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Entre los pliegues de su manto

· Clara de Asís y la pobreza evangélica ·

Clara prefirió “atentísimamente el privilegio de la pobreza”, según testimonian las hermanas que vivieron con ella en San Damián, porque “amaba particularmente la pobreza, y jamás lograron convencerla de que aceptara posesiones, ni para ella ni para su monasterio”.

Simone Martini, “Santa Clara” (1322-1326)

Pero no fue fácil para Clara, ligada estrechamente a Francisco por una intensa amistad espiritual, aceptar este principio. En 1219 el cardenal Ugolino de los condes de Segni, legado pontificio para Italia centro-septentrional, escribió para ellas una formula vitae en la que se acentuaba más la clausura que la pobreza. En efecto, el interés primario del cardenal era salvaguardar la castidad. De ahí la obligación de la clausura y la necesidad de dotar de bienes estables a los monasterios, no solo para no correr el riesgo de que se cerraran por falta de la limosna diaria, sino también para evitar que las monjas tuvieran que salir a pedirla.

Este movimiento, del que inicialmente formaron parte las seguidoras de santa Clara, con una impronta prevalentemente urbana y constituido por laicas que vivían como monjas, se encuadra en el movimiento religioso más vasto que, en las postrimerías del siglo XIII, se había propagado por toda Europa. Allende los Alpes se denomina beguino, porque beguinas eran las mujeres que vivían como religiosas en Renania (Alemania), en Alsacia (Francia) y en Flandes y Brabante (Países Bajos). Se trata de mujeres que se proponían vivir devota y castamente, teniendo como denominador común la vida de penitencia, pero articulada según un abanico de vocaciones que las llevaba a privilegiar la reclusión o el servicio caritativo. Eran eremitas “irregulares” en la ciudad, y todas estaban contagiadas por el ideal de renuncia y de pobreza mendicante.

Ugolino de los condes de Segni, que en 1227 se convirtió en el Papa Gregorio IX, encaminó gran parte del movimiento penitencial femenino hacia la orden de las damianitas, asignándole una Regla, la benedictina, e imponiéndoles la clausura.

San Damián, poco fuera de la ciudad de Asís, era el monasterio donde vivía la hermana Clara, “primera plantita” de la familia religiosa que Francisco había plantado y sostenido. El 17 de septiembre de 1228 Gregorio IX renovó personalmente a Clara y a su comunidad el privilegium paupertatis, la garantía que le había concedido Inocencio III en 1216, cuya autenticidad atestigua el códice del monasterio de las clarisas de Montevergine, en Mesina. El privilegio, no obstante la formula vitae ugolina, le permitía seguir observando la pobreza absoluta, sin beneficios ni rentas. En efecto, la fidelidad a la pobreza franciscana era permitida, pero no impuesta por la Regla de Ugolino que –hay que reafirmar esto– ya se había extendido a toda la Orden de las religiosas hoy comúnmente conocidas con los apelativos damianitas y clarisas. Esto alejó lentamente el monasterio de San Damián –y otros pocos que tuvieron la valentía de seguir a Clara– del resto de la matriz monástica damianita que, por tanto, desde entonces hasta 1263, recibió otras cuatro Reglas, sin contar los permisos concedidos a cada monasterio. El último, de Urbano IV (1263), establecía posesiones y rentas como medio normal de subsistencia. En cierto sentido, estos permisos de la Regla de Urbano IV, llamada Regla II, habían menoscabado la especificidad de la forma vitae querida por Clara, diferente de la Regla ugolina y reconocida por Inocencio IV cuando, con la bula Solet annuere, del 9 de agosto de 1253, aprobó la Regla que ella misma había redactado, la así llamada Regla I. Clara tuvo la alegría de besar esta Regla: Hanc beata Clara tetigit et obsculata est pro devotione pluribus et pluribus vicibus. Esto es lo que anotó precisamente la mano de un contemporáneo de Clara en el dorso de la bula original. Dos días después murió la santa, teniendo entre las manos esa misma bula cuyo destino, por falta de una guía carismática, no era difícil imaginar.

De hecho, no habían pasado cuatro años de la muerte de Clara cuando sus hijas espirituales, que vivían en San Damián, abandonaron el “santuario de la felicidad” y se trasladaron al nuevo monasterio dedicado a la santa. A este monasterio, por orden de Alejandro IV, el 3 de octubre de 1260, en presencia de los obispos de Perugia, Spoleto y Asís, también trasladaron el cuerpo de Clara, que había sido enterrado provisionalmente en la pequeña iglesia de San Jorge. Sus restos mortales fueron depositados bajo el altar mayor, en una urna de piedra colocada dentro de una gruta excavada en la roca a una profundidad de cerca de tres metros. Las clarisas de Italia y Francia, y en particular las del monasterio de Marsella, se preocuparon por buscar el lugar de la sepultura de Clara. Una vez hallado el cuerpo de la santa, en 1850 lo expusieron a la devoción de los fieles. Algo semejante ocurrió con la Regla escrita por Clara y aprobada por Inocencio IV. En cierto modo, este texto –llamado Regla I, la cosa más valiosa para Clara– también permaneció enterrado durante mucho tiempo. De hecho, la bula original había sido colocada entre las reliquias y cosida dentro del manto de la misma santa, pero, con el tiempo, se habían perdido sus huellas. La “descubrieron” solamente en 1893, gracias a la insistencia de las clarisas de Lyon.

Se ignora cuándo y por qué las clarisas del proto-monasterio tomaron la decisión de ocultar la bula entre los pliegues del manto de la santa. Está claro que, por lo menos a partir del siglo XVII, se buscó inútilmente la bula tanto en la ciudad de Asís como fuera de ella. Sin embargo, existían copias que circulaban por los monasterios de las clarisas de estrecha observancia, como la que se conserva en el monasterio de Montevergine, en Mesina, fundado por Eustaquia Calafato.

Mario Sensi

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17 de Febrero de 2020

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