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​El Evangelio, carta fundamental de la dignidad de las mujeres

En el Documento de Aparecida los obispos enseñan que “el hombre y la mujer, creados a imagen y semejanza de Dios, poseen una dignidad inviolable, al servicio de la cual se han de concebir y actuar los valores fundamentales que rigen la convivencia humana” (n. 537). Ante la realidad indigna que viven muchas mujeres, ellos no dudan en exhortar al cambio: “Urge tomar conciencia de la situación precaria que afecta la dignidad de muchas mujeres. Algunas, desde niñas y adolescentes, son sometidas a múltiples formas de violencia dentro y fuera de casa” (n. 48); “urge escuchar el clamor, tantas veces silenciado, de mujeres que son sometidas a muchas formas de exclusión y de violencia” (n. 454). Estas orientaciones pastorales son una parte de la recepción local del concilio Vaticano II y del magisterio de Pablo VI que desarrollaron las Conferencias generales del Episcopado de América Latina y del Caribe creando una tradición teológica, eclesial y pastoral de compromiso solidario con las personas pobres y afligidas. Medellín (1968) significó la activación de una Iglesia motivada por la promoción humana y el comienzo de las teologías de la liberación; en Puebla (1979) se oficializó la “opción preferencial por los pobres” (n. 1134 y ss.), que Juan Pablo II universalizó con su carta encíclica Sollicitudo rei sociales (1987).

Amita Bhakta, “Circle of Women” (2010)

El impulso creativo de las Iglesias latinoamericanas en la segunda mitad del siglo XX suscitó en la Iglesia universal una renovada opción por los más necesitados. Pero, ¿quiénes son “los pobres y los que sufren” del concilio Vaticano II? (cf. Lumen Gentium, 8; Gaudium et spes, 63 y 69). Son precisamente todas las personas y los grupos humanos privados de su dignidad fundamental. Cristo, que “siendo rico se hizo pobre” (2 Corintios 8, 9; cf. Filipenses 2, 6-11), fue solidario con ellos en su Encarnación y Pasión redentora, para darles la vida (cf. Juan 10, 10). En América Latina la realidad de los pobres llevó a reconocer los diferentes rostros de la exclusión: las mujeres, los indígenas, los afroamericanos, los inmigrantes y todos los demás. La respuesta profética ante las aspiraciones populares a una vida humana digna suscitó distintas perspectivas teológicas en favor de su liberación integral (cf. Evangelii nuntiandi, 30 y ss.): teologías para los pobres, para una vida plena de las mujeres y para los pueblos indígenas. Ante los nuevos sujetos emergentes surgieron nuevas posiciones creyentes y cobraron fuerza las que proclamaban la dignidad de las mujeres, su libertad y su liberación. En suma, la Iglesia católica latinoamericana tomó conciencia de la inaceptable situación deshumanizadora en la que vivían muchas mujeres: Puebla habló de la “mujer pobre doblemente oprimida” (Documento de Puebla, DP, n. 1135, nota); la teología de la mujer completó el cuadro diciendo: si una persona es pobre y mujer, está doblemente excluida, y si es pobre, mujer y negra (o indígena), lo es triplemente. Porque la diversidad en que se apoya la exclusión es acumulable (cf. Documento de Aparecida [DA], n. 454). Santo Domingo (1992) resumió la situación de las mujeres con palabras de desafío: “A aquella que da y que defiende la vida, le es negada una vida digna; la Iglesia se siente llamada a estar del lado de la vida y a defenderla en la mujer”. Aparecida (2007) prosiguió el camino iniciado por las Conferencias anteriores, pero con algunas novedades: amplió los fundamentos doctrinales sobre la igual dignidad, introdujo una crítica a la mentalidad machista y al uso del lenguaje inclusivo, y profundizó las propuestas de renovación cultural y eclesial. Mi reflexión parte de la dignidad humana, puesto que esta se explicita a veces como dignidad de la mujer, y propone la promoción humana de las mujeres como “verdad implícita en la fe cristológica”, siguiendo el hilo conductor de Benedicto XVI en la V Conferencia. Como criterio de dignidad de la mujer y de su valor insustituible, Aparecida destaca, en primer lugar, la conducta de Jesús en una época de marcado machismo: “Habló con ellas (cf. Juan 4, 27), tuvo singular misericordia con las pecadoras (cf. Lucas 7, 36-50; Juan 8,11), las curó (cf. Marcos 5, 25-34), les reconoció su dignidad (cf. Juan 8, 1-11), las eligió como primeras testigos de su resurrección (cf. Mateo 28, 9-10), y las incorporó en el grupo de personas que le eran más cercanas (cf. Lucas 8, 1-3)” (DA, n. 451). En verdad, el evangelio de Jesús representa la carta fundamental de la dignidad de las mujeres. Ante todo, es preciso recordar que “Dios mandó a su Hijo, nacido de mujer [María]” (Gálatas 4, 4), y que en él “ya no hay ni judío ni griego, ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer” (Gálatas 3, 28); además, fue una mujer la primera en ser enviada a anunciar la resurrección de Jesús a sus hermanos, precisamente como antes había sido enviada una samaritana a anunciarlo a su propia gente (cf. Juan 20, 17; 4, 26.29.39). Con razón, Aparecida presenta a las mujeres como “las primeras transmisoras de la fe y colaboradoras de los pastores, quienes deben atenderlas, valorarlas y respetarlas” (DA, n. 455). En los textos cristológicos que hablan de la dignidad humana, resalta este párrafo: “Lo bendecimos (a Dios) por el don de la fe que nos permite vivir en alianza con él hasta compartir la vida eterna. Lo bendecimos por hacernos hijas e hijos suyos en Cristo, por habernos redimido con el precio de su sangre y por la relación permanente que establece con nosotros, que es fuente de nuestra dignidad absoluta, innegociable e inviolable” (DA, n. 104). Los obispos aceptan el desafío de que “innumerables mujeres de toda condición no sean valoradas en su dignidad” y exhortan a “superar una mentalidad machista que ignora la novedad del cristianismo” (DA, n. 453). El machismo o sexismo, entendido como un modo de pensar y de actuar que fomenta la discriminación de la mujer a causa de la diferencia sexual, lleva a una ruptura de la mutualidad en la relación hombre-mujer y contradice la antropología cristiana que proclama su igual dignidad, por cuanto ambos fueron creados a imagen y semejanza de Dios (cf. Discurso en la sesión inaugural de los trabajos [DI], n. 5; DA, n. 451). Aparecida también se pregunta por la responsabilidad del hombre y padre de familia ante la “tentación de ceder a la violencia, infidelidad, abuso de poder, drogadicción, alcoholismo, machismo, corrupción y abandono de su papel de padres” (DA, n. 461). Esta “mentalidad machista” crea situaciones contrarias al plan de Dios (cf. Gaudium et spes, 29), que se pueden interpretar como pecado social por cuanto causa una fractura en las relaciones familiares y sociales. Así pues, ¿cuál debe ser el anuncio de las Iglesias cristianas? Benedicto XVI recordó el problema de las estructuras que crean injusticia y reafirmó el valor de las estructuras justas como condición indispensable para una sociedad justa (cf. DI, n. 4). Cuando el machismo penetra en las estructuras, ya no hay espacio para la dignidad, la participación y las relaciones de reciprocidad en el amor y en el cuidado mutuo; por eso, no basta la conversión del corazón, sino que también se necesita una transformación de las estructuras. Como respuesta a la situación de desigualdad y violencia que viven muchas mujeres, es imprescindible plantear una antropología inclusiva fundada en la fe cristológica, que nos invite a ser una Iglesia pobre para los pobres, como pidió el Papa Francisco. En su discurso inaugural en Aparecida, Benedicto XVI presentó la unidad del amor a Dios y al prójimo y afirmó que la fe en Cristo y la vida en él no son una fuga intimista, sino más bien un acto de responsabilidad para con los demás. Por eso, confirmó que la opción preferencial por los pobres está implícita en la fe cristológica, en el Dios que se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza (cf. DI, n. 3). Asimismo, criticó la persistente mentalidad machista que ignora la novedad del cristianismo (cf. DI, n. 5). Aparecida afrontó ambos aspectos: afirmó que la opción por los pobres “nace de nuestra fe en Jesucristo, el Dios hecho hombre, que se ha hecho nuestro hermano (cf. Hebreos 2, 11-12)”, y añadió que si “esta opción está implícita en la fe cristológica (…), estamos llamados a contemplar, en los rostros sufrientes de nuestros hermanos, el rostro de Cristo que nos llama a servirlo en ellos” (DA, n. 392-393). Algo semejante podría decirse sobre Cristo y las mujeres: la promoción de la dignidad de la mujer nace de nuestra fe en Jesucristo, Dios hecho hombre y hermano nuestro. En la persona y en la conducta de Cristo se exalta el misterio de la mujer, la fe en él comporta para nosotros un compromiso con la vida plena de cada mujer y de cada ser humano. Cuando pienso en la dignidad de las mujeres como verdad implícita en la fe cristológica, no pienso ante todo en las mujeres que se encuentran en una situación de pobreza; más bien, pienso de modo inclusivo: la dignidad de toda persona humana, hombre o mujer, está incluida en la fe en Cristo, porque en él fuimos creados y redimidos (cf. DA, n. 104).

El objetivo es consolidar la dignidad de la mujer como prioridad ético-religiosa. Para el Papa Francisco, la presencia de las mujeres debe llegar a ser más influyente (cf. Evangelii gaudium, 103). Puesto que Cristo se unió a cada persona humana, hombre y mujer, la fe en él lleva implícita la buena nueva de la plena dignidad de las mujeres, y la solidaridad con ellas es una verdad ínsita en la fe cristológica, que incluye de modo especial a todas las mujeres –ancianas, adultas, jóvenes y niñas– que sufren la desigualdad a causa de su diferencia sexual y no pueden participar plenamente en la vida religiosa y social. Una teología de la mujer con agudeza histórica resalta “la igual dignidad entre varón y mujer, en razón de ser creados a imagen y semejanza de Dios” (DA, n. 451), bendice a Dios “por hacernos hijas e hijos suyos en Cristo, por habernos redimido con el precio de su sangre” (DA, n. 104), denuncia la violencia, el abuso de poder y el machismo sufrido por muchas mujeres, esposas e hijas (cf. DA, n. 461) y anuncia la dignidad de las mujeres: discípulas y hermanas de Jesús (cf. DA, n. 451). Cuando nosotras, las mujeres, hacemos teología, agradecemos la ternura del Dios que nos hace hermanas y hermanos de su Hijo, pensamos en la igual dignidad y en el don de la diferencia, somos solidarias con todas las mujeres que sufren por falta de reconocimiento, participación o acompañamiento, sin olvidar a las demás criaturas humanas víctimas de la exclusión. Las teologías elaboradas por las mujeres pueden contribuir a profundizar el evangelio de la dignidad humana; ¿acaso no son precisamente estas teologías las que ayudan a discernir el carisma de las mujeres en el cuerpo de Cristo y a sugerir los caminos de transformación necesarios para la renovación eclesial y social? (cf. Evangelii gaudium, 104).

Por Virginia R. Azcuy

La autora

Nacida en Argentina en 1961, doctora en Teología –estudió en Tubinga bajo la dirección de Peter Hünermann–, Virginia Raquel Azcuy enseña desde 1988 en la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Católica argentina, con sede en Buenos Aires. Coordinadora general de Teologanda (programa de estudio, investigación y publicación), es vicepresidenta de la Sociedad Argentina de Teología y dirige el programa Icala del “Stipendienwerk Lateinamerika-Deutschland” destinado a la promoción científica de las mujeres en América Latina.

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