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Encuentro a través del diálogo

· Entrevista del Papa Francisco a «Asia Times» ·

Publicamos, en una traducción nuestra, la entrevista al Papa difundida el 2 de febrero por «Asia Times».

Lo percibió enseguida o, al menos, así me pareció, y trató de hacerme sentir a gusto. De hecho, yo estaba nervioso. Había pasado muchas horas limando cada detalle de las preguntas que le habría hecho, y él había pedido tiempo para reflexionar y examinarlas. Tenía razón. Había pedido una entrevista sobre cuestiones culturales y filosóficas amplias relativas a todos los chinos, el 99 por ciento de los cuales no es católico. No quería tocar argumentos religiosos o políticos acerca de los cuales otros Papas habían hablado en otras ocasiones.

Esperaba que pudiera transmitir a los hombres y a las mujeres en China su inmensa empatía humana, hablando por primera vez en absoluto de cuestiones que lo preocupan profundamente cada día: la disgregación de la familia tradicional; sus dificultades para ser comprendida por el mundo occidental y para comprenderlo; su sentimiento de culpa derivado de experiencias del pasado, como la revolución cultural, etc. Y él lo hizo, dando a todos los chinos, y a todas las personas preocupadas por el rápido crecimiento de China, motivos de esperanza, paz y reconciliación. El Papa considera que los chinos están yendo en una dirección positiva y que no deben tener miedo de ello, y tanto menos el resto del mundo. También piensa que los chinos tienen una gran herencia de sabiduría que los enriquecerá a ellos y a todos los demás; esta herencia ayudará a todos a encontrar un camino pacífico para ir adelante. En cierto modo, en esta entrevista es el Papa quien bendice a China.

¿Qué es para usted China? ¿Cómo la imaginaba de joven, considerando que para la Argentina China no es Oriente sino Lejano Occidente? ¿Qué significa para usted Mateo Ricci?

Para mí China ha sido siempre un punto de referencia de grandeza. Un gran país. Pero más que un país, una gran cultura con una sabiduría inagotable. De niño, cuando leía algo sobre China, este hecho tenía la capacidad de inspirarme admiración. Sentía admiración por China. A continuación, profundicé la vida de Mateo Ricci y vi cómo este hombre sentía la misma cosa que sentía yo y de idéntico modo, admiración, y cómo logró entrar en diálogo con esta gran cultura, con esta sabiduría secular. Supo «encontrarla». Cuando era joven y se hablaba de China, pensábamos en la Gran Muralla. El resto no se conocía en mi patria. Pero, profundizando cada vez más la cuestión, tuve una experiencia de encuentro muy diversa, tanto por el tiempo como por los modos, respecto a la de Ricci. Pero tropecé con algo que no me esperaba. La experiencia de Ricci nos enseña que es necesario entrar en diálogo con China, puesto que se trata de un cúmulo de sabiduría y de historia. Es una tierra bendecida con muchas cosas. Y la Iglesia católica, entre cuyos deberes está el de respetar todas las civilizaciones, ante esta civilización, diría que tiene el deber de respetarla, con la r mayúscula. La Iglesia tiene el gran potencial de recibir cultura. El otro día tuve la ocasión de ver las pinturas de otro gran jesuita, Giuseppe Castiglione, que tenía, también él, el virus jesuita (se ríe). Castiglione sabía cómo expresar la belleza, la experiencia de la apertura al diálogo: recibir de otros y dar algo de sí mismo en una longitud de onda «civilizada», de las civilizaciones. Cuando digo « civilizado» no quiero decir solo civilizaciones «educadas», sino también civilizaciones que se encuentran. Además, no sé si es verdad, pero dicen que fue Marco Polo quien llevó los espaguetis a Italia (se ríe). Por tanto, fueron los chinos quienes los inventaron. No sé si es verdad. Pero lo digo en passant. Esta es mi impresión: gran respeto. Y más aún, cuando sobrevolé por primera vez China, y en el avión me dijeron «dentro de diez minutos entraremos en el espacio aéreo chino y enviaremos su saludo», confieso que sentí una gran emoción por el hecho de sobrevolar esta gran riqueza de cultura y sabiduría.

Por primera vez en su historia milenaria China está saliendo del propio ambiente y se está abriendo al mundo, creando desafíos sin precedentes para sí misma y para el mundo.

Usted habló de una tercera guerra mundial que está avanzando de modo escondido: ¿qué desafíos representa esto en la búsqueda de la paz?

El temor, el miedo, jamás es un buen consejero. Si un padre o una madre tienen miedo cuando tienen un hijo adolescente, no saben cómo ocuparse bien de él. En otras palabras, no debemos temer desafíos de ningún tipo, puesto que todos, hombres y mujeres, tienen capacidad de encontrar modos de coexistencia, de respeto y de admiración recíproca. Y es evidente que tanta cultura y tanta sabiduría, y por añadidura tanto conocimiento tecnológico –pensemos solo en las antiquísimas técnicas médicas–, no pueden permanecer encerrados en un país; tienden a expandirse, a difundirse, a comunicarse. El hombre tiende a comunicarse, una civilización tiende a comunicarse. Es obvio que, cuando la comunicación tiene lugar con tono agresivo para defenderse a sí mismo, se desencadenan guerras. Pero no tendría miedo. Es un gran desafío mantener el equilibrio de la paz. Aquí tenemos a la abuela Europa, como dije en Estrasburgo. Parece que ya no es la madre Europa. Espero que logre retomar ese papel. Y recibe de este antiquísimo país una contribución cada vez más rica. Y, por tanto, es necesario aceptar el desafío y correr el riesgo de balancear este intercambio por la paz. El mundo occidental, el mundo oriental y China tienen todos la capacidad de mantener el equilibrio de la paz y la fuerza para hacerlo. Debemos encontrar el modo, siempre a través del diálogo; no hay otro camino (abre los brazos como para abrazar). El encuentro se obtiene a través del diálogo. El verdadero equilibrio de la paz se realiza a través del diálogo. Diálogo no significa que se termine con un compromiso, media torta para ti y la otra media para mí. Es lo que sucedió en Yalta, y vimos los resultados. No, diálogo significa: bien, hemos llegado a este punto, puedo estar de acuerdo o no, pero caminemos juntos; esto significa construir. Y la torta permanece entera, caminando juntos. La torta pertenece a todos, es humanidad, cultura. Cortar la torta, como en Yalta, significa dividir a la humanidad y la cultura en pedazos pequeños. Y la cultura y la humanidad no pueden cortarse en pedazos pequeños. Cuando hablo de esta gran torta, hablo en sentido positivo. Todos pueden influir en el bien común de todos (el Papa se sonríe y pregunta: «No sé si el ejemplo de la torta es claro para los chinos». Asiento).

En los últimos decenios China ha sufrido tragedias sin igual. Desde 1980 los chinos han sacrificado lo que siempre han querido más, sus hijos. Para los chinos se trata de heridas muy profundas. Entre otras cosas, han dejado un enorme vacío en sus conciencias y, en cierto modo, también una necesidad extremadamente profunda de reconciliarse consigo mismos y de perdonarse. En el año de la misericordia, ¿qué mensaje puede dar al pueblo chino?

El envejecimiento de una población y de la humanidad se está verificando en muchos lugares. Aquí, en Italia, la tasa de natalidad está casi por debajo de cero, y más o menos es lo mismo también en España. La situación de Francia, con su política de asistencia a las familias, está mejorando. Y es obvio que las poblaciones envejecen. Envejecen y no tienen hijos. En África, por ejemplo, fue un placer ver a niños en las calles. Aquí, en Roma, si das una vuelta, ves a poquísimos niños. Quizá detrás esté el miedo al que usted está aludiendo, la errada percepción no de que simplemente nos quedaremos atrás, sino de que terminaremos en la miseria, por tanto, no tenemos hijos. Hay otras sociedades que han hecho la elección opuesta. Por ejemplo, durante mi viaje a Albania me quedé sorprendido al descubrir que la edad media de la población es cerca de cuarenta años. Existen países jóvenes; pienso que en Bosnia-Herzegovina sea lo mismo. Países que sufrieron y eligieron la juventud. Además, está el problema del trabajo. Es una cosa que China no tiene, porque tiene la capacidad de ofrecer trabajo tanto en el campo como en la ciudad. Y es verdad, el problema de China de no tener hijos debe ser muy doloroso; porque la pirámide se invierte y un niño debe llevar el peso del padre, de la madre, de los abuelos. Y esto es enervante, fatigoso, desorientador. No es natural. Entiendo que China ha abierto nuevas posibilidades en este frente.

¿Cómo deberían afrontarse estos desafíos de las familias en China, considerando que se encuentran en un proceso de profundo cambio y ya no corresponden al modelo tradicional chino de la familia?

Retomando el tema, en el año de la misericordia, ¿qué mensaje puedo dar al pueblo chino? La historia de un pueblo es siempre un camino. A veces un pueblo camina más velozmente, otras más lentamente, algunas veces incluso se detiene y otras comete un error y vuelve un poco atrás, o toma el camino equivocado y debe volver sobre sus pasos para seguir el justo. Pero cuando un pueblo va adelante, la cosa no me preocupa porque significa que está haciendo historia. Y pienso que el pueblo chino está yendo adelante, y esta es su grandeza. Camina, como todos los pueblos, atravesando luces y sombras. Mirando al pasado –y quizá el hecho de no tener hijos crea un complejo– es saludable asumir la responsabilidad del propio camino. Bien, hemos seguido este recorrido, algo no ha funcionado para nada, por tanto ahora se han abierto otras posibilidades. Entran en juego otras cuestiones: el egoísmo de algunos sectores acomodados que prefieren no tener hijos, etc. Deben asumir la responsabilidad del propio camino. E iría más allá: no estéis amargados sino en paz con vuestro camino, aunque hayáis cometido errores. No puedo decir mi historia ha sido negativa, que odio mi historia (el Papa me dirige una mirada penetrante). No, cada pueblo debe reconciliarse con su propia historia como su camino, con éxitos y errores. Y esta reconciliación con la propia historia da mucha madurez, mucho crecimiento. Aquí utilizaría la palabra usada en la pregunta: misericordia. Es saludable para una persona sentir misericordia por sí misma, no ser sádica o masoquista. Esto es equivocado. Y diría la misma cosa de un pueblo: es saludable para un pueblo ser misericordioso consigo mismo. Y esta grandeza de ánimo… No sé si usar o no la palabra perdón, no lo sé. Pero aceptar que ese ha sido mi camino, sonreír e ir adelante. Si uno se cansa y se detiene, se puede amargar y corromper. Y, entonces, cuando se asume la responsabilidad del propio camino, aceptándolo por lo que ha sido, esto consiente emerger a la propia riqueza histórica y cultural, incluso en los momentos difíciles. Y ¿cómo se le puede permitir emerger? Aquí volvemos a la primera pregunta: en diálogo con el mundo actual. Dialogar no significa rendirse, porque a veces existe el peligro, en el diálogo entre países diversos, de agendas escondidas, o sea, de colonizaciones culturales. Es necesario reconocer la grandeza del pueblo chino, que siempre ha conservado la propia cultura. Y su cultura –no estoy hablando de ideologías que pudieron haber existido en el pasado–, su cultura no ha sido impuesta.

El crecimiento económico del país ha tenido lugar a un ritmo extraordinario, pero esto también ha comportado desastres humanos y ambientales que Pekín está tratando de afrontar y resolver. Al mismo tiempo, la búsqueda de la eficiencia laboral está imponiendo nuevos costos a las familias: a veces padres e hijos se separan a causa de las exigencias laborales. ¿Qué mensaje les puede dar?

Me siento más bien como una suegra que da consejos sobre lo que habría que hacer (se ríe). Sugeriría un sano realismo; la realidad debe aceptarse, de cualquiera lugar provenga. Esta es nuestra realidad; como en el fútbol el arquero debe parar la pelota de cualquier lugar llegue. La realidad debe aceptarse por lo que es. Ser realistas. Esta es nuestra realidad. La primera cosa, debo haberme reconciliado con la realidad. No me gusta, soy contrario, me hace sufrir, pero debo transigir, no puedo hacer nada. El segundo paso es trabajar para mejorar la realidad y cambiar su dirección. Ahora, ve que son sugerencias simples, un poco comunes. Pero hacer como el avestruz, que esconde la cabeza en la arena para no ver la realidad, no aceptarla, no es una solución. Por consiguiente, discutamos, sigamos buscando, sigamos caminando, siempre en camino, en movimiento. El agua del río es pura porque sigue corriendo; el agua detenida se estanca. Es necesario aceptar la realidad tal como es, sin enmascararla, sin sofisticarla, y encontrar siempre modos para mejorarla. Bien, esta es una cosa muy importante. Si esto le sucede a una empresa que ha trabajado durante veinte años, y hay una crisis en los negocios, hay pocas vías creativas para mejorarla. Al contrario, cuando le sucede a un país antiguo, con su historia secular, su sabiduría secular, su creatividad secular, entonces se crea tensión entre el problema presente y su pasado de antigua riqueza. Y esta tensión produce fecundidad cuando mira al futuro. Considero que la gran riqueza de China, hoy, está en mirar al futuro desde un presente sostenido por la memoria de su pasado cultural. Vivir en tensión, no con ansia, y la tensión está entre el riquísimo pasado y el desafío del presente que se debe llevar adelante en el futuro, es decir, la historia no termina aquí.

Con ocasión del próximo año nuevo chino del Mono, ¿querría enviar un saludo al pueblo chino, a las autoridades y al presidente Xi Jinping?

En vísperas del año nuevo, deseo enviar mis mejores deseos y felicitaciones al presidente Xi Jinping y a todo el pueblo chino. Y deseo expresar mi esperanza de que no pierda jamás la conciencia histórica de ser un gran pueblo, con una gran historia de sabiduría, y que tiene mucho que ofrecer al mundo. El mundo mira vuestra gran sabiduría. Que en este nuevo año, con esta conciencia, sigáis yendo adelante para ayudar y cooperar con todos en el cuidado de nuestra casa común y nuestros pueblos comunes. ¡Gracias!

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16 de Noviembre de 2019

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