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​En silencio ante la Morenita

Impresionó la larga oración silenciosa del Papa, solo ante la imagen singular y veneradísima de la Virgen de Guadalupe, protectora de toda la América. Un momento fuertemente querido, pedido, anunciado y después subrayado por Bergoglio en los discursos y en las homilías en la Ciudad de México. Desde el discurso a las autoridades en el Palacio nacional, sede simbólica del poder político, cuyas puertas se abrieron por primera vez a un Pontífice.

Francisco es el tercer Papa que visita el gran país norteamericano, y al inicio del encuentro con el episcopado en la catedral se preguntó cómo “habría podido el Sucesor de Pedro, llamado del lejano sur latinoamericano”, no “posar la propia mirada sobre la Virgen Morenita”. Con el deseo, declarado inmediatamente después, de ser alcanzado por la mirada materna de María.

Precisamente la mirada de la Virgen de Guadalupe, donde “se halla el corazón secreto de cada mexicano”, fue elegida por el Pontífice como hilo conductor de la larga y exigente reflexión que caracterizó su encuentro con los obispos del país. Un momento al que en los viajes internacionales Bergoglio siempre reservó un espacio amplio y significativo, que realiza la comunión católica y una real comunión pastoral. Y así fue también esta vez.

Imagen clave del discurso papal al episcopado mexicano fue, pues, la mirada: la de la Morenita, pero también la de quien la contempla y, a su vez, tiene la responsabilidad de mirar al otro, para ofrecerle el seno de la fe cristiana y transmitirle un reflejo de la ternura de Dios. Particular atención los obispos deben prestar a los jóvenes, dijo el Pontífice. Pero, sobre todo, con expresiones fuertes recomendó afrontar con valentía los fenómenos degradantes de la corrupción y del narcotráfico, definido “metástasis que devora”.

En efecto, el modelo para el obispo debe ser la “condescendencia y la capacidad de inclinarse” de Dios culminada en la Encarnación, concepto en el que Francisco insistió repitiendo el término usado por los padres griegos para definirlo: sincatábasis. Y por eso el episcopado mexicano, asentado “sobre espaldas de gigantes”, es decir, los predecesores en la fe que permiten mirar lejos, debe sacar del pozo de las riquezas del pasado. Con la certeza, manifestada por el Papa, de que México y su Iglesia llegarán a tiempo a la cita consigo mismos, con la historia, con Dios.

El mismo aliento a los católicos mexicanos expresó Pablo VI, citado por su sucesor al final de la misa en Ecatepec. Precisamente por amor a Cristo la Virgen amó al prójimo, “que debe ser la norma de todas las relaciones humanas”, recordó Montini. Y añadió que se debe ver “en cada hombre a un hermano y en cada hermano a Cristo, de modo que el amor a Dios y a los hombres se unan en un mismo amor, vivo y operante, el único que puede redimir las miserias del mundo renovándolo en su raíz más profunda: el corazón del hombre”.

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11 de Diciembre de 2019

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