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​El redescubrimiento de Dios
en Chiare Lubich

Al formular algunas reflexiones sobre el redescubrimiento de Dios en Chiara Lubich, Florence Gillet y Mirvet Kelly vuelven al concepto que está a la base de la propuesta evangélica de la fundadora del Movimiento de los Focolares: o bien, el valor salvífico que se vincula a la figura de Jesús abandonado. Un abandono del que después emerge el misterio de la revelación y de la resurrección. La espiritualidad nacida de Chiara Lubich –escribe Gillet– se ha desarrollado progresivamente durante los años 40 en plena segunda guerra mundial, trazando una pequeña historia sagrada cuyo director estaba en el cielo. Chiara Lubich lo supo siempre, conocía quién era ella y quién era Dios y amaba decir: «interpreto una partitura escrita en el cielo, soy un pincel en las manos del artista». Comprende diversos aspectos, todos y únicamente nacidos de las palabras del Evangelio, todos articulados en un concatenarse lógico, y que fluyen los unos de los otros. Todos necesarios en el conjunto. Ha sido llamada “espiritualidad de la unidad”. Algunas palabras del Evangelio – destaca Gillet – han sido redescubiertas, como si fueran reanimadas y convertidas en vivas, luminosas, evidentes. El primer (re)descubrimiento del que fluye todo lo demás, es el de Dios, de su Amor: “Dios es amor”. La segunda es Jesús quien, sobre la cruz, grita el abandono de Dios. Jesús rechazado lleva consigo esperanza y da sentido al dolor y, recuerda Gillet, tal dimensión acabó por conquistar también a un gnóstico como Albert Camus. Por su parte, Mirvet Kelly narra que después de trece años de vida dentro del Movimiento de los Focolares, en el 2000 llega a Bagdad. Irak, país muy rico de cultura y de recursos naturales, en aquel tiempo vivía una situación trágica: después de largos ocho años de guerra con Irán, estalló la primera guerra del Golfo, seguida por el embargo. La gente –extraordinaria, llena de bondad y de amor, con ojos luminosos y una sonrisa sincera –se había sumergido en una miseria absurda. Ante esta situación, debía decir de nuevo Sí, debía abrir el corazón y el alma para reconocerlo y amarlo –evidencia Kelly–. Resonaba dentro de mí una meditación de Chiara Lubich que con el tiempo se convirtió en mi oración: «Un dolor, un dolor cualquiera, es como el sonido de la campanilla que llama a la esposa de Dios a la oración. Cuando la sombra de la cruz aparece, el alma se recoge en el tabernáculo de su interior y olvidando el tintineo de la campana te “ve” y te habla. Eres Tú quien me viene a visitar. Soy yo quien te respondo: “Heme aquí Señor, Te quiero, Te he querido”. Y en este encuentro mi alma no siente su dolor, sino que está como borracha de tu amor: llena de Ti».

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