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En un mar sin riberas

· Misa en Santa Marta ·

Rezar, adorar, reconocerse pecadores: son las tres sendas que abren al cristiano el conocimiento y la comprensión del misterio de Dios. Lo indicó el Papa Francisco en la homilía de la misa celebrada en Santa Marta el jueves 20 de octubre por la mañana.

La reflexión del Pontífice partió de la frase de san Pablo —tomada de la carta a los Filipenses (3, 8)— proclamada en el versículo antes del Evangelio: «Juzgo que todo es pérdida... y lo tengo por basura para ganar a Cristo, y ser hallado en él». La voluntad de «ganar a Cristo» es también «la gracia» que el apóstol pide para los Efesios en el pasaje de la carta (3, 14-21) elegido para la primera lectura de la liturgia. Se trata de «un pasaje de oración», explicó Francisco. Pablo, en efecto, enseña a los Efesios «este camino» y «reza de rodillas: “Doblo mis rodillas ante el Padre... para que os conceda, según la riqueza de su gloria, que seáis fortalecidos por la acción de su Espíritu”».

Lo que el apóstol pide es la «gracia de ser fuertes, fortalecidos, mediante el Espíritu». Pero, ¿por qué quiere «que los Efesios sean fortalecidos por la acción del Espíritu Santo?». Para que «Cristo —responde Pablo mismo— habite por la fe en vuestros corazones». Este «es el centro», destacó el Papa. Pero el apóstol «no se detiene, sigue adelante: “Para que, arraigados y cimentados en el amor, podáis comprender con todos los santos... el amor de Cristo”». Y de esa comprensión la carta a los Efesios da esta original explicación: «Comprender con todos los santos cuál es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad, y conocer el amor de Cristo que excede a todo conocimiento».

«Pablo en esta oración —recordó Francisco— sigue adelante y se sumerge en este mar, en este mar sin fondo, sin riberas, un mar inmenso que es la persona de Cristo». Y así «reza para que el Padre done a los Efesios —y la pide también para nosotros— esta gracia: conocer a Cristo».

Pero, ¿cómo se puede «conocer a Cristo» para que Él sea «la auténtica ganancia» ante la cual «todo lo demás sea basura»? Se puede hacer a través del Evangelio. Cristo, recordó el Papa, «está presente en el Evangelio»: por lo tanto, «leyendo el Evangelio conocemos a Cristo». Y «todos nosotros hacemos esto, al menos escuchamos el Evangelio cuando vamos a misa». Cierto, se puede también conocer a Jesús «con el estudio del catecismo: el catecismo nos enseña quien es Cristo». Pero todo esto —precisó Francisco— «no es suficiente. Para ser capaces de comprender cuál es la anchura, la longitud, la altura y la profundad de Jesucristo hay que entrar en un contexto, primero, de oración, como lo hace Pablo, de rodillas: “Padre envíame el Espíritu para conocer a Jesucristo”».

De este modo el conocimiento va más allá de la superficie y se introduce en las profundidades del misterio. «Nosotros —destacó al respecto el Papa— conocemos al Niño Jesús, Jesús que cura a los enfermos, Jesús que predica, que hace milagros, que muere por nosotros y resucita. Sabemos todo esto, pero esto no quiere decir conocer el misterio de Cristo». Se trata, en efecto, de «algo más profundo y por ello es necesaria la oración: “Padre, envíame tu Espíritu para que conozca a Cristo”. Es una gracia. Es una gracia que da el Padre».

Además de la oración, es necesaria la adoración. Pablo, indicó Francisco, «no sólo reza, adora este misterio que supera todo conocimiento y en un contexto de adoración pide esta gracia “a Aquel que tiene poder para realizar todas las cosas incomparablemente mejor de lo que podemos pedir o pensar, conforme al poder que actúa en nosotros, a él la gloria en la Iglesia y en Cristo Jesús por todas las generaciones”. Esto es, por lo tanto, «un acto de adoración, de alabanza: adorar». Porque «no se conoce al Señor sin este hábito de adorar, de adorar en silencio». Una actitud que, para el Pontífice, no siempre encuentra espacio en la vida del cristiano. «Creo, si no me equivoco —confesó—, que esta oración de adoración es la menos conocida por nosotros, es aquella que menos consideramos», como si se tratase de «perder el tiempo ante el Señor, ante el misterio de Jesucristo». Se debe, en cambio, redescubrir «el silencio de la adoración: Él es el Señor y yo le adoro».

Por último, «para conocer a Cristo es necesario tener conciencia de nosotros mismos, es decir, tener la costumbre de acusarnos a nosotros mismos, de acusarse a sí mismo», reconociendo ante Dios: «Soy pecador. Pero, no, soy pecador por definición, porque tú sabes las cosas que he hecho y las cosas que soy capaz de hacer». Al respecto, Francisco hizo referencia al capítulo 6 de Isaías, cuando el profeta, en el momento en el cual ve «al Señor y a todos los ángeles que adoran al Señor», exclama: «¡Ay de mí, que estoy perdido, pues soy un hombre de labios impuros!»: o sea, admite ser un pecador. Por lo tanto, «no se puede adorar sin acusarse a sí mismo».

En definitiva, «para entrar en este mar sin fondo, sin riberas, que es el misterio de Jesucristo», son necesarias las tres actitudes que el Papa ha mencionado como conclusión: «La oración: “Padre, envíame el Espíritu para que Él me conduzca a conocer a Jesús”. Segundo, la adoración al misterio, entrar en el misterio, adorando. Y tercero, acusarse a sí mismo: “Soy un hombre de labios impuros”». De aquí el deseo de que «el Señor nos conceda también a nosotros esta gracia que Pablo pide para los Efesios, esta gracia de conocer y ganar a Cristo».

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