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​En el corazón de Nueva York

En Filadelfia, última etapa del tercer viaje americano de Bergoglio, el Papa concluye el Encuentro mundial de las familias. Un tema, el crucial tema de la familia, que está en el centro de sus preocupaciones y del inminente Sínodo, de hecho en varias ocasiones mencionado en este itinerario cubano y estadounidense, durante el cual el Pontífice —como en cincuenta años tres de sus predecesores (en cuatro ocasiones)— habló a la Asamblea general de las Naciones unidas. Enorme interés suscitó en los medios de comunicación internacionales el extenso discurso a los representantes de todo el mundo, pero también impactaron las citas papales en el corazón de Nueva York, que concluyeron con la gran misa en el «Madison Square Garden».

Dios vive en nuestras ciudades y es posible ver su luz sumergirse en las tinieblas, según la imagen de Isaías. Tinieblas y niebla que en la homilía conclusiva de la visita a la gran metrópoli el Papa actualizó con gran eficacia: «El pueblo que camina, respira, vive entre el “smog”, ha visto una gran luz, ha experimentado un aire de vida». Y saber que Jesús —consejero maravilloso, Dios fuerte, Padre para siempre, Príncipe de la paz, según la descripción profética— camina en esta única historia de salvación colma de esperanza: induciendo al encuentro con los demás, mostrándose presente en la cotidianidad como lo intuyó Teresa de Ávila, misericordioso, dador de la paz verdadera.

Palabras que parecían hacer eco y sintetizar el encuentro, sencillo y conmovedor, del Pontífice con algunas familias de inmigrantes —sobre todo niños y jóvenes ayudados por las Cáritas católicas— en una parroquia de Harlem, uno de los barrios neoyorquino más desfavorecidos y difíciles: donde no hay alegría allí actúa el diablo, porque, por el contrario, Jesús trae y quiere la alegría, dijo. Pero la presencia de Dios es visible también en las realidades más trágicas, donde «el dolor es palpable». Como en el impresionante memorial del 11 de septiembre en la Zona Zero, allí donde se elevaban las Torres Gemelas y donde ya Benedicto XVI había rezado en el frío de una gris mañana de abril.

En un lugar que ahora la voluntad y la memoria de los neoyorquinos supieron transformar admirablemente, mostrando de este modo la atroz herida causada por quien cometió la injusticia y el fratricidio. Aquí el Papa participó en un conmovedor testimonio de paz y de oración junto a mujeres y hombres de diversas religiones —hinduistas, buddistas, sijes, cristianos, musulmanes y judíos— que permanecerá entre los símbolos más significativos del pontificado, «signo potente de nuestras ganas de compartir y reafirmar el deseo de ser fuerzas de reconciliación, fuerzas de paz y justicia en esta comunidad» y en todo el mundo.

Y a la comunidad mundial —como Pablo VI por primera vez hace cincuenta años, el 4 de octubre de 1965— Francisco se dirigió directamente. Con un discurso a las Naciones Unidas, tan amplio como importante, que, incluso sin ocultar los límites y los problemas abiertos, resonó como un apoyo claro a la institución, en el sentido que «si hubiera faltado toda esta actividad internacional, la humanidad podría no haber sobrevivido al uso descontrolado de sus propias potencialidades» dijo el Papa al inicio de su larga intervención.

El ambiente, los excluidos, la guerra, los armamentos, la vía de la negociación, el narcotráfico son los puntos principales desarrollados por Bergoglio, que al concluir quiso hacer suyas las palabras finales del histórico discurso de Montini: «El peligro no viene ni del progreso ni de la ciencia, que, bien utilizados, podrán resolver muchos de los graves problemas que afligen a la humanidad. El verdadero peligro está en el hombre, que dispone de instrumentos cada vez más poderosos, capaces de llevar tanto a la ruina como a las más altas conquistas. En una palabra, el edificio de la civilización moderna debe levantarse sobre principios espirituales, los únicos capaces no sólo de sostenerlo, sino también de iluminarlo».

Giovanni Maria Vian

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26 de Agosto de 2019

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