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El incunable de Colón

· Devuelven a la Biblioteca vaticano el libro reencontrado en Estados Unidos ·

Los libros viajan. Viajan volúmenes de forma individual, pero viajan también colecciones enteras: cuando sus propietarios cambian de residencia, como sucedió para la biblioteca que Cristina de Suecia quiso llevar consigo mudándose a Roma en 1655; o después de las guerras, como sucedió para la Biblioteca palatina de Heidelberg, cuando el duque Maximiliano I de Baviera en 1622 ocupó la ciudad y quiso regalárselo al Papa; o en otros casos.

Viajó mucho también la Biblioteca llamada rossiana, con el nombre del bibliófilo Giovanni Francesco De Rossi que la constituyó desde 1842 hasta 1854, año de su muerte. Rica con cerca de mil doscientos manuscritos, entre latín y en lenguas modernas, y griego, hebreo y oriental; y con más de ocho mil volúmenes impresos, entre los cuales muchos volúmenes antiguos y raros, incluidos más de dos mil quinientos incunables. Esta estuvo originalmente en Roma, donde De Rossi se había instalado en 1838 después de haberse casado con la princesa Luisa Carlotta de Borbón-Parma, que le favoreció grandes fondos para adquirir libros que eran importantes para él. Al fallecer el marido, la viuda donó la colección a la Compañía de Jesús, con la condición de que se mantuviera unida e íntegra y que eventualmente pasara pro tempore al Emperador de Austria en el caso de que la Compañía fuera disuelta (pero que volviera a la Compañía si esta se reconstituía).
La condición se cumplió pronto, ya que, con la adquisición de Roma al Estado italiano, en 1873 fueron suspendidas también en Roma las agrupaciones religiosas: por tanto, la colección fue transportada a la sede de la embajada austro-húngara en Roma, para ser enviada a Viena en 1877 y ser trasladada en 1895 al barrio vienés de Lainz, en uno y otro caso dentro de casas de los jesuitas austriacos. El viaje de regreso, hacia Italia, fue posible después de la primera Guerra Mundial, cuando cae el Imperio austriaco. Se estableció entonces que la colección volviera a Roma y fuera colocada en la Biblioteca vaticana: era diciembre de 1921 y la Biblioteca rossiana podía finalmente y definitivamente reposar en un lugar protegido y sin más perspectivas de movimientos.

Pero no todos sus volúmenes habían terminado los viajes. Un incunable rossiano, de hecho, tomó un vuelo, no sabemos con precisión cuándo, para volver al Vaticano en estos días. Se trata del famoso incunable de la carta de Cristóbal Colón (la Epistola de insulis nuper inventis ) sobre el «descubrimiento» de América, que para Colón era simplemente el descubrimiento, viniendo desde oriente, de la islas de las Indias ubicadas más allá del Ganges.

La carta describe el ambiente geográfico y los habitantes del lugar: las diferentes islas en las que llegó la expedición, en su mayor parte agradables y fértiles, con ríos muy grandes y salubres y montes altísimos, con vegetación exuberante y numerosas y variadas aves; y una población sencilla, que se presentaba inicialmente tímida y con miedo, pero era generosa en el dar lo que tenía, y se revelaba también aguda de ingenio; además era religiosa, no idólatra. En la carta se siente el tono del descubridor, de alguna manera como narrador, que describe lo que admira y promete grandes cosas: si será de nuevo financiado por los soberanos de España, les llevará tanto oro como sea necesario.

Colón, que partió en agosto de 1492, regresó a Europa en marzo del año siguiente. La carta en la que describe el viaje, escrita en español, fue traducida al latín e impresa en esta lengua varias veces ya en 1493. Aquí nos referimos a la edición denominada normalmente Plannck II, es decir la segunda emisión de Stephan Plannck, que se caracteriza por el hecho de que contiene en el íncipit los nombres de los reyes Fernando de Aragón e Isabel de Castilla (a diferencia de la primera que tiene solo el nombre del rey: un opúsculo de solo cuatro folios que fue impreso en Roma en una fecha sucesiva al 29 de abril de 1493. Y bien, el incunable de la carta de Colón perteneciente a la Biblioteca rossiana, que lleva la firma Stamp. Ross. 674 y se distingue por el escudo De Rossi-Borbón, se ha revelado, con una atenta verificación, no auténtico.

El control fue perfeccionado por especialistas estadounidenses, en colaboración con el personal de la Biblioteca Vaticana, a partir de 2012. No solo se estableció que no era el ejemplar auténtico, sino que se notó tuvo que haber un sustitución verosímilmente con ocasión de intervenciones sobre la encuadernación del volumen. No tuvo que ser difícil para un encuadernador evidentemente deshonesto realizar un sustitución similar, poniendo en el lugar del original una copia creada con la técnica de la estereotipia, que permitía ya desde los primeros decenios del siglo XIX reproducir páginas de una impresión mediante calco sobre lastra mecánica.

No se sabe cuándo pudo suceder la sustracción, pero ahora sabemos que se ha podido encontrar en Estados Unidos el incunable original, vendido en 2004 por un anticuario a Robert David Parsons, que lo compró sin conocer la procedencia y mucho menos imaginar que el volumen había sido sustraído de la Biblioteca rossiana de la Biblioteca apostólica vaticana. Una comparación entre este incunable y el falsificado ahora conservado en la Biblioteca Vaticana ha permitido a los expertos afirmar que el incunable encontrado en Estados Unidos coincidía con el original conservado en la colección de De Rossi. En particular, algunos datos codicológicos fueron decisivos para la identificación: el número idéntico y la ubicación idéntica de los agujeros de costura en los pliegues internos de las hojas, en uno y en el otro elaborado, además de las dimensiones de las hojas y finalmente su numeración a lápiz (que en las hojas falsificadas se rehizo a imitación del original, cancelada pero aún perceptible). Después de todo esto, tras el fallecimiento de Robert Parsons en 2014, la viuda, Mary Parsons, acogió la petición de las autoridades estadounidenses de devolver a la Biblioteca vaticana el original de la carta de Colón.

Y el 14 de junio la embajadora de Estados Unidos de América antes la Santa Sede, la señora Callista Gingrich, entregó el incunable a monseñor Jean-Louis Bruguès, bibliotecario de la Santa romana Iglesia. Como en toda historia con final feliz, se agradece reconocer la aportación positiva de las autoridades estadounidenses en la identificación del incunable robado; y con gusto manifestamos reconocimiento por Mary Parsons, por la decisión de dejar volver al Vaticano el antiguo volumen de la Biblioteca rossiana, para que pudiera realizar otro viaje. Esperemos que sea el último: no lo cerraremos en una prisión, pero lo conservaremos y preservaremos en beneficio de todo estudio e investigación que se quisiera ulteriormente realizar sobre ello.

De Cesare Pasini

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13 de Noviembre de 2018

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