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​El sol y la luna

Fueron muchísimas, seguramente algunos cientos de miles, las personas que se volcaron a las calles de Quito para saludar con coloridos pétalos de flores al Papa Francisco en su regreso a América Latina. En un viaje que, después del realizado a Río de Janeiro para la Jornada mundial de la juventud —cita fijada ya por su predecesor, pero que se reveló programática pocos meses después del inicio del pontificado—, es el primero a América decidido por Bergoglio, que visitará Ecuador, Bolivia y Paraguay.

Apenas llegado tras un largo vuelo, el Pontífice fue recibido en el aeropuerto por el presidente ecuatoriano Rafael Correa con un apasionado discurso, en el que, definiendo al huésped un «gigante moral» en el escenario internacional, mostró en otros puntos convergencia con sus preocupaciones. Y fue el Papa mismo quien destacó inmediatamente esta «consonancia», y se presentó como testigo de la misericordia de Dios y de la fe en Jesucristo.

En el Evangelio —dijo, en efecto, Bergoglio— es posible encontrar las claves para afrontar los desafíos de hoy: valorizando las diferencias y favoreciendo el diálogo. Pero con una atención especial a quien es más frágil y a las minorías más vulnerables, que son «la deuda que todavía toda América Latina tiene», añadió. Y en este compromiso, al que se había referido Correa, la Iglesia estará siempre dispuesta a colaborar con el Estado «para servir a este pueblo ecuatoriano que se ha puesto de pie con dignidad», aseguró el Papa.

Entre las cimas andinas del país, la cima imponente del Chimborazo es geográficamente el punto de la tierra más cercano al sol y a la luna, recordó Bergoglio. Y al evocar los dos astros el Papa Francisco hizo referencia a un tema muy querido por él y por su predecesor, observando que en la tradición cristiana ellos son respectivamente imagen de Jesús —«sol que nace de lo alto»— y de la Iglesia. Como la luna, en efecto, ella no brilla con luz propia sino que es iluminada precisamente por Cristo, y cuando se aparta de su luz y se aleja de ella ya no es su testigo, se oscurece.

Para ser, por lo tanto, reflejo de la luz y del amor del Señor el pueblo de Ecuador —concluyó el Pontífice— no debe perder «la capacidad de dar gracias a Dios por lo que hizo y hace por ustedes, la capacidad de proteger lo pequeño y lo sencillo, de cuidar de sus niños y de sus ancianos, que son la memoria de su pueblo, de confiar en la juventud, y de maravillarse por la nobleza de su gente y la belleza singular» del país, que «según el señor presidente es el paraíso», añadió Bergoglio retomando una frase de Correa alusiva también a la necesidad de protegerlo.

g.m.v.

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16 de Septiembre de 2019

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