Aviso

Este sitio usa cookies...
Las cookies son pequeños archivos de texto que nos ayudan a mejorar su experiencia en nuestro sitio Web. Al usar cualquier parte del sitio web, usted acepta el uso de cookies. Encontrará más información acerca de las cookies en las Condiciones de Uso.

En la taracea de los vínculos

Una reflexión sobre la familia, en este tiempo en que la Iglesia se está interrogando, es una ocasión importante, pero por cierto difícil, considerando la fase histórica que estamos viviendo. Es necesario observar cada circunstancia con una mirada espiritual que capte su dinámica de salvación. 

Lladró, “Navidad” (Valencia)

La revelación evangélica ilumina la oscuridad del tiempo, desenmascara, desestabiliza para liberar, para purificar. No considera la forma, sino la sustancia. No exige observancia, sino conversión. También el tema tan delicado de la familia no puede evitar este punto de vista. Por tanto, hay que considerar ante todo el matrimonio cristiano como “escuela de humanidad” y de transformación interior. A partir del Génesis, la pareja hombre y mujer es considerada en su unicidad dinámica. “El hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán una sola carne” (Génesis 2, 24). El término hebreo basar, carne, se refiere al ser vivo en su conjunto. El hombre y la mujer expresan una complementariedad que abarca todos los aspectos humanos: físico, psíquico y espiritual. El Génesis alude a una unidad originaria que precede a la división sexual. Dios es uno, el hombre creado a imagen de Dios es uno: “Creó Dios al ser humano a imagen suya”. Pero luego puntualiza: “Macho y hembra los creó” (Génesis 1, 27). Dios imprime en el hombre el principio masculino y el principio femenino que lo constituyen. Divide para distinguir y permitir la relación. También el relato de la creación de la mujer alude a una unidad originaria. El término hebreo tzela significa una de dos partes emparejadas, como las dos hojas de una puerta. En latín, costa tiene el significado de “costado”. El costado está constituido por dos parte simétricas juntas. El vir (ish) y la mujer (ishá) son las dos partes del hombre originario que es uno en sí mismo. Adán remite a tierra (adamá), a sangre (dam), pero ish e ishá remiten al fuego (esh), son potencias divinas. Esta unidad originaria volverá a aflorar en el cumplimiento: “En la resurrección no se tomará ni mujer ni marido, sino que serán como ángeles en el cielo” (Mateo 22, 30). Desde el punto de vista etimológico, sexo significa “corte”: el sentido de la división sexual remite, pues, al carácter relacional. El anhelo profundo de todo ser humano es el de reunificar en sí mismo estos dos principios, pero el recorrido de la integración y de la armonización es largo e implica la transformación del eros en ágape. Al fuego de la pasión lo impulsa la carencia, y quema y consuma. El ágape, en cambio, irradia la luminosidad de la plenitud que surge del injerto en el origen. El punto de llegada y de acabamiento es la Encarnación. Jesús es la realización, el ser humano en el que lo masculino y lo femenino se armonizan en el amor. Se presenta solo, sin mujer ni hijos, y su amor se irradia a toda la humanidad. Constituye una ruptura con la tradición veterotestamentaria en la que la generación biológica, la posteridad y los lazos de sangre tienen un papel central. El Hijo sabe que fue generado por el Padre y que su misión es transmitir la vida divina. Este es el salto de categoría, el cambio de mentalidad necesario. “Estos son mi madre y mis hermanos. Pues todo el que cumpla la voluntad de mi Padre celestial, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre” (Mateo 12, 49-50). Jesús marca el paso de la tradición de la familia fundada en los lazos de sangre a la novedad de una comunión en el Espíritu. La revelación evangélica constituye una fuerza dinámica que impulsa la conciencia hacia un inmenso paso: la dimensión psicofísica está llamada a confluir en el plano espiritual. Las fases que preceden a esta plenitud implican contradicción. Formas relacionales que incluyen errores, caídas, pero en las que crece el amor. Oposiciones, conflictos y fracasos se sitúan en la línea que une origen y acabamiento, inocencia y conciencia. Cada estadio de lejanía y de pecado está en esta línea, no fuera de ella. Cada etapa, con sus avances y sus retrasos, se adecua a la tensión que impulsa la historia de la salvación. La familia atraviesa los remolinos psíquicos que golpean la esfera emotiva, afectiva y sexual, pero el sacramento del matrimonio mantiene vivo el germen del espíritu en el alma. La relación conyugal, aunque sea conflictiva, se ha de considerar siempre en relación con sus potencialidades de amor. Pero no se puede poner en primer lugar la salvaguardia de la pareja, sino la dignidad y el crecimiento de la persona humana. El sacramento acompaña, no abandona en la prueba, ni siquiera en los fracasos, pero nadie conoce cuáles etapas son necesarias para disolver la dureza de los corazones. “Lo que Dios unió no lo separe el hombre” (Mateo 19, 6; Lucas 10, 9). Dios une mediante el amor, y donde no hay amor, hay opresión, abuso, violencia. No es Dios quien une, sino el ego que domina. El amor une, no vincula, da la libertad de los hijos de Dios. “Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mateo 18, 20). La presencia de Jesús es amor encarnado, florece en la humanidad, se expande. El mandamiento es un solo: “Amarás a Dios y a tu prójimo como a ti mismo”. El plano espiritual que obra verticalmente, cuanto más reconcilie al ser humano consigo mismo y con Dios, tanto más obrará horizontalmente favoreciendo relaciones de comunión. En el centro hay que poner la comunión de cada uno con la fuente del amor, que es Cristo. La gracia obra en la taracea de los vínculos para romper las cadenas, desatar los nudos psíquicos de la posesión, de la dependencia, etc. El sacramento establece la unión del hombre y la mujer en Cristo, pero se convierte en instrumento de profunda transformación psíquica y espiritual a través de quien acepta entregarse a sí mismo, de quien decide fiarse: “El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará” (Mateo 10, 38). Los sacramentos son ayudas, instrumentos de conversión que actúan en la oscuridad del alma. La Iglesia los administra, pero la salvación se realiza misteriosamente por obra del Espíritu Santo. No requieren condiciones particulares, sino la sinceridad de corazón, el sentimiento de necesidad: “Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso” (Mateo 11, 28). A Jesús no le interesan los siete maridos de la samaritana, sino su infinita sed de amor. En el discurso del Papa Francisco, al final del Sínodo, conmueve su mención de varias tentaciones, sobre todo la “tentación de transformar el pan en piedra y tirarla contra los pecadores, los débiles y los enfermos”. Es preciso distinguir entre el don y la eficacia. El don es para todos, mientras que la eficacia depende de la respuesta a la acción de la gracia. El mismo bautismo es como una semilla sembrada que, sin embargo, no siempre es fecunda. Sabemos muy bien cuánta resistencia y cuántos obstáculos suelen surgir, y solamente la misteriosa economía divina conoce los tiempos y los modos de la entrega: “A todos debe llegar el consuelo y el estímulo del amor salvífico de Dios, que obra misteriosamente en cada persona, más allá de sus defectos y caídas” (Evangelii gaudium, 44). La Iglesia, con razón, propone “realizar itinerarios de acompañamiento de la persona y de la pareja” (Relación, 36), pero la mayor ayuda para favorecer la acción del Espíritu Santo en el alma sigue siendo la escucha, la cura animarum. El documento conclusivo del Sínodo invita a contemplar la Sagrada Familia, pero es importante tratar de desentrañar los mensajes profundos que cela la sencillez de la vida de Nazaret. La Sagrada Familia está constituida por una madre virgen y un padre putativo. Dos mensajes extraordinarios, que son el fundamento del viraje evangélico. Hay un nexo teológico que une a la joven virgen de Nazaret a la virgen hija de Sión evocada por los profetas. Jerusalén no responde al amor, traiciona a Dios con los ídolos. La figura profética de la virgen hija de Sión alude, en cambio, a la fidelidad a la Alianza: María realiza la espera profética. La virginidad recuerda, ante todo, la virginitas cordis, la fidelidad absoluta al amor divino que purifica el corazón. La virgen madre, encarnada por María, expresa el paso de una maternidad psíquica, dominada por los mecanismos egoístas de la posesión, a la realidad de una maternidad espiritual que requiere una humanidad purificada de la concupiscencia y la seducción, humilde, abierta a la acción de la gracia. María escucha, acoge la maternidad inmaculada concebida en ella por el Espíritu Santo, calla, guarda en el corazón el misterio. Por su parte, el padre putativo es una verdadera ruptura con el contexto cultural patriarcal, por cuanto expresa la renuncia a la forma de poder masculino identificada con el poder generativo. Se trata de una renuncia al derecho de propiedad respecto a la mujer y a la prole, para dar cabida a la guía y a la protección. La familia de Nazaret no se funda en lazos de sangre, sino en la acción del Espíritu Santo. La venida del Espíritu Santo sobre María es el primer bautismo de fuego. La concepción espiritual que toca la vida biológica requiere corazones purificados. La Sagrada Familia, mediante la vida humana, transmite la vida divina: los hijos no son una propiedad, son hijos de Dios. Poner en el centro a la Sagrada Familia significa participar en una dinámica familiar nueva en la que el valor supremo es hacer florecer, mediante la vida biológica, la vida espiritual. La virgen madre y el padre putativo deben ser asimilados a nivel simbólico para abrir brechas en la realidad psíquica, para crecer en ella y poder encarnarse. El matrimonio cristiano solo puede comprenderse en términos de evolución espiritual. El Evangelio habla a la persona humana, para cada uno tiene una clave de acceso. Hoy, a causa de las contradicciones y los peligros que está viviendo el mundo, como afirma el Papa Francisco, se necesita una acción orientada a las periferias de la humanidad. Es tiempo de expansión del amor. Precisamente porque el sufrimiento es grande y los viejos equilibrios se están desplomando, el impulso a ir más allá es más fuerte. Por tanto, los “desafíos pastorales de la familia” que se plantean a la cristiandad consisten en ayudar a interiorizar modelos espirituales de maternidad y paternidad para que se activen en la psique. La familia, tal como está constituida, está atravesando una crisis irreversible, y no es posible permanecer aferrado a viejas estructuras que se basan en contradicciones e hipocresías. Las condiciones socioeconómicas han cambiado, pero la psique aún se apoya en modelos plasmados por el derecho patriarcal y por el consenso silencioso de las mujeres. La emancipación femenina ha roto este esquema precisamente en culturas cristianas, mostrando cómo el actual modelo de desarrollo es inadecuado para el crecimiento humano. La acción salvífica madura, desestabilizando. En este vacío afloran laceraciones y peligros, hay miedo y desconfianza entre los sexos. Se crean círculos virtuosos de género para reencontrar la identidad. Las mujeres han comenzado este fenómeno sintiendo la necesidad de conocerse a sí mismas, de reconocerse unas en otras, de hablar una lengua común, y de redescubrir la sacralidad del cuerpo expropiado por una cultura que mercantiliza. Ha aparecido una nueva subjetividad que todo el tejido social, incluida la Iglesia, está obligado a afrontar. Esto ha comportado una reacción fuertemente agresiva por parte de hombres que se han sentido expropiados de un derecho adquirido y considerado natural: los hombres aceptan con dificultad examinarse a sí mismos, elaborar su propia identidad profunda. Hay un extraordinario modelo evangélico: el padre del hijo pródigo, imagen por excelencia del amor y de la misericordia divina. Aunque tenemos muchos ejemplos, incluso entre los jóvenes, de hermosas familias en las que se viven relaciones armoniosas visiblemente amorosas, paritarias, exentas de abusos, las dificultades relacionales familiares, también en el ámbito cristiano, son cada vez más grandes y complejas, como testimonian los casos frecuentes de separación y divorcio. Conflictos de pareja, hijos desorientados y problemas económicos pueden ser la causa de una cerrazón a veces irreversible. En primer lugar, está en crisis el deseo de maternidad. El desarraigo de la naturaleza, los modelos propuestos por los media y las condiciones socioeconómicas están extirpando el deseo materno, como si se hubiera interrumpido la transmisión de madre a hija. Muchas jóvenes se sienten perdidas, solas, tiene temor a la maternidad. La apertura a la vida implica una dilatación de amplio alcance, porque no puede referirse exclusivamente a la fecundidad biológica. Implica una mirada capaz de vislumbrar la belleza, de tener confianza. Pero si falta esto, predomina el miedo, que encierra a la persona en sí misma. Lo materno se desarrolla en la intimidad, dentro de un espacio custodiado que acoge y protege. Implica escucha, cuidado y ternura. Pero en las casas vacías en las que los hijos se las arreglan y a las que los padres vuelven cansados, en las que ya no hay deseo de hablar, ¿cómo puede desarrollarse el sentido maternal? La cultura que masifica, empuja siempre afuera, provocando graves consecuencias a nivel psíquico y espiritual. Dispersión, alienación y pérdida del sentido de lo sagrado. La familia está en crisis porque el ser humano está en crisis. Pero precisamente en este punto de extravío, se abre el camino espiritual gracias al cual puede activarse una regeneración. Jesús da a la humanidad el Consolador. El Espíritu Santo es la maternidad divina que debe aparecer en las tinieblas del mundo. La Virgen Madre, que encarna María, pide encarnarse en cada mujer. Amor en acto fuertemente dinámico en quien se entrega a sí mismo y se abre. Interviene en cualquier necesidad, y su obra materna no falta nunca. La potencia misma del bautismo de fuego transforma en criatura nueva. Solo pide dejarse amar por el amor. A lo largo de recorridos interiores, que excavan en estos remolinos de dolor y despejan inmensos espacios de oscuridad y egoísmo, será posible el salto de calidad al que llama el Evangelio. Precisamente cuando todo vacila, el Espíritu da firmeza y solidez, porque conduce íntimamente a Cristo. La oración y el silencio son cada vez más necesarios. Cuando un miembro de la familia se abre, se transforma en un canal de esta obra de santificación. No puede sucederles a todos juntos. Las mujeres están más involucradas, porque son más sensibles, conscientes y receptivas, porque han aceptado romper los engranajes de hábitos connaturales. Cuanto más tomen conciencia de esto, tanto más la firmeza interior y espiritual las dispondrá a ayudar a los hombres a abrirse, a ponerse en camino. Juntos deberán recuperar la confianza. También la Iglesia debería escuchar más a las mujeres, llamarlas a aportar su experiencia en situaciones en las que hay que tomar decisiones. Precisamente por su función materna, necesita la voz femenina.

Antonella Lumini

La autora

Hace más de treinta años una fuerte llamada al silencio y a la soledad impulsó a Antonella Lumini (Florencia, 1952) a vivir una vida de escondimiento en el mundo. Su única regla consiste en perseguir un equilibrio entre la búsqueda interior y la inmersión en la realidad. Después de una formación filosófica, se dedicó al estudio de la Escritura y de obras de espiritualidad. Trabaja a tiempo parcial en la Biblioteca nacional de Florencia, en la que es responsable de la sección de libros antiguos. Organiza encuentros de espiritualidad y meditación. Entre sus libros más recientes figuran Dio è madre (2013) y Memoria profonda e risveglio (2008).

EDICIÓN EN PAPEL

 

EN DIRECTO

Plaza De San Pedro

17 de Febrero de 2020

NOTICIAS RELACIONADAS