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El sacerdote ordenado in persona Christi

· El cardenal Parolin en la conferencia sobre el celibato sacerdotal ·

Me urge poner en evidencia la “conveniencia especial” que la Iglesia reconoce entre celibato y sacerdocio. En este sentido, entonces, el celibato es en primer lugar una ocasión de seguimiento discipular y de conformación especial a Cristo. Como los Apóstoles, llamados por Jesús “para que estuvieran con él (Marcos 3, 14), el sacerdote vive la realidad del celibato como un espacio de escucha y de relación privilegiada con el Señor; en el silencio y en la intimidad, el discípulo ve crecer el amor por el Maestro y une la propia vida a la suya, transformándola con vistas a las exigencias de la misión que el Maestro mismo le encomienda. El sacerdote célibe es tal por estar conformado sacramentalmente a Cristo, pastor y siervo, sacerdote, cabeza y esposo de la Iglesia.

Así resulta más fácil comprender cómo el celibato es conveniente para el sacerdote en la misión que se le encomienda, como he recordado más arriba. En el celibato el sacerdote es libre para amar a todos en Cristo, sin vincularse especialmente a nadie. Es una libertad para amar que se concreta no solo en los sentimientos, sino sobre todo en las acciones, que nace en el corazón y fluye en la vida de cada día. Lejos de entender la ausencia de una relación única, o privilegiada, como la matrimonial, por ejemplo, como índice de relaciones “ligeras”, jamás profundizadas, el celibato constituye para el sacerdote la oportunidad de hacerse cargo cada vez, en profundidad y verdad, de las personas y de las situaciones que encuentra en razón de su ministerio.

En una afectividad bien cuidada, tal amor es también libre, en el sentido de que no se convierte en deseo de posesión o apego excesivo; precisamente porque ama a Cristo, el sacerdote, fiel a la propia misión, obra como un instrumento en las manos de Dios, para unir a él y a su Iglesia las personas. Es hermoso ver a personas y comunidades afeccionadas a su pastor, pero gracias a él enamoradas sobre todo de Cristo y dispuestas a continuar siguiendo solo a Cristo.

Un sacerdote que ama en la libertad no teme, pues, traslados o nuevos encargos, aun con la comprensible fatiga humana de la separación de algunas personas concretas. También en el cambio de lugar y situaciones, se percibirá como discípulo encaminado detrás del Maestro, por un camino que es unitario y para siempre, y en esto no percibirá interrupciones o fracturas; el suyo será un ininterrumpido camino discipular, del que cualquier cambio representa una etapa, y en la unidad de él encuentra su racionalidad.

En fin, me agrada pensar el celibato sacerdotal como una libertad para servir. Así como Jesús invitó a los discípulos a no confiar en los bienes y en los instrumentos humanos (cf. Mt 10, 9-10) con vistas a su misión, así también el celibato representa este “viajar ligero” para llegar a todos , llevando solo el amor de Dios. Conformado a Cristo pastor, el sacerdote estará siempre en camino para servir al pueblo.

El celibato es una vocación que en la Iglesia latina se considera especialmente conveniente para quienes están llamados al ministerio sacerdotal. Es la ocasión para que el sacerdote viva una afectividad rica, para su camino personal y para el ejercicio de su misión; no es ausencia de relaciones profundas, sino espacio para ellas. Es un “camino de libertad”, que el discípulo sacerdote realiza junto con Cristo, sostenido y animado por su gracia, en favor de la Iglesia y del mundo. La espiritualidad célibe del presbítero es una propuesta “positiva”, constructiva, que tiende a que el pueblo de Dios tenga siempre pastores radicalmente libres del riesgo de la corrupción y del aburguesamiento.

Al mismo tiempo, reconocer la altura que esta propuesta comporta, no la hace exclusiva. La Iglesia católica, en efecto, jamás ha impuesto a las Iglesias orientales la elección del celibato. Por otra parte, también ha permitido excepciones a lo largo de la historia, como en el caso de los pastores luteranos, calvinistas o anglicanos casados que, acogidos en la Iglesia católica, han obtenido una dispensa para recibir el sacramento del orden. Esto ya sucedió durante el pontificado de Pío XII, en 1951. Más recientemente, en 2009, el motu proprio Anglicanorum coetibus, de Benedicto XVI, autorizó la constitución de ordinariatos en los territorios de la Iglesia latina, donde ejercen exministros anglicanos, ordenados sacerdotes católicos. También después de la intensa emigración de católicos de Oriente Medio, en junio de 2014, el Papa Francisco, con el decreto Pontificia praecepta de clero uxorato orientali, consintió a los sacerdotes casados orientales trabajar en las comunidades cristianas de la diáspora, por tanto, fuera de sus territorios tradicionales, abrogando precedentes prohibiciones.

Además, en la situación actual se evidencia a menudo, especialmente en algunas áreas geográficas, una suerte de “emergencia sacramental”, causada por la falta de sacerdotes. Esto ha suscitado en muchos sectores el interrogante sobre la eventualidad de ordenar a los así llamados viri probati. Aunque la problemática no parece irrelevante, ciertamente no hay que dar soluciones presurosas y solo sobre la base de las urgencias.

Es verdad que las exigencias de la evangelización, juntamente con la historia y la multiforme tradición de la Iglesia, dejan abierto el escenario a debates legítimos, si motivados por el anuncio del Evangelio y conducidos de modo constructivo, con tal que se salvaguarden siempre la belleza y la altura de la elección del celibato.

En efecto, el celibato es un don que requiere ser acogido y cuidado con gozosa perseverancia, para que pueda dar plenamente sus frutos. Para vivirlo proficuamente, es necesario que cada sacerdote siga sintiéndose discípulo en camino durante toda la vida, y a veces necesitado de redescubrir y reforzar su relación con el Señor, y, también, de dejarse “curar”.

Por Pietro Parolin

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18 de Noviembre de 2019

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