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El encuentro, la fraternidad y la fuente profunda en el corazón del Padre

Apenas han pasado dos meses de la firma del Documento sobre la fraternidad humana del 4 de febrero en Abu Dabi y el Papa con el viaje a Marruecos manifiesta su voluntad de dar un seguimiento concreto a aquellas premisas y promesas. Recién llegado al país norteafricano, hablando en la explanada de la Torre Hasán, Francisco afirmó la necesidad de tener «la valentía del encuentro y de la mano tendida», solo esta valentía puede cumplir la construcción de puentes que «pide ser vivida bajo el signo de la convivencia, de la amistad y, más aún, de la fraternidad».

El 2019 es para el Papa el año de la fraternidad, como dio a entender en el mensaje urbi et orbi de la pasada Navidad y del encuentro, un tema siempre importante para el Pontífice. «Porque cristiano no es el que se adhiere a una doctrina, a un templo o a un grupo étnico. Ser cristiano es un encuentro», afirmó el domingo en la catedral de Rabat hablando a los sacerdotes, a los religiosos, a los consagrados y al Consejo ecuménico de las Iglesias, tal vez el discurso más denso entre lo que pronunció en los dos días. Un pasaje que revela el corazón del pensamiento de Francisco y a contraluz evoca el episodio del encuentro entre Jesús y la mujer samaritana en el cuarto evangelio y en la introducción de la Deus caritas est de Benedicto xvi: «Ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva». Uno se convierte en cristiano, por lo tanto, no por proselitismo sino porque reconoce haber sido «amado y encontrado»; ser cristianos es «reconocerse perdonados, reconocerse llamados a actuar del mismo modo que Dios ha obrado con nosotros».

He aquí por qué la cultura del encuentro, que se hace concreta en el diálogo como método, no es una moda, ni una estrategia sino un camino que la Iglesia debe seguir «fidelidad a su Señor y Maestro que, desde el comienzo, movido por el amor, ha querido dialogar como amigo e invitarnos a participar de su amistad». Siendo fieles a la misión recibida entrando en diálogo, es más, en «coloquio» con el mundo en el que vivimos, según la expresión de la Ecclesiam suam de Pablo vi, la Iglesia «contribuye a la llegada de la fraternidad, que tiene su fuente profunda no en nosotros, sino en la paternidad de Dios». Si no nos remontamos a aquella fuente profunda, la fraternidad termina por ser una palabra vacía, un concepto reafirmado por el Papa durante la homilía del domingo: «Por eso Jesús nos invita a mirar y contemplar el corazón del Padre. Sólo desde ahí podremos redescubrirnos cada día como hermanos. Sólo desde ese horizonte amplio, capaz de ayudarnos a trascender nuestras miopes lógicas divisorias. […] Porque en vez de medirnos o clasificarnos por una condición moral, social, étnica o religiosa podamos reconocer que existe otra condición que nadie podrá borrar ni aniquilar ya que es puro regalo: la condición de hijos amados, esperados y celebrados por el Padre». Hay otra condición que no es la del horizonte angosto de la materialidad, como precisó el Papa en el segundo encuentro, dedicado a los migrantes, el sábado en el centro de la Cáritas Diocesana: «el progreso de nuestros pueblos no puede medirse solo por el desarrollo tecnológico o económico. Este depende sobre todo de la capacidad de dejarse conmover por quien llama a la puerta y que con su mirada estigmatiza y depone a todos los falsos ídolos que hipotecan y esclavizan la vida, ídolos que prometen una aparente y fugaz felicidad, construida al margen de la realidad y del sufrimiento de los demás».

El Papa continúa su viaje como «siervo de la esperanza», indicando al hombre la posibilidad de una felicidad no ilusoria, de buscar en la fuente originaria, que reside en la mirada misericordiosa de Dios Padre.

Andrea Monda

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21 de Mayo de 2019

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