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En señal de María

El ícono de esta JMJ de Panamá es María, la sierva del Señor que responde afirmativamente a la llamada de Dios. Y María también está en el centro del discurso del Papa al final del Vía Crucis con los jóvenes: María, la joven de quien los jóvenes deben «aprender a estar de pie al lado de la cruz. Con su misma decisión y valentía, sin evasiones ni espejismos».

A esta joven y fuerte mujer, Jesús desde la cruz el Viernes Santo confió su Iglesia y ayer el Papa le confió a los jóvenes de todo el mundo reunidos aquí a lo largo de la costa de Panamá. Debido a que los jóvenes necesitan estar protegidos por una acogedora y fuerte mirada maternal que los redima del sufrimiento y la soledad, los dos «ingredientes» de los cuales se constituye el viaje de Jesús hacia el Calvario, un viaje que continúa en nuestros días: «Él camina, padece en tantos rostros que sufren la indiferencia satisfecha y anestesiante de nuestra sociedad, sociedad que consume y que se consume, que ignora y se ignora en el dolor de sus hermanos»; palabras que recuerdan a aquellas que el cardneal Biffi dirigió a la sociedad boloñesa, «sabia y desesperada».

Con un largo pasaje de gran intensidad, el papa se detuvo en las muchas «prolongaciones» del Vía Crucis, que se repite todavía hoy: «en el grito sofocado de los niños a quienes se les impide nacer»; «en las mujeres maltratadas, explotadas y abandonadas, despojadas y ninguneadas en su dignidad»; «en los ojos tristes de los jóvenes que ven arrebatadas sus esperanzas de futuro por la falta de educación y trabajo digno»; «en tantos jóvenes y familias que, absorbidos en una espiral de muerte a causa de la droga, el alcohol, la prostitución y la trata, quedan privados no sólo de futuro, sino de presente. Y así como repartieron tus vestiduras, Señor, queda repartida y maltratada su dignidad»; «en jóvenes con rostros fruncidos que perdieron la capacidad de soñar, de crear, inventar el mañana»; «en el dolor oculto e indignante de quienes, en vez de solidaridad por parte de una sociedad repleta de abundancia, encuentran rechazo, dolor y miseria»; «en la resignada soledad de los ancianos, que dejamos abandonados y descartados»; «en los pueblos originarios, a quienes se despoja de sus tierras, sus raíces y cultura, silenciando y apagando toda la sabiduría que tienen y nos pueden aportar »; y sobre todo «se prolonga en una sociedad que perdió la capacidad de llorar y conmoverse ante el dolor. Sí, Padre, Jesús sigue caminando, cargando y padeciendo en todos estos rostros mientras el mundo, indiferente, y en un confortable cinismo consume el drama de su propia frivolidad.Y nosotros, Señor, ¿qué hacemos?».

La pregunta sacude a la gran multitud de jóvenes reunidos en el Campo de Santa María La Antigua, ¿cómo reaccionamos, pregunta el Papa «ante Jesús que sufre, camina, emigra en el rostro de tantos amigos nuestros, de tantos desconocidos que hemos aprendido a invisibilizar?».

Todavía es una cuestión de mirada, como había dicho por la mañana a los jóvenes presos, la mirada de los que se dan la vuelta o de quien mira a la cara al sufrimiento y al dolor como María y se ocupan de él como el Cireno. La escena del Vía Crucis es en sí misma esta pregunta que sacude las conciencias. María está allí, al pie de la cruz y sostiene con la mirada al Hijo herido y lo protege con el corazón; el dolor la ha atravesado también, pero ella no la ha doblado, «ha sido la mujer fuerte del “sí”, que sostiene y acompaña, cobija y abraza. Ella es la gran custodia de la esperanza».

La esperanza cristiana está ligada por lo tanto a la mirada, la mirada que ve lo esencial a menudo «invisible a los ojos», pero no al corazón, porque «el programa del cristiano es tener un corazón que ve» (Deus caritas est, n. 31), el corazón, por lo tanto, no debe estar «blindado o cerrado», concluyó el Papa, «sino con un corazón que sepa acompañar, que conozca de ternura y devoción; que entienda de piedad al tratar con reverencia, delicadeza y comprensión».

Andrea Monda

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26 de Abril de 2019

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