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​Flor de invierno

· Lucinda M. Vardey habla de la venerable Benedicta Bianchi Porro ·

En Sirmione, a orillas del lago de Garda, en la iglesia de Santa Ana se expone la foto de una joven y elegante mujer sonriente, que lleva en las orejas aretes de moda en los años sesenta del siglo XX. Sus ojos no miran la máquina fotográfica, sino que parecen fijar algo que va más allá de la comprensión racional, o sea, la alegría del amor que se siente recorriendo la vía dolorosa bajo el peso de una cruz muy difícil.

Las complicaciones en el momento de su nacimiento ya indicaban un futuro doloroso. Preocupada por la vida de Benedicta, su madre le prometió al Señor que, si sobrevivía, la consagraría a su servicio. Benedicta nació en 1936, y a los tres meses de vida contrajo la poliomielitis, que le dejo una cojera permanente. Esta fue la primera de sus múltiples dolencias. Debiendo llevar un incómodo corsé ortopédico de metal, luchó contra la conmiseración, y escribió en su diario que lo único que pedía era ser “normal” como todos los demás. En lo que podría considerarse una profecía, añadió: “Quiero llegar a ser alguien importante”, describiendo también sus lágrimas y su melancolía.

Joven mujer siempre determinada a superar sus crecientes dificultades físicas, se inscribió en la Universidad de Milán para estudiar física, pero después volvió a su primer amor, la medicina. Su sueño era llegar a ser médica. A pesar de la pérdida progresiva del oído, logró aprobar todos los exámenes, menos el último. El cuerpo de Benedicta no podía mantener el ritmo de su determinación, y ella comenzó lentamente a abandonar todas sus actividades.

A pesar de la sospecha de que la creciente parálisis y la pérdida del oído tenían origen psicosomático, se diagnosticó correctamente a sí misma la enfermedad de Von Recklinghausen, patología genética progresiva que ataca el sistema nervioso. Aunque la sometieron a numerosas operaciones, al final se vio obligada a usar una silla de ruedas, y en el último tiempo ya no salía de su cuarto.

Benedicta cultivó la relación con sus amigos a través de la correspondencia; lo hizo mientras pudo tener en la mano la pluma, pero ya entonces la fuerza de su personalidad y la grandeza de su fe comenzaban a irradiarse. Amigos y extraños iban a visitarla a su cuarto, experimentando la paz sanadora y la serenidad de su espíritu. Acogía a todos con gran afecto, sinceridad y amistad. Se sentía inspirada por el ejemplo y las enseñanzas de santa Teresa de Lisieux y por la sencillez y la pobreza de san Francisco. Recurría a menudo a las epístolas de san Pablo, en las que encontraba un estímulo para aceptar la fuerza de la debilidad.

Comenzó a expresar una gratitud que iba más allá de la comprensión común, escribiendo: “¡Qué maravillosa es la vida! (…), mi alma está llena de gratitud y amor a Dios por esto”. Sin su sufrimiento –le explicó a una amiga– no habría sido capaz de reconocer el sufrimiento de los demás, y observó que habría sido muy injusto dedicar su tiempo a consolarse a sí misma.

A pesar de que al final perdió todos los sentidos –los últimos fueron el gusto y la vista–, Benedicta siguió sirviendo y curando a los demás. Asistida en casa por su madre, se comunicaba recurriendo al lenguaje de los signos (con una mano) y transmitía al mundo sus mensajes. Aunque estaba ciega, era capaz de ver en el alma de quienes iban a visitarla, comprendiendo, incluso antes que ellos, lo que necesitaban. Descubrió que el silencio es el medio con el que Dios habla al alma, y en ese silencio total de los sentidos, aumentó su intimidad con Dios: “Es necesario dar a Dios a los demás; sin caridad, nada tiene valor”, escribió en su diario. Después de haber perdido la vista, susurró: “¡Qué difícil es, Dios mío, dar con alegría! Estoy en el jardín del Monte de los Olivos”.

Al final de una peregrinación a Lourdes, dijo: “No tengo necesidad de curación. Tengo fe, y esto basta. He venido por los demás”. Y esta afirmación alimentó su intención de ser pequeña y manifestar un amor extraordinario por las cosas características de su jornada. “Quien más se acerque a Jesús en el dolor –le sugirió a un joven visitante–, será tanto más amable; quien más se aleje, será tanto más cruel, sin ser consciente de ello”.

La paciencia, decía Benedicta, es “el arma con la que Cristo venció las tinieblas”. A un sacerdote que la visitó, le explicó: “Viviendo, debemos darlo a conocer a él, solamente a él, el sentido de nuestra vida, que a veces él puede dejarnos vislumbrar”. Citando el Magníficat, reconocía que “grandes obras ha hecho Dios en mí, mi alma engrandece al Señor”.

Después de haber soñado una rosa blanca en la tumba de familia, Benedicta predijo su muerte inminente. La mañana que murió, su madre descubrió que en el jardín había florecido una delicada rosa blanca. Su padre notó que su rostro, deformado y cansado por la larga enfermedad, había recuperado su belleza juvenil. Era el año 1964. Declarada venerable por Juan Pablo II, los restos mortales de Benedicta Bianchi Porro descansan en un sepulcro en la abadía de San Andrés, en Dovadola, cerca de Forlì. Su causa de beatificación va adelante.

Nacida en 1949 en Londres, Lucinda M. Vardey es autora de numerosos libros, entre los cuales figura The flowering of the soul: a book of prayers by women (1999). Fue encargada de una asociación laica de reciente formación en Toronto, Canadá, llamada The Contemplative Women of St. Anne, que se dedica a la oración y al estudio de las santas y las místicas de la Iglesia.

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20 de Enero de 2019

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