrada, Francisco escribió una Carta a los consagrados que comenzaba diciendo: «Os escribo como Sucesor de Pedro, a quien el Señor Jesús confió la tarea de confirmar a sus hermanos en la fe, y me dirijo a vosotros como hermano vuestro, consagrado a Dios como vosotros». Esta era, precisamente, la intuición: que la entrevista sirviera para que aflorara esta dimensión del ministerio de Francisco como Sucesor de Pedro hablando a sus hermanos. Desde los años del Concilio Vaticano II, en que el decreto Perfectae caritatis marcó el inicio de un proceso abierto de actualización, «la vida consagrada, siguiendo las directrices del magisterio de la Iglesia, había recorrido

un camino fecundo de renovación». Este era el balance del camino postconciliar que hacía san Juan Pablo II pocos meses antes de su fallecimiento. Las congregaciones han querido caminar todos estos años postconciliares saliendo al paso de las nuevas urgencias: el diverso escenario mundial, los desafíos de la globalización, la interculturalidad de la propia vida consagrada, la necesidad de una correcta inculturación del carisma, la formación de las nuevas generaciones, la misión compartida, los procesos de

reestructuración… Seguramente, la vida consagrada no acertó siempre en el camino de la «adecuada adaptación a las condiciones cambiantes de los tiempos», tal y como había indicado el Concilio. Sin duda, muchos hermanos y hermanas podrían haber sido más flexibles ante los conflictos con algunos pastores favoreciendo la comunión.

Pero muchas veces sí acertó. Y, sin embargo, no faltaron quienes anunciaran «funerales colectivos», ni tampoco «profetas de calamidades», como sabiamente advirtiera Benedicto XVI. Así, a mediados del mes de mayo me aventuré y pedí al papa Francisco encontrarme con él. El planteamiento fue claro desde el principio: la entrevista sería, exclusivamente, para hablar de la vida consagrada. Le propuse que, a poder ser, el encuentro tuviera lugar durante el mes de agosto. Para mi grata sorpresa, el Papa me contestó en menos de cuarenta y ocho horas aceptando y proponiéndome una fecha y una hora

concreta.

Francisco no me pidió que le enviara las preguntas con anterioridad. Por ello, entendí que prefería que dialogáramos abiertamente, de tú a tú, mirándonos a los ojos. Sin duda, la conversación tendría así un carácter más vivo. A Francisco no le gustan las fórmulas rígidas, y por eso busca responder de un modo espontáneo e inteligible, más allá de toda lección o clase magistral. Esto le permite mantener ese tono pastoral, sencillo y llano que a él –y al público– tanto gusta.

Durante los meses previos a la entrevista, en la editorial buscamos, de aquí y de allá, todos los textos, discursos y alocuciones que Francisco había dirigido a la vida consagrada desde el comienzo de su Pontificado. Yo había seguido todo lo que él nos iba diciendo en diferentes ocasiones a los consagrados, pero necesitaba estudiar y releer esos textos para preparar bien el encuentro. Llegué a la casa de Santa Marta con una batería de preguntas que fui reformulando y adaptando al hilo de lo que iba saliendo en el diálogo. Al final, ha quedado esta conversación amable y fraterna, en la que aparece Francisco en esencia pura, con toda su profundidad, sin perder su espontaneidad y cercanía. Evidentemente, en una conversación de ese tipo salen muchas más cosas que las que he sido capaz de reflejar con las palabras. No es fácil transmitir al lector sus miradas, sus gestos o los énfasis que él hace con su voz en la conversación. No es fácil reflejar su agilidad mental, su ternura al valorar a las personas, o cómo te hace sentir cierta complicidad desde su cercanía. En Francisco se nos muestra una personalidad compleja, poliédrica, creíble y auténtica a la vez. En estas páginas, Francisco se muestra como hermano y compañero de camino, pero, sobre todo, como un padre lleno de sabiduría que, desde sus raíces carismáticas propias, invita a caminar, sin miedo, mirando al futuro. Espero que quien lea este libro pueda descubrir a lo largo de sus páginas lo que yo percibí: detrás de sus palabras, el que habla es Pedro que confirma a sus hermanos.

De Fernando Prado

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10 de Diciembre de 2018

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