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En la tumba del obispo de los pobres

· Con un parada imprevista empieza el viaje del Papa a Chile ·

El rostro sonriente de los tres niños que acogen al Papa Francisco con un ramo de flores en la mano son el primer fotograma que describe de forma metafórica los verdaderos protagonistas de los desafíos que el continente latinoamericano debe afrontar en el futuro. Chile es una nación demográficamente joven, cuya historia celebra precisamente dentro de algunos meses los doscientos años de independencia.

Empieza aquí, desde el final del mundo, el 22º viaje internacional, el sexto en América Latina, del Papa Francisco. El boing 777 de Alitalia con el Pontífice a bordo aterrizó antes de los previsto en Santiago, a las 19.20 hora local, después de casi quince horas de un vuelo largo, larguísimo.

Al principio del viaje el Papa, como es habitual, saludó a la tripulación y a los periodistas a bordo: «Gracias por vuestro trabajo que será arduo: tres días en un país, tres días en el otro. Para mí no será tan difícil en Chile porque estudié allí un año, tengo muchos amigos, y conozco bien –bueno, bien... conozco más—. Sin embargo Perú lo conozco menos, porque he ido dos o tres veces a congresos, encuentros».

Se detuvo con todos los trabajadores de la información durante 45 minutos saludando y dedicando atención uno a uno y se escuchó que le preguntaron si tenía miedo de una guerra nuclear: «Sí, tengo realmente miedo», dijo. Francisco también hizo distribuir a los presente una fotografía tomada en 1945 en Nagasaki después de la explosión atómica. Una foto fuerte, muy dura, en la que se ve a un niño que lleva en la espalda a su hermano muerto. En el reverso el Papa ha escrito «...el fruto de la guerra». Y explicó a los periodistas: «La encontré por casualidad. Fue tomada en 1945, en el reverso están los datos. Hay un niño, con su hermano pequeño muerto en la espalda, mientras espera su turno delante del crematorio, en Nagasaki, después de la bomba. Yo me conmoví cuando la vi, y osé solamente escribir: «El fruto de la guerra». Y pensé hacerla imprimir y darla, porque una imagen de este tipo conmueve más que mil palabras. Por esto he querido compartirla con vosotros». Al aterrizar en Santiago, a bordo del avión el Pontífice saludó al nuncio apostólico, al arzobispo, Ivo Scapoli y al jefe de protocolo. Al bajar después las escaleras, Francisco fue recibido por la presidenta de la República Michelle Bachelet, el cardenal Ricardo Ezzati Andrello, arzobispo de Santiago, y del obispo Santiago Silva Retamales, presidente de la Conferencia episcopal de Chile. En el aeropuerto la ceremonia de bienvenida se desarrolló con gran sobriedad bajo un atardecer sugerente con la cordillera de los Andas como fondo, sin discursos oficiales, con la presentación de las delegaciones y el fondo musical de los niños del coro. Algunos de ellos se acercaron para abrazar al Papa.

Al finalizar Francisco subió a un coche cerrado para hacer solamente el primer tramo de los 24 kilómetros que separan el aeropuerto del arzobispado, donde reside. Una primera parada en la parroquia San Luis Beltrán en la periferia de Santiago, donde está la tumba del padre Enrique Alvear Urrutia, el «obispo de los pobres», pastor y profeta de la Iglesia en Chile. Autor de una teología sólidamente tomista y eminentemente pastoral, concentrada en la acción y en la caridad hacia el hombre al servicio de la evangelización, Alvear Urrutia es uno de los pensadores más originales, creativos y fecundos de la Iglesia en América Latina que con los años ha madurado la conciencia de ser signo al mismo tiempo que contradicción y de confrontación con el mundo moderno. Su preocupación misionera y su amor por los pobres lo llevan a crear diversas pequeñas comunidades cristianas en la periferia de la gran ciudad a partir de los años cincuenta. El Papa se recogió en oración delante de su tumba y dedicó su recuerdo privado a esa Iglesia que sabe dar sentido al amar de Jesús en medio de los hombres y dona su testimonio. Esperaban al Papa algunos parroquianos de Pudahuel, barrio periférico de Santiago. Por las calles del recorrido que lo llevaron a la nunciatura, Francisco saludó desde el papamóvil a muchas familias y pudo ver las evidentes diferencias entre las personas en un lugar donde a menudo la pobreza está a la vuelta de la esquina. En el «país delgado», de hecho, como lo definía Pablo Neruda, basta moverse poco para pasar de la belleza y la modernidad de los barrios acomodados, al gris uniforme de las chabolas de los más débiles donde el intercalarse entre la geografía de la riqueza y la geografía de la pobreza es interrumpida de vez en cuando por grandes murales con niveles de expresión artística notables. La arquitectura se convierte en espejo de una de las capitales con la más alta tasa de desigualdad en el mundo en la que, según estimaciones recientes del Banco mundial, el 10% más rico de la población tiene una renta 27 veces superior al del 10% más pobres.

Santiago, con poco más de diez millones de habitantes, es la capital y el centro urbano más importante de Chile. Es una ciudad multicultural y cosmopolita que está viviendo una fase de grandes transformaciones sociales y urbanísticas, proyectada sobre un futuro que, aun no garantizado, es mirado con optimismo. Los rostros alegres de las personas por los caminos de Santiago han acompañado el papamóvil del Pontífice hasta la llegada a la nunciatura, en esta primera degustación de vida chilena. 

De nuestra enviada Silvina Pérez

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15 de Septiembre de 2019

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