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Entre dos aniversarios

Son dos aniversarios el marco del largo discurso que el Papa leyó al cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede al inicio de 2018: el centenario de la gran guerra, cuya conclusión en 1918 «rediseñó el rostro de Europa y del mundo entero» y el medio siglo desde el Sesenta y ocho y desde las «agitaciones sociales» que modificaron el escenario cultural planetario introduciendo una «multiplicidad» de «nuevos derechos». Y precisamente sobre los derechos humanos, adoptados en 1948 por la asamblea general de la Naciones Unidas después del desastre de la Segunda Guerra Mundial, Bergoglio quiso sobre todo reflexionar, recordando también las principales crisis en Asia, en Venezuela, en África, en Ucrania.

En 1965, veinte años después de la conclusión de ese conflicto, un Papa habló por primera vez desde la tribuna de las Naciones Unidas y lo hizo en nombre «de los muertos y de los vivos», dijo entonces Montini. Del mismo modo, hoy su sucesor hace suya la voz de innumerables víctimas de aquella que ha definido como «tercera guerra mundial a trozos», desarrollando «un papel de “llamada” a los principios de humanidad y de fraternidad» y recordando que para la Santa Sede «hablar de derechos humanos significa, ante todo, proponer la centralidad de la dignidad de la persona, en cuanto que ha sido querida y creada por Dios a su imagen y semejanza». Sobre esta base, el Pontífice criticó la confusión causada por la introducción de «nuevos derechos». Si, por una parte, de hecho, estos nuevos derechos han favorecido una «colonización ideológica de los más fuertes y los más ricos en detrimento de los más pobres y los más débiles» por la otra han ofrecido pretextos para no respetar «los derechos fundamentales» enunciados en la Declaración de 1948.

Así, hoy los derechos humanos no se ven perjudicados solo por la guerra o por la violencia porque «en nuestro tiempo, hay formas más sutiles» de violencia, dijo el Papa. Que con claridad las denunció por enésima vez: la ejercida contra los niños «descartados antes de nacer», después contra los ancianos «descartados, sobre todo si están enfermos, porque se les considera un peso», aquella contra las mujeres, «que a menudo sufren violencias y vejaciones también en el seno de las propias familias» y finalmente la violencia contra las víctimas de la trata, «que viola la prohibición de cualquier forma de esclavitud».

Reconocido en 1948 está el derecho a formar una familia, «elemento natural y fundamental de la sociedad», hoy considerado, especialmente en occidente «una institución superada». Pero descuidar a la familia y no sostenerla tiene la consecuencia implícita y dramática de un «invierno demográfico» cada vez más severo, en un escenario inquietante e imprevisible donde el derecho de las familias está pisoteado también en los innumerables núcleos quebrados por la pobreza, por las guerras y por las migraciones forzadas. Comprendido en la declaración de las Naciones Unidas y también a menudo pisoteado está «el derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión, que incluye la libertad de cambiar de religión» recordó finalmente el Pontífice, que denunció el extremismo religioso, la marginación y la persecución de muchos creyentes.

g.m.v.

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21 de Enero de 2018

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