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En busca de Jesús

· En la película «Cuerpo celeste» ·

En los últimos tiempos el cine en Italia ha dado señales significativas de interés hacia la Iglesia católica, que se ha convertido en sujeto de algunas películas. Sin duda ello, más allá de discusiones y polémicas, es un signo de renovada curiosidad y de innegable vitalidad de la relación entre la cultura italiana y el catolicismo. Se ha hablado sobre todo de Habemus Papam —de Nanni Moretti—, también porque afronta un tema —la elección del pontífice— que desde siempre atrae la curiosidad general, pero mucho más intenso e interesante es el exordio de Alice Rohrwacher, Cuerpo celeste , presentado en Cannes, relativo a las condiciones de la Iglesia y de los fieles en una región bellísima, pero devastada por un proceso de modernización monstruoso, como Calabria.

El tema se declina a través de la mirada de Marta, una jovencita que sigue un curso de preparación a la Confirmación y cuya familia, de origen calabrés, ha vivido hasta poco antes en Suiza. Una distancia que permite captar, a través de los ojos de la protagonista, los aspectos más grotescos y pobres de una realidad cultural y religiosamente atrasada, pero que expresa también la genuina necesidad de un encuentro verdadero con Jesús por parte de una joven confusa y desorientada.

De hecho, aún con una mirada crítica sobre la realidad de una Iglesia local y de un clero que se resienten fuertemente de la degradación humana de la que forman parte —amargamente magistrales son las escenas del “baile de las vírgenes” preparado para la fiesta de la Confirmación, en el que niñas con largos vestidos azules repiten ingenuamente movimientos de clara remisión sexual de matriz televisiva—, el film cuenta también una realidad distinta.

En esa condición social y cultural, eficazmente representada por el escenario de horribles periferias y viaductos, la Iglesia permanece como la única institución que da identidad, que ofrece un contexto colectivo donde reconocerse y un lugar para encontrarse en comunidad. El único asidero para pedir consuelo en los momentos críticos y ayuda material en caso de dificultad. Las escenas de una procesión, las lecciones de preparación a la Confirmación, la modestia misma de la figura del párroco —en muchos aspectos una buena persona, pero absolutamente desinteresado tanto de la formación de los jóvenes como de la vida de la parroquia—, quieren indicar hasta qué punto la respuesta de la Iglesia es, no raramente, inadecuada para las enormes necesidades de una sociedad tan debilitada y frágil.

En la cinta el párroco se ocupa sólo de propaganda electoral y de su teléfono móvil que suena constantemente, con la esperanza de que le dé la noticia de la anhelada promoción que le lleve lejos de allí, a una posición más favorable para la carrera eclesiástica a la que aspira; mientras que la sencilla ignorancia de la catequista transforma el curso de Confirmación en una especie de patética payasada. Sin embargo, puesto que la necesidad de una verdadera experiencia religiosa es sincera y fuerte —necesidad bien representada por la chiquilla, que pregunta a todos qué significan las últimas palabras de Jesús en la Cruz, que le han enseñado en una lengua antigua y para ella misteriosa—, también en esta situación se abre camino la esperanza, que toma el rostro de Jesús.

Es el propio párroco quien decide sustituir el horrible crucifijo de neón que pende en la fea iglesia moderna con otro “figurativo” que, aún haciéndose eco en la definición de la jerga del mercado del arte, tiene el poder de una verdadera presencia sacra, como Marta reconoce. Aunque después el crucifijo —traído de un antiguo pueblo abandonado, donde en cambio la belleza áspera de la naturaleza se conjuga bien con la arquitectura pobre, pero humana, de las casas— se perderá durante el traslado, no se extraviará la petición sincera de encuentro con Jesús nacida en la comunidad que se reúne en el insignificante edificio de la parroquia.

Una petición representada, en su sencilla fuerza originaria, por la protagonista. Pero aunque al final huirá ante la Confirmación, alejada por la incomprensión del contexto débil de la Iglesia local, la película abre el corazón a la esperanza. Jesús, aquél representado por el crucifijo “figurativo” —el único objeto sacro que permite reconocerle e instaurar una relación con él—, todavía está vivo en los estratos profundos de nuestra sociedad y de nuestra cultura. Sólo hay que saberlo buscar.

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22 de Febrero de 2018

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