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En memoria de Robert Kennedy

La noticia llegó al Vaticano a media mañana: Robert Kennedy, el senador estadounidense hermano del presidente asesinado menos de cinco años antes, estaba en condiciones muy graves. El joven hombre político había recibido un disparo en un hotel de Los Ángeles, donde hasta bien entrada la noche había esperado con sus partidarios la victoria en las primarias de California. Pablo VI estaba encontrando a los peregrinos reunidos en San Pedro para la audiencia general de aquel miércoles, 5 de junio de 1968. «La fe exige acción» acababa de decir el Papa y da al hombre «el sentido de la vida y de las cosas, la esperanza de la obra sabia y honesta, la fuerza de sufrir y amar».

Fue en ese momento cuando Montini, en inglés y después en italiano, dio la noticia del atentado y de la agonía del hombre político que había encontrado el 4 de febrero de 1967 y que definió, con la voz quebrada por la emoción como «joven hombre que se estaba ofreciendo a sí mismo al servicio público de su país». Pocas horas más tarde, con solo cuarenta y dos años, moría Bob Kennedy.

Se repetía así, también por las circunstancias nunca del todo claras, el destino del hermano John, que Pablo VI había recordado el mismo día del asesinato en Dallas, el 22 de noviembre de 1963, con palabras transmitidas por la ABC, la red televisiva más difundida de Estados Unidos; y el de Martin Luther King. Un asesinato «vil y atroz», este, «que pesa en la conciencia del mundo» y cuyo recuerdo el Papa había llegado a unir «al de la trágica historia de la Pasión de Cristo» al final de la homilía del domingo de Ramos el 7 de abril de 1968, tres días después del atentado de Memphis que había apagado la vida del pastor protestante de treinta y nueve años que luchaba por los derechos civiles de los afroamericanos.

Tres figuras de cristianos que Montini asoció explícitamente el 9 de junio de 1968, hablando antes del Ángelus dominical. De ellos, dijo Pablo VI, «haremos bien en recordar la voz, a favor de los pobres, los desheredados, los apartados, del urgente progreso, en una palabra, de la justicia social, conseguida no con la violencia y con la lucha disconforme entre ciudadanos y hermanos, sino con la afirmación enérgica y coherente de la libertad, la hermandad y la responsabilidad».

Esa terrible noche en las cocinas del Ambassador de Los Ángeles, donde Bob Kennedy era festejado por el personal del hotel, fue Juan Romero, una camarero mexicano de diecisiete años, quien puso en la mano del senador moribundo un rosario. De su recuerdo, ahora confiado a los medios, y de las palabras de Montini medio siglo después, se siente como nunca la falta.

g.m.v.

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21 de Junio de 2018

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