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El peligro de la autorreferencialidad

Cumple sesenta años «Vida Nueva», la revista católica española más valiente y alegre y el aniversario es una ocasión oportuna para reflexionar sobre el papel de los medios católicos. En su primer año, un artículo se tituló La prensa católica no debe ser simple prensa religiosa. Los tonos eran, sin duda, aquellos del tiempo, pero ya entonces, en el clima de una España totalmente diferente a hoy, desde el título se rechazaba claramente el pretexto externo de encerrarla en la sacristía. Los periodistas católicos, de hecho, «deben escribir de política, de deporte, de sucesos, de sociedad, de todo lo que es vida, porque los católicos y la Iglesia son precisamente esto». Pero la revista osaba más y en pleno régimen franquista declaraba que la prensa católica debía rechazar el abrazo sofocante del control político. Su objetivo era trabajar «para permanecer en comunicación con el mundo que la rodea y para juzgar los acontecimientos que cada minuto suceden en el mundo. De un modo limpio, sin servir a ningún otro interés sino al de la verdad». Un programa claro y válido hoy.

Efectivamente, las décadas transcurridas han cambiado todo: España, Europa, el mundo, la Iglesia, las religiones, la humanidad al completo. Sin embargo, incluso entonces «Vida Nueva» era una adelantada en un mundo católico cerrado como el español, donde el Concilio Vaticano ii entró con dificultad y contrastes. El peso de la historia después hizo que hoy no se reconozca el papel importante llevado a cabo por la Iglesia en el periodo de la transición en la segunda mitad de los años setenta, mientras resisten viejos estereotipos sobre el cierre de los católicos y es necesario reconocer que están fundados también sobre responsabilidad no solo del pasado.

La tentación de encerrarse en su propia casa volvió de hecho con fuerza frente a una sociedad que en Europa no solo está secularizada sino que es hostil al hecho religioso, por usar una expresión corriente en Francia. Cunden los fundamentalismos y entre estos también el de un laicismo severo bien diferente de la laicidad, un valor históricamente favorecido precisamente por el cristianismo. Hoy, por lo tanto, los medios católicos deben rechazar las tentativas de quien, laico o católico, quiere sofocarlos o reducirlos a una expresión insignificante de sacristía. En este sentido, la autorreferencialidad católica es un peligro mortal para el periodismo que quiere expresar un punto de vista cristiano. Dar voz a la Iglesia, al Papa, a los obispos es obviamente importante, pero no basta. Es necesario reflexionar sobre la realidad e interpretarla. Sin impedimentos, intentando entender y encontrar al otro. Y el lenguaje es importante: se debe evitar la jerga clerical y también la eclesial, que ninguno entiende y que rechaza el interlocutor. Usando obviamente todos los medios pero sin una confianza ciega en los nuevos, los llamados sociales, donde el riesgo de la falta de crítica y por lo tanto, de libertad es cada vez más fuerte. «De un modo limpio, sin servir a ningún otro interés si no al de la verdad», como escribía hace sesenta años esta revista y como deben intentar hacer hoy los católicos. (g.m.v.)

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26 de Septiembre de 2018

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