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En memoria de Pío XII

· Quincuagésimo aniversario de la muerte del Papa Pacelli ·

En las primeras horas del jueves 9 de octubre de 1958, hace medio siglo, fallecía Pío XII. La muerte le llegó, después de una enfermedad larga e intermitente, cuando estaba a punto de cumplirse el vigésimo año de su pontificado, un pontificado difícil y grande que supo atravesar el período más oscuro del siglo xx, el de la consolidación de los totalitarismos, del exterminio del pueblo judío en el corazón de Europa, de la más espantosa tragedia bélica de la historia, y de la sucesiva división del mundo en campos fuertemente contrapuestos durante la guerra fría. El Papa romano, cuya figura alta y hierática era ya familiar al mundo gracias a los nuevos medios de comunicación, murió en cambio en la soledad nocturna de la residencia pontificia de Castelgandolfo, traicionado por su médico que, de forma ignominiosa, vendió las imágenes de su agonía.
Eugenio Pacelli nació el 2 de marzo de 1876 en la Roma que acababa de convertirse en italiana, mientras se estaba concluyendo el larguísimo pontificado de Pío ix. Joven sacerdote, entró al servicio de la Santa Sede, siguiendo la tradición de su familia. Desde entonces, su vida estuvo aún más íntimamente vinculada a la Iglesia de Roma, a la diplomacia pontificia y a su obra de paz:  primero en los organismos vaticanos; luego en las nunciaturas alemanas durante el tiempo oscuro en el que -junto con intentos de revolución comunista- surgió y maduró el nacionalsocialismo; y, una vez más, definitivamente en Roma. Aquí fue cardenal secretario de Estado de Pío xi; aquí fue elegido como su sucesor en un cónclave brevísimo; era el primer romano -y el primer secretario de Estado- en llegar a ser Papa después de dos siglos.
Pío xii, hombre de paz, cuando se precipitaron los acontecimientos, se vio obligado a ser Pontífice en tiempo de guerra, Obispo inerme de Roma. Y afrontó la tragedia bélica como no hizo ningún líder de su tiempo, incluso frente a la monstruosa persecución contra los judíos, en un silencio consciente y sufrido, cuya finalidad era la eficacia de una obra de caridad y de socorro indiscutible. Como escribió en "The Tablet" el cardenal Montini comentando la denigración del Pontífice, impulsada por un dramaturgo alemán, que estaba difundiéndose:  "Una actitud de condena y de protesta, como la que esa persona reprocha al Papa por no haberla adoptado, hubiera sido perjudicial, además de inútil. Esto es todo". Y el gobierno de la Iglesia debía proseguir. Basta recordar que la encíclica Divino afflante Spiritu , que autorizó la renovación de los estudios bíblicos, fue publicada en plena guerra.
Después de la guerra, prosiguió de forma incansable la obra de paz y de guía del catolicismo, expresada simbólicamente por el Año santo, que se celebró a mitad del siglo -con la proclamación del dogma de la Asunción de María- y por los dos grandes consistorios que iniciaron la internacionalización de una Iglesia cada vez más mundial, mientras continuaban importantes reformas en ámbito doctrinal, litúrgico y ecuménico. Paralelamente, el Papa sostenía, por una parte, la democracia y la oposición al totalitarismo comunista; y, por otra, la incipiente construcción europea.
El peso de la guerra y el deseo de borrar también su recuerdo gravaron pronto sobre la imagen de Pío xii, facilitando tras su muerte la difusión de la leyenda negra de un Papa insensible frente al Holocausto o incluso filonazi, construcción inconsistente desde el punto de vista histórico antes aún que denigratoria. De forma análoga, la diversidad innegable con su sucesor no autoriza -ni siquiera desde el punto de vista histórico- la contraposición con Juan xxiii que se construyó artificiosamente y que pesa todavía sobre la Iglesia, minando su continuidad. La Iglesia a la que Pío xii supo servir hasta el final y que tiene el deber de conservar su memoria.

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