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El rostro oscuro de la familia

· Así funciona la casa de acogida para mujeres del P. Aldo Trento en Paraguay ·

Pobre Liza. Pobre Paulina. Pobre Patricia. Todas con las alas cortadas. Golpes, violencia doméstica, abusos. El viacrucis tiene muchos rostros. Y la lista de sus nombres podría prolongarse largamente. En estos años, la casa de la esperanza del P. Aldo Trento, misionero en Paraguay, es conocida por ser una especie de puerto marítimo, un puerto seguro donde encontrar refugio. Cuando la policía no sabe qué hacer al enfrentarse con casos de violencia extrema, llama al portón de madera de la parroquia. 

De una pared de ladrillos rojos asoman plantas. «Bienvenidos, aquí se confiesa a toda hora», está escrito en la puerta. Naturalmente, los policías no van a ver al padre Aldo para confesarse. Saben que es el único que acoge los desechos humanos que nadie quiere: a menudo, cuerpos de mujeres reducidos a una papilla ensangrentada, desnutridas, sometidas a varios tipos de prácticas bestiales. Jovencitas con rostro de niñas golpeadas hasta sangrar. Porque no es solo la mafia de la prostitución la que produce víctimas. El machismo, esa devastadora deformación cultural, es parte sustancial de la sociedad sudamericana. En el Sínodo Extraordinario sobre la Familia, en el otoño pasado, resonaron en el Aula de la Asamblea diversos testimonios de obispos. Eran reflexiones angustiadas sobre la deriva de este fenómeno endémico al que la Iglesia se opone con fuerza y que ella contribuye a detener. Cosa por cierto no fácil, puesto que la impronta popular cambia con el tiempo, de generación en generación, y así es necesario un compromiso constante a nivel educativo y didáctico, en las parroquias, en las escuelas. En cualquier caso, viene bien la determinación y el coraje. El silencio nunca es beneficioso. Pobre Liza, pobre Paulina, pobre María. Podrían ser nombres imaginarios, pero no lo son. Sus vidas no son inventos, fruto de operaciones imaginarias. Desgraciadamente, la realidad con la que uno se encuentra cuando pone los pies en el hospicio del P. Aldo exhibe un despiadado corte transversal de prepotencia. El rostro oscuro de la familia. Maridos brutales, padres ogros, padrastros sin piedad. Y así, en la estructura parroquial del misionero italiano, no solo hallan refugio los enfermos terminales y los niños abandonados, sino que reencuentran la sonrisa también las mujeres con las alas cortadas. Algunas padecen enfermedades crónicas, con patologías invalidantes sufridas después de años de abusos. En una habitación impacta el rostro arrugadísimo de una anciana. Parece un camafeo del siglo pasado. A primera vista da la impresión de ser centenaria. Inmóvil, mantiene una posición fija, casi antinatural. Pero Mercedes ha cumplido hace poco cincuenta y cuatro años. Los que la transformaron en este montón de piel y huesos son los golpes. Muchos. Durante años, hasta el punto de que la han convertido en autista. Desde su mundo engullido por la oscuridad, la mujer solo capta una voz: la del P. Aldo. Cuando se le acerca evocando dos palabras sagradas para los indios guaraníes, ella abre grandemente los ojos: es como si una llave hubiese abierto una memoria debilitada. Mercedes se levanta del lecho dispuesta a recibir la bendición con las manos juntas. Una mujer junto a ella observa lo que sucede. El P. Aldo susurra otras palabras de afecto. Las enfermeras se esfuerzan muchísimo por ayudar a quienes ya no son capaces de autonomía. Aparentemente, son todas ancianas. Pero ¿quién puede decirlo? Los golpes que han recibido durante años las han desfigurado, envejecido, encorvado. El P. Aldo ha erigido una suerte de sistema de asistencia social alternativo. «Para nosotros, los europeos, el machismo es algo que no comprendemos hasta el fondo. Es verdad, tenemos violencia, vemos asesinatos, pero no tenemos una cultura machista tan violenta y arraigada. La Iglesia católica es consciente de que necesita defender la importancia de la igualdad entre el hombre y la mujer, enseñando el respeto mutuo, la complementariedad de los papeles». El camino que hay que recorrer es en subida. Nada es evidente. En la planta situada debajo del centro parroquial, en el gran salón lleno de juguetes de colores y muebles alegres, una decena de niños se divierte. Algunos tienen solo pocos meses. Están al cuidado de cinco o seis chicas que deben de tener unos veinte años. En un sitio aparte está Liza, una adolescente paralítica, confinada en un coche infantil. Ojos muy negros, cabellos también negros, con la mirada ausente. También ella tiene las alas cortadas. Su historia conmovió al papa Francisco cuando fue a visitar el centro del P. Aldo. La suya es, tal vez, la historia más terrible. Liza tiene apenas doce años, pero al verla parece aún más pequeña. Durante años fue violada por el padrastro, que la dejaba sin comida, apagaba las colillas de los cigarrillos sobre sus piernas, divirtiéndose en torturarla. Las horrendas cicatrices no se irán nunca más. La policía la encontró gracias a una denuncia, abandonada en una choza en el campo de los alrededores, en condiciones indescriptibles. Varias veces le habían roto los pies, por lo cual nunca más podrá ponerse de pie. Cuando el P. Aldo la acogió no emitía sonido alguno, ni siquiera abría los ojos. Estaba embarazada de seis meses, violada por el padrastro. Hoy, su hijo, David, es un bebé maravilloso abrazado por algunas chicas que se alternan en la función de niñera. Cada una de ellas carga con otras historias vinculadas a la calle, a la droga, a la mafia. Un niño de tres años, Diego, corre feliz al encuentro del misionero y lo abraza. Le lleva un juguete roto. «Ahora intentaremos repararlo». Como las alas que hay que componerles a esas mujeres. Una sonrisa para cada una. Tal vez, un día volverán a volar.

Franca Giansoldati

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23 de Febrero de 2020

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