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El límite como punto fuerte

· La escritora americana Flannery O’Connor ·

Flannery O’Connor nació en 1925 en Savannah, Georgia. Sus padres eran de origen irlandés. Tenía poco tiempo a disposición, y lo sabía. Un lupus eritematoso (grave insuficiencia del sistema inmunitario), heredado del padre, le causaría la muerte en las primeras horas de la mañana del 3 de agosto de 1964. Tenía tan solo 39 años. Dejó un criadero de pavos reales y una producción literaria limitada, pero indudablemente de gran calidad.

Su vida no tiene muchos elementos biográficos relevantes, a parte de una estancia de dos meses, en 1948, en el estado de Nueva York y un viaje a Europa donde, ya gravemente enferma, participó en una audiencia papal en el Vaticano y en una peregrinación a Lourdes. En 1951, cuando dejó el hospital de Atlanta, muy débil para subir escaleras, Flannery O’Connor se trasladó con su madre a la antigua casa de familia en Andalusia, poco distante de la ciudad de Milledgeville, pequeño centro agrícola de Georgia. En la planta baja de la granja escribió su primera novela, Sangre sabia (“Wise Blood”, 1952).

A pesar de los grandes dolores que padecía, Flannery O’Connor consideró una bendición el aislamiento al que la había sometido la enfermedad. «Señor, me hace feliz ser una escritora ermitaña», escribió en una carta a una amiga. Porque creía que estaba viviendo una experiencia esencial, que cada uno de nosotros antes o después debe afrontar: «la experiencia del límite». Además, pensaba en su estado físico con profundo sentido del humor, definiéndose, a causa de las muletas que usaba, «una estructura de arcos trepadores». En la carta se despedía minimizando: «Debo partir con mis dos piernas de aluminio».

No obstante la enfermedad y la producción limitada, el éxito le sonrió a Flannery O’Connor. Sus veintisiete cuentos y sus dos novelas le permitieron obtener dos doctorados ad honorem y tres veces el premio O. Henry Award. En 1988 su obra fue incluida en la prestigiosa colección Library of America, honor solo reservado hasta entonces, entre sus contemporáneos, a William Faulkner.

Por lo que respecta a las ediciones italianas, tenemos que notar alguna que otra deficiencia. Mientras que sus novelas y sus cuentos fueron publicados integralmente, no sucedió lo mismo con sus ensayos y, sobre todo, con sus cartas, que solo fueron traducidas parcialmente. Analizando la poca suerte, o por lo menos la suerte cambiante de esta autora en Italia, se puede convenir en que la narrativa de Flannery O’Connor tiene sus raíces en un catolicismo tan irritante, personal y extremo, que no llama la atención el hecho de que pueda suscitar prejuicios y actitudes de censura. Pero esta escritura no solo critica el buen sentido vagamente laico, racional e iluminista del ateo y del agnóstico, sino que también quiere provocar, con ironía y sarcasmo, al lector biempensante y respetable, representante de un catolicismo convencional, muchas veces hipócrita y mojigato.

Un estilo claro, veloz, traza los confines de un territorio externo donde se mueven personajes excéntricos y desatinados, pero buscadores inflexibles de lo absoluto. Almas encerradas perversamente en sí mismas, hasta que un hecho violento y repentino sobreviene y desquicia convicciones y actitudes cerradas.

Lograr la apertura les cuesta sangre, sudor y lágrimas, pero es el único modo posible para acercarse al misterio. Se trata de un misterio que, según Flannery O´Connor, es el reconocimiento intuitivo de un Dios que trasciende y salva al hombre, sanando su imperfección y su fragilidad, típicas del ser humano.

Por tanto, leer este tipo de literatura quiere decir frecuentar una zona espiritual ardua; quiere decir mirar la realidad a la luz de un realismo cristiano a veces desconcertante, que hace del límite del hombre un punto fuerte. Una mirada que es tanto más despiadada cuanto más remite a una piedad más grande e incondicional.

Por Elena Buia Rutt

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23 de Febrero de 2020

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