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En un autobús en Tailandia

· Una misionera católica cuenta su encuentro diario con Jesús al chófer budista ·

¿Qué habrá captado de mi Dios? Me lo pregunto aún hoy, después de que pasaron cuatro meses de la conversación con el chófer de un transporte público. En aquel período iba a menudo, por razones de trabajo, de un extremo al otro de la ciudad de Chiang Mai, en Tailandia. Me sentaba con mucho gusto delante, al lado del chófer, para conversar con él, porque los chóferes saben muchas cosas sobre la ciudad y sobre lo que piensa la gente.

Aquel día se trataba de un señor particularmente locuaz. Al saber que era misionera, comenzó a hacerme una infinidad de preguntas. Accedí a su curiosidad y le respondí procurando ser breve pero también precisa, considerando los argumentos: la consagración, la vida eterna, Dios. Son categorías muy diversas en el budismo y en el cristianismo, por eso me esforcé para no dar respuestas vagas o comunicar conceptos erróneos.

En el mundo budista decir monje o monja no significa necesariamente referirse a una elección de vida para siempre. Más aún, en la mayoría de los casos se es monje por un tiempo determinado, que puede oscilar entre unos días y unos años. Por esta razón, mi interlocutor me había preguntado cuánto tiempo hacía que era religiosa y cuánto tiempo todavía seguiría siéndolo. Le respondí que en nuestra religión era una elección definitiva, que lo más importante de todo era la relación con Dios y que, para estar unidos a él, algunos adoptaban este estilo de vida como un don de parte de Dios.

La pregunta sucesiva no llegó inmediatamente, como las anteriores. Hubo una pausa. Pensaba que el chófer se había dado por satisfecho, que había agotado su repertorio. Y, en cambio, se estaba preparando para hacerme una pregunta especial, capaz de revolucionar mi corazón y mi mente e impulsarme a hacer un velocísimo examen de mi vida. Aún hoy me resuena su pregunta, en los oídos y en el corazón: “¿Tocas a Dios todos los días?”.

También yo me vi obligada a hacer una pausa, en busca de una respuesta posible, necesariamente breve, compresible y, sobre todo, creíble. Sí, sobre todo creíble, porque mientras la respuesta estaba por convertirse en palabra, tomaba conciencia de la responsabilidad que asumiría con mi afirmación.

Era consciente de mis límites, y las palabras pesaban como piedras. No querían salir. El hecho era que el toque de Dios, posible todos los días, debía corresponder a una verdadera transformación de mí misma, debía ser perceptible en mis relaciones concretas. Pero me sentía lejana de esa meta, y entonces, ¿cómo podía responderle? Aquel hombre estaba esperando y el recorrido estaba a punto de terminar.

“Sí–me atreví a decirle–, todos los días”, y después traté de explicárselo. Aquel diálogo imposible había sido posible gracias a Jesús. En él, Dios se hizo uno de nosotros. Y todos los días podemos relacionarnos con él. Es un acontecimiento muy grande e inimaginable, que la vida diaria jamás debe banalizar.

Se lo decía a él, pero también me lo decía a mí misma, que era verdad, que podía tocar a Dios. Y lo puedo hacer todos los días. Dios es tan grande que todos los días puede bajar hasta nosotros por amor, porque quiere que seamos personas cada vez más capaces de amar abnegadamente, precisamente como Jesús. Ya había llegado al final de mi viaje. En el autobús quedaban otros pasajeros. “Adiós, gracias”–le dije_–. “Adiós –me respondió–. Tuvimos una hermosa conversación”.

Estaba acalorada, y no solo por la temperatura externa. ¿Qué habría comprendido mi interlocutor budista? No sé. Pero sí sé que no he olvidado nunca jamás su pregunta. Es como un don y un compromiso también para mi vida cristiana. Me acompaña desde hace cuatro meses, renovando mi gratitud por el don de la increíble cercanía de Dios y recordando mi compromiso diario de conversión.

La misión de cada cristiano es bellísima: manifestar la posibilidad, que se nos ha dado, de “tocar” a Dios todos los días. Significa convertirnos en prójimo imitando a Jesús, para ser también nosotros, como él, lugar de encuentro, espacio de relación posible entre Dios y los hombres.

¡Qué maravilla nuestra fe!: la relación que vivimos con Dios no se agota entre él y nosotros, sino que se convierte en un espacio que permite que Dios llegue a nuestros hermanos. Y también permite que nuestros hermanos encuentren y toquen a Dios, que habita en nosotros.

Creo que hay que entender en este sentido la expresión de san Pablo: “El marido no creyente queda santificado por su mujer, y la mujer no creyente queda santificada por el marido creyente” (1 Corintios 7, 14). Así pues, cada bautizado está habilitado para ser siempre misionero, porque Dios habita en él. El creyente que acoge en su corazón al prójimo no creyente le da, además de su amistad, la posibilidad de encontrar a Dios que habita en él y, por tanto, la posibilidad de ser santo como él. Ojalá que el Señor nos convierta cada vez más en casa habitada por él, en la que otros puedan entrar para que tenga lugar el encuentro.

Por Teresa Bello

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17 de Febrero de 2020

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