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El Papa de la reconciliación

· Cuando Pablo VI fue a rezar a la tumba del cardenal Pizzardo ·

Pablo VI, junto a Juan XXIII, a quien estaba fuertemente vinculado, ha sido y quedará en mi mente como el Papa del Concilio Vaticano II. Diferentes por características, Roncalli y Montini eran espiritualmente semejantes por el amor a la Iglesia y por el deseo de hacerla capaz de anunciar el Evangelio de modo transparente y comprensible a los hombres contemporáneos.

El reconocimiento de la santidad de los dos mayores artífices del Concilio se convierte en clave de lectura auténtica y autorizada para comprender también la misión del Papa Francisco, anclado al Concilio considerado un don de Dios que la Iglesia, en lugar de discutir, está llamada a poner en práctica.

Se le debe a Pablo VI si las grandes intuiciones de Juan XXIII encontraron concreción para llegar a ser realidades operantes en la vida cotidiana cristiana. Con Montini, en efecto, la celebración del Concilio se completó poniendo en marcha los cambios requeridos. Algunos grandes y todos beneficios en el ámbito de la liturgia, en la renovada conciencia de Iglesia, en el modo de entender el papado y su función, en la Curia romana, en la vida religiosa, en la relación entre las Iglesias y las religiones, en la comprensión recíproca entre Iglesia y mundo moderno, entre creyentes y no creyentes, en el compromiso por la justicia y la paz, en la actualización de la doctrina y la pastoral.

Con el reconocimiento autorizado de la santidad de vida de Giovanni Battista Montini incluso la comprensión más serena de su pontificado recibe un fortísimo impulso y ayuda a acoger mejor palabras y gestos de humanidad integral que lo caracterizaron hasta los últimos días de su vida.

Quisiera recordar uno de estos gestos, aparentemente menores, pero indicativo de la finura humana de este Pontífice arraigada en su humildad cristiana.

Era el martes 1 de agosto de 1978. Como de costumbre el Papa se había trasladado a Castelgandolfo. Cinco días después, en la Transfiguración del Señor, Pablo VI habría muerto. También para mí había llegado el tiempo de vacaciones. Pero, como periodista vaticanista, me acompañaba una sutil inquietud que dejaba en vilo la decisión de partir o permanecer. La visita del Pontífice anunciada casi por sorpresa a la tumba del cardenal Giuseppe Pizzardo, en la localidad de Frattocchie, podía ser un buen punto de verificación de su estado de salud.

Esa tarde para recibir la llegada del Papa estábamos también dos periodistas de agencia impulsados por el escrúpulo profesional. No podíamos imaginar que nos convertiríamos en los últimos periodistas que hablarían con él fuera de los recintos vaticanos.

Reflexionábamos entre nosotros, pero no lográbamos percibir el sentido de esa visita que el mundo de la información consideraba de menor interés: rezar ante la tumba de un cardenal difunto desde hace ocho años, que entonces ya casi nadie recordaba.

A la espera del Papa, un prelado nos recordó que, precisamente por su apertura valerosa, Montini había sufrido por actitudes de ese purpurado. La tumba de Pizzardo se encuentra a poca distancia de la residencia estival del Papa. Sin embargo, Pablo VI, en los ocho años que siguieron a la sepultura, nunca la había visitado. ¿Por qué –nos preguntábamos nosotros cronistas– sucedía ahora, después de la tristeza experimentada en mayo por el asesinato de Aldo Moro y sus peticiones a Dios por el amigo asesinado que expresó con la fuerza bíblica de antiguos profetas, y tras la homilía en la solemnidad de los santos Pedro y Pablo, una especie de testamento, en la que el Pontífice había subrayado que su vida llegaba al ocaso? Indicios suficientes para percibir que algo estaba por suceder.

Fue así que decidimos abordar directamente a Pablo VI. Algo que, con la confusión que se creó en la pequeña iglesia al término de la oración y las palabras pronunciadas por el Papa sobre la fe, fue posible por un breve instante.

Nos acercamos y con el altar entre él y nosotros le preguntamos el por qué de esta visita. Él respondió sereno y tranquilo que la reconciliación era un valor cristiano también para un Papa. Palabras que nos iluminaron profundamente. Vimos con otros ojos a Pablo VI que nos pareció cansado pero pacificado. Fuimos a esperarlo en la curva de Frattocchie donde al bajar obligadamente la velocidad del coche descubierto lo vimos la última vez encorvado: nos miró y pareció darnos un saludo de adiós. Fue tanta nuestra inquietud que, a pesar de la breve audiencia general del día sucesivo en el palacio apostólico y el encuentro del 3 de agosto con el presidente Pertini, pedí con inusitada insistencia al subdirector de la Oficina de prensa de la Santa Sede, en ausencia del director, confirmación sobre la salud del Pontífice. Me tranquilizó varias veces. No quedé totalmente convencido de ello y sin preparar la maleta comencé las vacaciones el domingo 6 de agosto permaneciendo en Roma. Por la tarde se difundió la noticia de la muerte de Pablo VI.

Carlo Di Cicco

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22 de Agosto de 2019

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