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El rey y la mujer

· Misa en Santa Marta ·

«Dos imágenes» para una verdad: pecadores sí, corruptos no. De este riesgo el Papa Francisco alertó en la misa que celebró el jueves 13 de febrero, por la mañana, en la capilla de la Casa Santa Marta. Indicando dos figuras emblemáticas de las Escrituras —el rey Salomón y la mujer que invoca la intervención de Jesús para curar a la hija endemoniada— el Pontífice quiso alentar el camino de quienes, silenciosamente, van cada día en búsqueda del Señor, pasando de la idolatría a la fe auténtica.

Las «dos imágenes» elegidas por el Papa para la homilía fueron tomadas de la liturgia del día. En el primer libro de los Reyes (11, 4-13) se narra sobre Salomón, mientras que el Evangelio de Marcos (7, 24-30) presenta la figura de la mujer «de lengua griega y de origen siro-fenicio» que suplica a Jesús «que expulse el demonio de su hija». Salomón y la mujer, explicó el Pontífice, recorren dos sendas opuestas y, precisamente a través de ellos, «hoy la Iglesia nos hace reflexionar sobre el camino del paganismo y de la idolatría al Dios viviente, y del camino del Dios viviente a la idolatría».

La mujer, dirigiéndose a Jesús, se lee en el pasaje evangélico, es «valiente», como lo es toda «madre desesperada» que «ante la salud de un hijo» está dispuesta a hacer de todo. «Le habían dicho que existía un hombre bueno, un profeta» —explicó el Papa— y, así, fue a buscar a Jesús, incluso si ella «no creía en el Dios de Israel». Por el bien de su hija «no tuvo vergüenza de la mirada de los apóstoles», que «tal vez entre ellos decían: pero esta pagana, ¿qué hace aquí?». Y se acercó a Jesús para suplicarle que ayudara a su hija que estaba poseída por un espíritu impuro. A su petición Jesús respondió que había venido «ante todo para las ovejas de la casa de Israel». Y se lo «explica con un lenguaje duro», diciéndole: «Deja que se sacien primero los hijos. No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos».

La mujer —que «ciertamente no asistió a la universidad», puso de relieve el Santo Padre— no respondió a Jesús «con su inteligencia, sino con sus entrañas de madre, con su amor». Y dijo: «Pero también los perros, debajo de la mesa, comen las migajas que tiran los niños». Queriendo decir: «Dame estas migajas a mí». Impresionado por su fe «el Señor hizo un milagro». Y, así, «al llegar a su casa, se encontró a la niña acostada en la cama, y el demonio se había marchado».

Es, en esencia, la historia de una madre que «se había expuesto al riesgo de hacer un mal papel, pero insistió» por amor a su hija. Viniendo «del paganismo y de la idolatría, encontró la salud para su hija»; y para sí misma «encontró al Dios viviente». Su camino, explicó el Papa, «es el camino de una persona de buena voluntad que busca a Dios y lo encuentra». Por su fe «el Señor la bendice». Pero es también la historia de mucha gente que aún hoy «recorre este camino». Y «el Señor espera» a estas personas, movidas por el Espíritu Santo. «Cada día en la Iglesia del Señor hay personas que recorren este camino, silenciosamente, para encontrar al Señor», precisamente «porque se dejan conducir por el Espíritu Santo».

Sin embargo, advirtió el Pontífice, está «el camino contrario», representado por la imagen de Salomón, «el hombre más sabio de la tierra, con muchas bendiciones, enormes, grandes; con la herencia de su patria unida, esta unión que había construido su padre David». El rey Salomón tenía «una fama universal», tenía «todo el poder». Y era también «un creyente en Dios». ¿Pero por qué perdió la fe? La respuesta está en el pasaje bíblico: «Sus mujeres le hicieron desviar el corazón para seguir a otros dioses y su corazón no permaneció íntegro con el Señor, su Dios, como el corazón de David, su padre».

A Salomón, dijo el Papa, «le gustaban las mujeres. Tenía muchas concubinas y las tomaba de aquí y de allá: cada una con su dios, con su ídolo». Precisamente «estas mujeres debilitaron el corazón de Salomón, lentamente». Salomón, por lo tanto, «perdió la integridad» de la fe. Así, cuando «una mujer le pedía un templo pequeño» para «su dios», él lo construía «en el monte». Y cuando otra mujer le pedía incienso para un ídolo, él se lo compraba. Pero obrando así «su corazón se debilitó y perdió la fe».

Quien perdió la fe de este modo, destacó el Pontífice, fue «el hombre más sabio del mundo», que se dejó corromper «por un amor indiscreto, sin discreción, por sus pasiones». Sin embargo, dijo el Papa, se podría objetar: «Pero, padre, Salomón no perdió la fe, él creía en Dios, era capaz de recitar la Biblia» de memoria. A esta objeción el Papa respondió que «tener fe no significa ser capaces de recitar el Credo: puedes recitar el Credo y haber perdido la fe».

Salomón, prosiguió el Papa, «al inicio era pecador como su padre David. Pero luego siguió adelante y de pecador» llegó a ser «corrupto: su corazón era corrupto por esa idolatría». También su padre David «era pecador, pero el Señor le había perdonado todos los pecados porque era humilde y pedía perdón». En cambio, «la vanidad y sus pasiones llevaron» a Salomón «a la corrupción». Es, en efecto, «precisamente en el corazón donde se pierde la fe».

El rey, sin embargo, recorre «el camino contrario al de la mujer siro-fenicia: ella de la idolatría del paganismo llegó al Dios viviente», él, en cambio, «del Dios viviente llegó a la idolatría: ¡pobre hombre! Ella era una pecadora, seguro, porque todos lo somos. Pero él era corrupto».

Citando luego un pasaje de la Carta a los Hebreos, el Papa expresó el deseo de que «ninguna semilla maligna crezca» en el corazón del hombre. Es «la semilla maligna de las pasiones, que creció en el corazón de Salomón» y le «condujo a la idolatría». Para no dejar que esta semilla crezca, el obispo de Roma indicó «el buen consejo» sugerido por la liturgia en la aclamación al Evangelio: «Acoged con docilidad la Palabra que fue sembrada en vosotros y puede llevaros a la salvación». Con esta certeza, concluyó, «hagamos el camino de la mujer cananea, de esa mujer pagana, acogiendo la Palabra de Dios que fue sembrada en nosotros y que nos conducirá a la salvación». Precisamente la Palabra de Dios, que es «poderosa, nos custodie en este camino y no permita que acabemos en la corrupción y ésta nos lleve a la idolatría».

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