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El Evangelio en el corazón

Hablando a los obispos asiáticos el Papa Francisco se presentó como el «hermano Papa»; y esta definición, tan eficaz como expresiva de una evidencia generalmente percibida, ayuda a comprender el consenso que suscitó su visita a Corea, y ciertamente no sólo entre los católicos. Tercer viaje internacional del pontificado y, después de los de Juan Pablo II en 1984 y en 1989, tercero de un Pontífice al «país de la mañana tranquila» en apenas treinta años, ha sido también el primero a Extremo Oriente de Bergoglio, quien ya siendo joven jesuita habría querido ser misionero en esas tierras.

En los cinco días coreanos un sueño ha iniciado a realizarse, anunciando una misión sin confines. Y ante todo el Papa Francisco se dirigió a todos los habitantes de un país vivo, donde los católicos son una minoría importante en rápido crecimiento y donde el Papa con la beatificación de 124 mártires ha celebrado los orígenes heroicos de una joven Iglesia a la que fueron laicos quienes le dieron vida hacia finales de 1700 e inicios de 1800. Se inició luego un doble diálogo: con los jóvenes de Asia, que tuvieron allí su sexto encuentro, y con un grupo de obispos del continente.

El viaje del Papa Francisco a Corea de este modo abrazó idealmente a toda Asia, donde en menos de cinco meses el Papa volverá para visitar Sri Lanka y Filipinas. Y si el Pontífice comparó con eficacia la península coreana dividida con una familia donde todos hablan el mismo idioma y concluyó su visita rezando por la paz y por la dramática situación de las minorías religiosas en Irak, ante los obispos asiáticos deseó que se abran a relaciones cada vez más fraternas todos los países del continente, también los que aún no tienen plenas relaciones con la Santa Sede.

Clarísima, por lo tanto, resonó la palabra del Papa dirigida a toda la península coreana y a todo el continente asiático, donde vive la mayor parte de la humanidad, presentándose, de hecho, como la palabra de un hermano que supo hacerse cercano para abrir sus brazos a todos, sin distinciones. Y la consigna que el Papa Francisco dejó en este viaje asiático es el corazón mismo del Evangelio de Cristo: adorar a Dios y hacer el bien. Esto dijo el Pontífice a los miles de jóvenes que llegaron a Corea de todo el continente y que con este mensaje vuelven ahora a sus países.

El Papa Francisco deja transparentar el Evangelio con sus gestos y con sus palabras: por este motivo la esencia del anuncio cristiano vivido tan radicalmente por el Papa ha sido advertido en su autenticidad por los creyentes pero también por quien no se identifica con ninguna religión. Así sucedió en los orígenes de la Iglesia en Corea, en la vida de los mártires, en gran parte laicos y la mayoría anónimos, y mucho tiempo antes, cuando el camino de Cristo fue testimoniado en algunas regiones del continente asiático.

Fundamental fue, sobre todo, el discurso a los obispos de Asia sobre el diálogo que es constitutivo de la identidad cristiana y que está en la base misma de la misión de la Iglesia: medio siglo después, en los contenidos y en los hechos un fuerte relanzamiento de la Ecclesiam suam, la encíclica programática de Pablo VI. La Iglesia crece no por proselitismo sino por atracción, recordó también el Papa citando las palabras de Benedicto XVI. Atracción que deriva de la apertura al otro para caminar juntos, en la presencia de Dios.

g.m.v.

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