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Entre memoria y esperanza

· Misa en Santa Marta ·

Jesús no es un héroe solitario que vino del cielo para salvarnos, sino que es el punto central y el fin último de la historia que Dios inició con su pueblo. Por ello el cristiano debe ser siempre un hombre eucarístico que camina entre memoria y esperanza, nunca una mónada solitaria. Si no se camina con el pueblo, si no se pertenece a la Iglesia, la fe es sólo algo artificial de laboratorio. Lo dijo el Papa Francisco en la misa que celebró el jueves 15 de mayo en la capilla de la Casa Santa Marta.

«Es curioso —destacó el Papa— que cuando los apóstoles anuncian a Jesucristo nunca comienzan por Él», por su persona, «diciendo: Jesucristo es el salvador». No, los apóstoles comienzan su testimonio, en cambio, partiendo siempre «de la historia del pueblo». Y lo vemos hoy, dijo, en el pasaje de los Hechos de los apóstoles (13, 13-25) que relata, precisamente, el testimonio de san Pablo en Antioquía de Pisidia. Pero «lo mismo hace Pedro en sus primeros discursos y lo mismo había hecho Esteban».

Así, cuando se les pregunta a los apóstoles: «¿por qué creéis en este hombre?», he aquí que ellos comienzan a hablar de «Abrahán y de toda la historia del pueblo». La razón de esta actitud es clara: «No se comprende a Jesús sin esta historia, Jesús es precisamente el fin de esta historia hacia quien esta historia se orienta, camina».

Por lo tanto, se lee en los Hechos de los apóstoles, Pablo se puso de pie en la sinagoga y dijo: «Israelitas... el Dios de este pueblo, Israel, eligió a nuestros padres». Pablo dijo precisamente «eligió a nuestros padres», comenzando por ello su discurso «con la elección que Dios hizo de un hombre, Abrahán», a quien dio la orden de salir de su tierra, de la casa de su padres. Dios eligió, explicó el Papa, dando inicio de este modo a «un camino de elección: el pueblo de Dios es un pueblo escogido, elegido, pero siempre en camino».

He aquí por qué, afirmó el Pontífice, «no se puede entender a Jesucristo sin esta historia de preparación hacia Él». Y, como consecuencia, «no se puede comprender a un cristiano fuera del pueblo de Dios». Porque «el cristiano no es una mónada, allí solo. No, él pertenece al pueblo, a la Iglesia». A tal punto que «un cristiano sin Iglesia es algo puramente ideal, no es real».

Nos encontramos, continuó el Papa, ante la «promesa de Dios»: yo haré de ti un gran pueblo. Así, «este pueblo camina con una promesa». Y aquí entra la dimensión de la memoria: «Es importante que nosotros, en nuestra vida, tengamos presente la dimensión de la memoria», destacó el Pontífice. En efecto, añadió, «un cristiano es un “memorioso” de la historia de su pueblo; es “memorioso” del camino que el pueblo ha realizado; es “memorioso” de su Iglesia». Un cristiano, por lo tanto, es un hombre que tiene «la memoria» del pasado.

En esta dimensión de la memoria «el pueblo camina hacia la promesa definitiva, hacia la plenitud; es un pueblo elegido que tiene una promesa en el futuro y camina hacia esta promesa, hacia la realización de esta promesa». Por ello, explicó también, «un cristiano en la Iglesia es un hombre, una mujer, con esperanza. Tiene esperanza en la promesa, que no es expectativa: ¡es otra cosa! Es precisamente esperanza: ¡adelante! ¡Es la esperanza que no defrauda!». Y así, «mirando hacia atrás, el cristiano es una persona “memoriosa”; pide la gracia de la memoria, ¡siempre!». En cambio, «mirando hacia adelante, el cristiano es un hombre y una mujer de esperanza». Entre memoria y esperanza, «en el presente el cristiano sigue el camino de Dios y renueva la alianza con Dios». En concreto, «dice al Señor continuamente: sí, yo quiero los mandamientos; yo quiero tu voluntad; yo quiero seguirte». Actuando así «es un hombre de alianza». Precisamente «esa alianza —dijo el Papa— la celebramos nosotros todos los días aquí», en el altar. Por lo tanto, el cristiano es siempre «una mujer, un hombre eucarístico».

En este contexto, precisó el obispo de Roma «no se puede comprender a un cristiano solo». Como, por lo demás, «no se puede comprender a Jesucristo solo». En efecto, «Jesucristo no cayó del cielo como un héroe que vino a salvarnos. No, Jesucristo tiene historia». Y «podemos decir —y esto es verdad— que Dios tiene historia porque quiso caminar con nosotros». He aquí, entonces, por qué «no se puede entender a Jesucristo sin historia». Y he aquí también por qué «un cristiano sin historia, un cristiano sin pueblo, un cristiano sin Iglesia no se puede entender: es una cosa de laboratorio, una cosa artificial, una cosa que no puede tener vida».

La meditación del Papa Francisco condujo luego a un examen de conciencia: ¿cómo es nuestra identidad cristiana? Preguntémonos, sugirió, «si nuestra identidad cristiana es pertenencia a un pueblo, a la Iglesia». Porque si no fuese así, «nosotros no somos cristianos». En cambio, «hemos entrado en la Iglesia con el Bautismo».

Al respecto, es importante, dijo también el Papa, «tener el hábito de pedir la gracia de la memoria del camino que hizo el pueblo de Dios». La gracia también de la «memoria personal: ¿qué ha hecho Dios conmigo en mi vida?, ¿cómo me ha hecho caminar?». Y, continuó, es necesario saber también «pedir la gracia de la esperanza que no es optimismo: es otra cosa». Y, por último, «pedir la gracia de renovar todos los días la alianza con el Señor que nos ha llamado». Que el Señor, concluyó el Papa, «nos dé estas tres gracias que son necesarias para la identidad cristiana».

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