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En escucha de la realidad

Ha concluido el tercer sínodo del pontificado de Francisco, vigésimo octava asamblea (entre ordinarias, extraordinarias y especiales) en poco más de medio siglo, desde que Pablo vi creó el Sínodo de los obispos algunas semanas antes de la conclusión del concilio y desde que el nuevo organismo se reunió por primera vez, dos años más tarde. Datos que en sí muestran cómo, entre luces y sombras, esta institución ya ha entrado en la normalidad del catolicismo postconciliar. La praxis sinodal está notoriamente vinculada a los orígenes mismos del cristianismo y a su forma de configurarse ya en la edad tardoantigua, para después caracterizar, en el curso de los siglos y en diferentes modos, la vida y el desarrollo de sus diversas confesiones.

Varias veces Bergoglio ha insistido en la importancia de la sinodalidad y un elogio de esta dimensión lo hizo concluyendo la asamblea dedicada a los jóvenes. Francisco intervino inmediatamente después de la aprobación con amplia mayoría, punto por punto, que duró horas, del largo documento que emergió. Hablando de forma improvisada, el Pontífice volvió a reafirmar que el sínodo «no es un parlamento» sino más bien «un espacio protegido» para que el Espíritu santo pueda actuar. E inmediatamente después añadió: «El resultado del sínodo no es el documento, lo dije al inicio. Estamos llenos de documentos. Yo no sé si este documento fuera tendrá algún efecto, no lo sé. Pero sé con certeza que debe tenerlo en nosotros».

Por dos motivos: porque «somos nosotros los destinatarios del documento, no la gente de fuera» y porque «es el Espíritu quien ha hecho todo esto y vuelve a nosotros», insistió. Comentando después el evangelio en la misa final de la asamblea reunida en el Vaticano durante más de tres semanas, el Papa explicó «el camino de la fe» (y la misma praxis del sínodo, que en griego significa precisamente «caminar juntos»): un «camino» —así se denomina en los Hechos de los apóstoles el mismo cristianismo— ayudado sobre todo por la escucha. «Qué importante es para nosotros escuchar la vida», es decir, «las necesidades del prójimo», exclamó Francisco.

Y, dirigido a los jóvenes, «disculpadnos si a menudo no os hemos escuchado; si, en lugar de abrir vuestro corazón, os hemos llenado los oídos», dijo.

Acentos autocríticos que se encuentran en el largo documento aprobado por el sínodo y que se han repetido varias veces en estas semanas también en el debate en el aula y en los círculos menores, como a propósito de la escasa valoración del papel de las mujeres en la Iglesia. «La fe pasa por la vida», subrayó de nuevo el Papa: no hay que concentrarla, por lo tanto, solo en «formulaciones doctrinales», que no tocan el corazón, o «solo en el hacer», que «corre el riesgo de convertirse en moralismo y de reducirse a lo social», pero debe «realizar la obra de Dios al modo de Dios, en la proximidad», explicó. Sobre la dimensión evangélica de la proximidad representada por la «antigua historia del samaritano», como dijo Montini cerrando el concilio, volvió Francisco en el Ángelus hablando de nuevo del «estilo sinodal» y de la escucha que debe tomar en cuenta la realidad. Porque «es importante que se difunda un modo de ser y de trabajar juntos, jóvenes y ancianos, en la escucha y en el discernimiento para alcanzar elecciones pastorales que respondan a la realidad».

g.m.v.

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19 de Noviembre de 2018

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