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En bosques y ciudades

· En los orígenes de una vocación florecida después del concilio Vaticano II ·

En una mansión señorial, Villa Fabri en Trevi, situada en un predio en pendiente que se asoma al valle de Spoleto, decorada ricamente con frescos de comienzos del siglo XVII, en el así llamado salón de los Ermitaños hay una pintura de una verdadera Tebaida (desierto egipcio), que representa, junto a los ermitaños, a cuatro ermitañas en la gloria: María Magdalena, la penitente, María Egipciaca, Sofronía Tarentina y Dimpna. En los recuadros de abajo se pueden leer, escritos en buen latín clásico, tanto el relato de su historia como el elogio de sus virtudes.

“Magdalena, hermana de santa Marta, / ostentación, alegrías y lujuria aleja. / Desiertos los lugares, los ángeles compañeros, / alarga el oído al canto sobrehumano. // Sofronía graba en un tronco vida y nombre, / agotada expira en un lugar desierto. / Inanimado su cuerpo, las aves / lo cubren con atenciones y hojas y hierba. // Dimpna rechaza al padre incestuoso, / con Gerberno recala en sitios inaccesibles. / A Gerberno la muerte le quita el siervo, / a la virgen el padre trunca la cabeza. // A María Egipciaca por el sol oscura y fea / Zósimo la descubre en lugar oculto. / El alma va, por Cristo tomado el cuerpo, / la fosa del león es lecho y tumba”.

Como sucede con los otros cuatro ermitaños, en las medialunas están representadas las alegorías de la pobreza, la castidad y la obediencia. Las alegorías son síntesis de las virtudes encarnadas de manera heroica por las cuatro santas. Sofronía de Tarento, venerada como anacoreta y mártir, es la única italiana. Vivió en el siglo IV en Pulla. Cuando alcanzó la mayoría de edad, decidió escapar de casa y seguir el ejemplo de santa Pelagia, es decir, vivir como anacoreta y penitente. Por esta razón desembarcó en las Islas Cherardi, entonces llamadas Pelagias, donde habían construido una iglesia en honor de Pelagia. Allí edificó una choza con ramas y troncos. Pasaba el día meditando en las cosas divinas, conversando con los ángeles, ayunando y escribiendo sus memorias en el tronco de los árboles. Precisamente en esta actitud está representada en Trevi y en San Pedro Mandurino en Manduria. Cuando murió, las aves cubrieron su cuerpo con flores y fronda. Algunos pescadores, desembarcados en la isla y atraídos por el perfume de las flores que la recubrían, descubrieron el cuerpo exánime de Sofronía y lo trasladaron a Tarento, donde le dieron digna sepultura. Su fiesta se celebra el 10 de mayo.

Sofronía no era la única: la presencia de ermitañas está testimoniada desde los primeros siglos del cristianismo. Los ermitaños aparecieron por primera vez en el siglo III en el desierto de Tebaida. Después de haberse esparcido por Palestina y, por tanto, por todo Oriente, a partir del siglo V también se encuentran en Occidente, donde el “desierto” de nuestros ascetas fueron las selvas, los bosques o las cavernas naturales. El movimiento monástico femenino en Italia comenzó a difundirse, con algunas excepciones, a partir del siglo VI, dando vida a grupos ascéticos, como recuerda Gregorio Magno refiriéndose a Spoleto, donde Gregoria recibió el hábito monástico del famoso monje Isaac el Sirio, un ermitaño oriental que se había radicado en el monte Luco. Pero hasta la baja Edad Media, los testimonios seguros de ermitañas que vivían en bosques o en grutas naturales son poquísimos. No hay que olvidarse de que para llevar ese estilo de vida, en plena Edad Media, algunas mujeres debieron travestirse. Según la hagiografía del desierto, cerca de Alejandría de Egipto, desde la mitad del siglo V hasta el comienzo del siglo siguiente vivían al menos seis vírgenes “travestidas”: Anastasia, Apolonia, Anastasia, Eufrosina, Hilaria y Teodora. Más tarde vivieron en las mismas condiciones Matruna, Eugenia, Pelagia y Marina. Se trata de una modalidad que se proyecta hasta el siglo XIII, ya que el Martyrologium Franciscanum cita a cuatro o cinco mujeres que vivieron escondidas entre los frailes, como frailes.

Así pues, no es casual que el recuerdo de las ermitañas se haya conservado precisamente en este lugar: el territorio de Trevi acogió al movimiento de las ermitañas desde la baja Antigüedad, como testimonia un epígrafe encontrado en Matigge de Trevi, que recuerda efectivamente a la casta puella Casia Lucía (murió en el año 337). Esta agradable ciudad, en un esperón de las estribaciones de los Apeninos en las regiones de Umbría y Las Marcas, está situada casi en el centro del Valle de Spoleto, uno de los numerosos lugares del espíritu donde el fenómeno de los ermitaños y las ermitañas comenzó en la baja Antigüedad, sobre todo por la fascinación de Monteluco, el monte que domina la ciudad. Los ermitaños, que en ese monte y durante siglos habían testimoniado un estilo de vida que conjugaba la organización solitaria oriental con la cenobítica occidental, fundada en el ora et labora, alrededor del año 1000 se adhirieron a la reforma de Cluny. Así, en muchas de sus ermitas, a comienzos del siglo XIII, entraron mujeres que se habían adherido al movimiento penitencial generalizado en toda Europa. En Spoleto –encrucijada de experiencias religiosas–, este movimiento fue particularmente vivaz y generó una serie de comunidades de “bizzocali” (gazmoñas) que, al principio, ocuparon las pendientes del Monteluco. En los albores del siglo XIII las fundaciones de ermitañas que se habían establecido en el Monteluco y a lo largo de las murallas de la ciudad eran quince, y la mayor parte había mantenido su identidad eremítica. Y esos lugares de oración, todos situados en un radio de menos de un kilómetro de la ciudad, por una extraña coincidencia habían terminado por ocupar casi todas las colinas que para los habitantes de Spoleto constituían un panorama de los cuatro puntos cardinales: así se había formado un singular cinturón espiritual protector con funciones apotropaicas, lo correspondiente al cinturón urbano medieval que, precisamente por aquellos años, se estaba llevando a término.

Mientras tanto, el movimiento penitencial femenino prosperaba también en las ciudades vecinas: en Montefalco habían surgido cinco fundaciones de carácter “bizzocale”; dos en Bevagna; dos en Spello; y una en Trevi. No hubo figuras notables –como Franca, ermitaña del siglo XI en Las Marcas; Celidonia, ermitaña en el Valle del Alto Aniene; o Sperandia, penitente, asceta y peregrina venerada en Cingoli, solo por lo que respecta a Italia central–, pero su estilo de vida puede considerarse impresionante. Instrumentos de santificación, comunes en los diferentes “bizzocaggi” (alojamientos), fueron: la meditación sobre la pasión de Cristo, la penitencia, la disciplina y la sustentación confiada exclusivamente a la limosna que algunas religiosas pedían personalmente de puerta en puerta. Aunque algunas comunidades, que obedecían al obispo, fueron sometidas a una regla agustiniana o benedictina, se trató de una mera cláusula de regularidad y no comportó subordinación alguna a la correspondiente orden masculina.

Después de un breve período de estancamiento, hacia fines del siglo XIII se produjo un florecimiento del movimiento penitencial femenino. Hay que notar que en los reclusorios de esas ermitañas de ciudad, así como en las ermitas recuperadas, después de un período de abandono por parte de los mendicantes, se encuentran las raíces de las “observancias”, en particular la observancia franciscana, que aparecieron entre las postrimerías del siglo XIV y comienzos del siglo XV.

El fenómeno de la reclusión urbana también fue objeto de atención de las autoridades civiles, como muestra la legislación municipal, que dispuso limosnas obligatorias en favor de los recluidos, tanto por parte del ayuntamiento como por parte de los testadores, de manera que este estilo de vida religiosa, debido a sus reconocidas funciones sociales y apotropaicas, se protegió durante mucho tiempo.

Sin embargo, poco tiempo después la presencia de mujeres en esa área, que ya había sufrido una limitación de la autoridad eclesiástica, fue prohibida por la autoridad civil. Las ermitañas, tanto urbanas como montañesas, fueron encerradas en conventos. Las ermitas de Monteluco acababan de ser abandonadas cuando una nueva clase de solitarios volvieron a poblar el monte: eran intelectuales procedentes de toda Europa. También había visitantes deseosos de templar el espíritu, como Michelangelo Buonarroti, que el 18 de septiembre de 1556 escribió a Vasari estas palabras: “He tenido el placer de visitar en las montañas de Spoleto esos lugares apartados, y solo una parte de mí ha vuelto a Roma, porque verdaderamente solo se encuentra paz en los bosques”.

La congregación de Monteluco fue suprimida en 1795 y no volvió a surgir, pero el movimiento eremítico, lejos de haberse agotado, ha vuelto a atraer la atención después del Concilio, hasta tal punto que fue objeto de estudio de la IX asamblea general ordinaria del Sínodo de los obispos dedicada a la vida consagrada (1994). Se reconoce a los ermitaños el derecho de su especificidad en la Iglesia, con la aclaración de que la vocación de los anacoretas o ermitaños de Oriente es diferente de la que se sigue en Occidente: “En las Iglesias orientales la vocación eremítica se considera dentro de los monasterios y está regulada por normas específicas y por la dependencia del superior o del obispo, si se prevé vivir fuera del monasterio”, aunque se admiten excepciones. En la Iglesia latina, en cambio, “el ermitaño es reconocido como alguien dedicado a Dios en la vida consagrada si, con voto o con otro vínculo sagrado, profesa públicamente los tres consejos evangélicos en las manos del obispo diocesano y bajo su guía observa la propia norma de vida”.

El Instrumentum laboris permite saber que después del concilio Vaticano II ha habido un florecimiento de esta vocación, así como “la existencia de muchos ermitaños, clérigos y laicos, y ermitañas que viven en soledad, o en monasterios, o en un eremitorio, o habitan en medio de la gente”. Precisamente estos son los modernos estilos de vida eremítica que se practican un poco en todas partes.

Mario Sensi

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23 de Febrero de 2020

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